Nuestra relación con lo que puede ser exclusivo es curiosa y compleja. Nos satisface acceder a espacios y a objetos que se perciben valiosos, únicos, y cuyas características reflejan un estatus superior. Es un sentido de recompensa por lo duro que trabajamos, los obstáculos que vencemos y el ideal de superación profesional y personal que nos puede guiar en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, enfocarnos demasiado en aquello que solo representa lujo tiende a hacernos olvidar que uno de los aspectos más enriquecedores de la vida es compartir con otros los bienes y las bendiciones que tenemos. No es nada más un asunto religioso o de bondad, es un comportamiento psicológico que nos fortalece y nos hace mejores personas.

Diferentes estudios demuestran que dedicarnos a concentrar, sean objetos o experiencias individuales, pierde sentido justo después de que lo hacemos la primera vez; es decir, comprar algún objeto muy deseado provoca una sensación de logro que se desvanece rápido y no vuelve a sentirse igual en la segunda ocasión.

Ocurre diferente cuando damos o compartimos lo que tenemos, ahí la satisfacción es continua y sucede siempre. Desde el punto de vista de la salud mental, dar resulta más conveniente que recibir. Tal vez por eso nuestras festividades de mayor arraigo consisten en ello y en agradecer por lo que tenemos y lo que gozamos.

También es probable que por esa misma razón rechacemos el egoísmo como un rasgo de una personalidad sana y nos sorprenda la forma en que éste puede provocar eventos de discriminación, de clasismo o de racismo.

Si lo pensáramos un poco, el verdadero lujo es que podamos compartir espacios y experiencias sin importar mucho de dónde venimos, quiénes somos o a qué nos dedicamos. Al final, tenemos gustos y preferencias comunes que nos identifican, porque las compartimos cuando nos encontramos como personas.

La razón por la que simpatizamos con quienes nos rodean es la coincidencia que hallamos en áreas de la vida que nos agradan. Si esos encuentros son muchos, entonces surgen lazos de enorme fuerza como el amor, la admiración, la amistad y el respeto mutuo. Buscamos conectar con otras personas para sentirnos parte de una comunidad y ésa se establece al compartir afinidades de distintos tipos.

No buscar esa empatía deriva en aislamiento, en cerrar nuestras posibilidades de encontrar a otros que tengan los mismos principios y valores u objetivos y metas que nos ayudarían a todas y a todos, aunque nuestra formación e ideas fueran diferentes.

De eso se trata la equidad y el equilibrio de una sociedad. ¿No es mejor cuando podemos compartir sin temor, ni rechazo, de los mismos satisfactores como uno solo? Siempre habrá opiniones sobre lo que debería ocurrir, pero es lo que sucede en la realidad lo que nos debe mover para actuar de manera correcta.

Si pensamos que eso es muy difícil y que las diferencias son insalvables en ciertas situaciones, solo pongo como ejemplo el paseo ciclista que sucede cada fin de semana en muchas de las ciudades de la República. No es que saber andar en bicicleta nos una (muchas personas acuden a los paseos sin ella), lo hace el poder compartir un espacio común en donde se pueden llevar a cabo muchas actividades de entretenimiento con solo estar presentes.

El sistema económico que tenemos nos ha hecho creer que existen diferentes niveles para disfrutar, dependiendo del costo que se pague. En esa lógica, entre más pagas, más disfrutas. Sabemos que muchos ofrecimientos de ese tipo no resultan del todo ciertos y sirven de espejismo para presumir una supuesta exclusividad que termina siendo un engaño.

Todos merecemos ser tratados bien y recibir una compensación acorde a lo que nos cuestan las cosas y las experiencias que contratamos, pero la mayoría de las que son importantes no cuestan.

Así que discutir por lo que debería ser un espacio, y a quién tendría que servirle, es perder de vista que la calidad aumenta cuando una mayoría puede acceder a un bien o servicio y que la mejor manera de que se mantenga accesible es que muchas y muchos tengan la oportunidad de disfrutarlo. Se trate de un edificio o de una ciudad completa.

Autor: Luis Wertman Zaslav

Fuente: Publimetro

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