LA EXPEDICIÓN DE SHACKLETON

A bordo del mítico Endurance en su fallido intento de conquistar el Polo Sur, había más animales que humanos: 28 hombres y 69 perros. Y aunque en principio estaban solo destinados a tirar de los trineos, acabaron jugando un papel clave en la expedición: el de amigos. Ellos contribuyeron casi tanto como Shackleton a convertir aquel fracaso en una hazaña.

Nacieron a mediados de enero de 1915. Sally, una de las san bernardo, parió una camada de cuatro cachorros a bordo del Endurance, el barco con el que el explorador inglés Ernest Shackleton —en su intento por llegar al Polo Sur— quedó atrapado en el hielo del mar de Weddell, una región especialmente hostil de la Antártida.

El buque, antes de hundirse, permaneció bloqueado durante diez meses. Y aquello era solo el principio… «La oscuridad es total, salvo alrededor del mediodía cuando un débil crepúsculo nos recuerda que existe el sol», escribió uno de los marineros, Alexander O’Hara. Él cuenta como el irlandés Tom Crean —un oficial mítico por su papel clave en esta y en otras expediciones históricas — ‘adoptó’ a los cachorros. Pero no solo él apreciaba a los recién llegados. «Todos seguimos con mirada tierna sus zalamerías y jugamos con ellos a gusto. Creo que no hay un solo miembro de la tripulación que no disfrute de su presencia», anota O’Hara.

Los perros fueron determinantes para mantener la moral de la tripulación, lo que era tan importante como superar el hambre y el frío para sobrevivir a aquellas dificultades que se prolongarían durante meses. Ernest Shackleton lo sabía bien.

Diversidad a bordo

En el Endurance había marineros, mecánicos, biólogos, un meteorólogo, un bombero y un fotógrafo, Frank Hurley, el autor de todas estas fotos. Se trataba de estar preparado para una expedición científica y todas sus posibles eventualidades. Entre los perros también había un poco de todo —terranovas, san bernardos, esquimales, perros lobos y lobos—, pero todos preparados para sobrevivir a temperaturas muy por debajo del cero. Llegaron 99 candidatos desde Canadá. Subieron a bordo 69 perros. Shackleton compró el Endurance por unas once mil libras, un precio barato para la época. Fue construido para cruceros turísticos, aunque se adaptó para romper el hielo y se cargó con equipo para condiciones extremas. Lo primero, los trineos y los perros. Pero Shackleton no calculó bien la dureza del hielo al que tendrían que hacer frente.

El perro más grande y el hombre más pequeño

Leonard Hussey era el meteorólogo de la expedición. Se enroló en el Endurance tras llegar de Sudán, donde había participado en otra expedición como antropólogo, carrera que también tenía. Hurley lo fotografió con Samson, el perro más grande del barco, porque le resultaba simpática la pareja que hacía con el hombre más bajo de la expedición. Hussey era solo pequeño en tamaño; tras sobrevivir a esta expedición antártica, se hizo médico, lucho en dos guerras y fue condecorado. Murió a los 72 años. Los 28 hombres del Endurance sobrevivieron en gran medida gracias al empeño y el liderazgo de Shackleton. La situación, tras hundirse el barco, habría desesperado a cualquiera, pero no a Shackleton. Cuando se dio cuenta de que no llegaría al Polo sur, se fijo otra meta: que ninguno de sus hombres muriese.

Los ‘canglús’, casetas de hielo

Los hombres apreciaban tanto a los perros que, cuando el Endurance empezó a romperse y tuvieron que abandonarlo y bajar a la banquisa de hielo, construyeron para ellos pequeñas viviendas con nieve y hielo, a las que llamaron ‘dogloos’, derivado de perros e iglús. Estaban más protegidos que los tripulantes porque, por otro error de planificación, en el barco solo había 5 tiendas para los 28 hombres. El campamento se fue adaptando a las necesidades y, cuando el barco se hundió, sobre las enormes placas de hielo que se desplazaban a merced del viento se construyeron también iglús para los hombres, una cocina alimentada con sebo… Había que esperar y confiar en que el viento los acercase a tierra firme. Pero pasaban los meses…

Shakespeare, el sabueso sagrado

A todos los perros se les puso nombre. «Cada miembro de la tripulación debía encargarse de cuidar al menos de uno de los perros, y muchos trabaron con ellos estrechos lazos de amistad». Shackleton escribió en sus diarios que no sabía quién les puso a cada uno su nombre, pero que había para todos los gustos: Rugby, Hércules, Sandy, Satan, Bob… y, en un ejercicio de humor, Amundsen, el explorador que les arrebató la gloria de ser los primeros en conquistar el Polo Sur. Pero el perro más famoso de la expedición fue Shakespeare, llamado ‘el sabueso sagrado’, el gran perro líder de los trineos. Era el favorito de Hurley, el fotógrafo, que lo calificó como un «animal magnífico, el más sagaz de la manada».

La moral alta

Durante los interminables días de aislamiento, Shackleton mantuvo a sus hombres ocupados para evitar en lo posible el desgaste mental. Los obligaba a afeitarse y cortarse el pelo para que no los arrastrase la desidia. Celebraban fiestas para mantener alta la moral. De hecho, ya había seleccionado a algunos tripulantes por su habilidad para cantar o tocar instrumentos, porque sabía que podía necesitar la música para levantar el ánimo. Incluso organizó un derbi antártico de carreras de trineos para entretener a los hombres. Los perros eran un estímulo indispensable.

El sacrificio de los más jóvenes

En octubre de 1915, sin barco y atrapados en el hielo, se hizo evidente que tenían que moverse e intentar llegar a tierra. Tendrían que arrastrar los botes salvavidas sobre el hielo porque un tramo habría que hacerlo luego por mar. Pero aquellos botes pesaban una tonelada. No podían tirar de ellos solo los perros, tenían que hacerlo también los hombres. Y no podían seguir alimentando a los perros que fuesen útiles. Los cachorros fueron los primeros en ser sacrificados. No hubo mucho tiempo para las lágrimas. La desesperación era mayor. Los hombres, enganchados como perros a las correas, se esforzaban por tirar de los botes, pero el hielo blando les impedía avanzar. En dos días apenas recorrieron dos kilómetros. Tendrían que esperar y confiar en que la banquisa los acercase más a tierra.

«El peor encargo de mi vida»

Las galletas de avena y huesos con las que se alimentaban los perros hacía meses que se habían acabado. Tras hundirse el Endurance, solo quedaban las focas, para perros y humanos. Los perros comían una foca al día, mientras que los 28 hombres podían alimentarse con una foca durante una semana. Y ya había quedado claro que deslizarse en trineo hacia tierra firme era imposible. Los perros no servían y tampoco podían cargar con ellos. Shackleton ordenó disparar a los perros. «Ese deber recayó sobre mí —contó después Frank Wild, un curtido explorador y mano derecha de Shackleton—. Fue el peor encargo que me han hecho en la vida. He conocido a hombres a los que preferiría disparar antes que al peor de los perros».

Un gato en la manada

Lo llamaron Mrs. Chippy, la señora Chippy, porque creían que era una gata. Cuando resultó ser un gato ya era tarde para cambiarle el nombre. El felino subió a bordo con el carpintero del barco, Harry McNish, (apodado Chippy, de ahí el nombre de la gata), pero hizo pronto amistad con el polizón, un chico de diecinueve años, Percy Blackborrow. El gato maravillaba a los tripulantes por sus paseos por la barandilla del buque incluso cuando el mar estaba agitado. Mrs. Chippy fue sacrificado con los perros jóvenes, para indignación del carpintero que llegó a enfrentarse a Shackelton. Aquella insubordinación le privaría de recibir la medalla Polar que recibieron el resto de sus compañeros. Sobre la tumba del carpintero hay una escultura del gato.

Un líder bien acompañado

El sacrificio de los animales fue tan penoso para Shackleton como para sus hombres. Pero el explorador era sobre todo un hombre decidido y pragmático. Trazó un plan para llegar a un lugar habitado y salvar a sus hombres y lo siguió con determinación. El 20 de abril de 1916, llevando consigo todo lo que podían transportar en tres barcas, navegaron entre las placas hasta llegar a isla Elefante. Allí Shackleton dejó a sus hombres protegidos bajo una barca boca abajo. En otra barca, él y tres hombres partieron con la intención de llegar a la isla de Georgia del Sur, desde donde podrían organizar el rescate del resto. 1200 kilómetros en una barcaza y con solo una brújula a través de aquel temible mar era una misión imposible. Pero lo lograron. Llegaron a tierra. Todavía tuvieron que recorrer a pie una distancia incierta hasta llegar a algún refugio habitado. Tenían la comida justa para tres días. Tardaron dos días y medio. Una vez a salvo, Shackleton organizó el rescate de sus hombres y, aunque contaba con un barco de la armada de Chile, fracasó en los primeros intentos por la bravura del mar. No lo logró hasta tres meses y medio después. Cuando llegó, los hombres estaban en estado de extrema debilidad. Pero vivos.

Autor: Lourdes Gómez

Fotógrafo: Frank Hurley

Fuente: ABC

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