Autor: Cynthia Aguirre

Este escalofriante cuento gótico narra la historia de un crimen, que se resuelve cuando el asesino, se delata a sí mismo. Él imagina que el anciano corazón de su víctima late escandalosamente; que, a pesar de estar sepultado bajo las tarimas del piso, su palpitar puede ser escuchado por los policías. Edgar Allan Poe parece advertirnos que el cuerpo, lejos de ser cómplice, opta por traicionarnos.   

Suspiro 

“Sin ti, me muero”, parece decirnos el suspiro. Y no es una exageración; si no suspiráramos 12 veces por minuto los pulmones colapsarían y moriríamos. Fisiológicamente, el suspiro surge de una ausencia, de la falta de aire y sangre en los pulmones, quizás por ello lo asociamos con tristeza y añoranza.  También evoca soledad, y, coincidentemente, suspirar es la regulación neuronal que menor número de neuronas requiere para su vital desempeño, ocurre casi “en solitario”. Es una paradoja, es un vacío que llena un vacío, pues basta escuchar a una persona suspirar para que la miremos con empatía, y, con ese simple gesto, sabrá que no está sola.

Estornudo 

Si estornudar no fuera un reflejo automático, nunca lo haríamos voluntariamente.  Su detonación – violenta y sonora- provoca un espasmo muscular, que afecta el ritmo cardiaco. Además, nos impide ver, ya que la estimulación conjunta de los nervios de la nariz y los ojos exige cerrarlos al estornudar; forzarse a mantenerlos abiertos puede provocar un debilitamiento o rotura de los globos oculares y estornudar en silencio causa daños al oído. El estornudo no da tregua a nadie:  no aumenta o reduce con los años, ocurre con igual frecuencia en hombres y mujeres, suena igual en todas las personas (a-chú) y a cualquier edad puede alcanzar los 150 km/h. Sólo nos da tregua cuando dormimos; el resto del tiempo estamos a merced de su siempre inoportuna aparición. 

Oscitación (es decir, bostezo)

Es el gesto involuntario más antisocial. Le adjudicamos una carga negativa, pues equívocamente lo asociamos con aburrición o desinterés. Pese a que su estudio inició en la antigüedad, con Aristóteles, aun desconocemos cuál es su función fisiológica. Tribalmente se creía un intento del alma por escapar del cuerpo, quizás por ello nos tapamos la boca al bostezar. Por siglos se pensó que su función era oxigenar al cerebro y recientemente los jasmólogos -los estudiosos del bostezo- proponen que en realidad sirve para enfriarlo, ya que el sueño y el letargo suben la temperatura cerebral y el bostezo la reduce. De cierto, sólo se saben tres cosas:  que empezamos a bostezar desde las 12 semanas de gestación; que hacerlo siempre genera una sensación placentera (por ello es un reactivo de la prueba TEPS para medir el placer) y que bostezar es contagioso. Incluso leer sobre bostezos los provoca (¿lo haces en este momento?). 

[1] El corazón delator (The Tell-Tale Heart)— fue publicado por Edgar Allan Poe en el periódico literario The Pioneer en enero de 1843. Recibió por él sólo 10 dólares. Desde entonces se ha convertido en un clásico de la psicología mórbida. 

Fuente: Revista Mira Miraflores

Compartir