Autor: M. Salud Conde Nieto

“Pensemos y dialoguemos sobre lo que 
vale la pena, no lo que nos distrae.”

Papa Francisco I.

Vivimos tiempos difíciles, ni duda cabe, en los que la velocidad y el número de los cambios, de los hechos, las decisiones, las opiniones parece avasallarnos y no darnos respiro ni espacio para la reflexión. Y, sin embargo, es imprescindible que lo hagamos; ahora, quizá más que nunca es necesario pensar, así de simple.

Ante tantos estímulos externos hay que hacer un alto, resistir y reflexionar; solamente así sabremos ubicarnos en esta realidad, tan nueva y tan antigua, para extraer su sustancia y aportarle valor. Si queremos un mundo mejor tenemos que construirlo y, para comenzar a hacerlo, nosotros tenemos que ser mejores. Nuestra formación se resume en conocernos a nosotros mismos, a nuestros propios hermanos, a la creación y, en suma, a Dios. Es el camino para encontrar las verdades trascendentes que dan sentido a nuestra vida. 

Ciertamente la pandemia nos ha abierto los ojos sobre muchas cosas, entre ellas el valor de la convivencia, de la cercanía física. Sin embargo, si queremos un mundo más fraterno hay que vivir, y educar a las nuevas y jóvenes generaciones, para reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del mundo donde haya nacido o esté en este momento.

Para ello es necesario empeñarnos en lograr una gran alianza educativa, de familias, colegios, comunidades, lo más amplia que se pueda, para formar personas maduras, capaces de superar enconos y fragmentaciones, conflictos y oposiciones, y reconstruir las relaciones humanas, ésas que forman el tejido social y alcanzar un hábitat fraterno.

Y todo comienza por nosotros mismos, por hacer esa resistencia al vértigo y la confusión del momento, por regalarnos un poco de tiempo, sin pantallas ni llamadas, sin juntas ni distracciones. Instantes nuestros y sólo nuestros para respirar hondo, pensar alto y sentirnos realmente vivos. 

Espacios en los que pensemos lo que sentimos y hacemos, que sintamos lo que pensamos y hacemos, y que hagamos lo que pensamos y sentimos. Ése es el poder de la congruencia y la belleza de la armonía.

Fuente: Revista Mira

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