Nuestros intereses pueden variar, pero nuestras necesidades como ciudadanos tienden a coincidir en la mayoría de los casos. Todas y todos queremos vivir en paz, tranquilos, en entornos seguros y de respeto, con infraestructura y servicios públicos que sean funcionales y se encuentren en buen estado.

Sin embargo, lograr sociedades que estén pendientes de esos satisfactores e incluyan a la mayoría de sus integrantes en esas condiciones de vida se ha convertido en el reto más grande que enfrentamos, uno incluso superior al de la pandemia en la que seguimos.

Por un lado, los valores y principios a los que aspiramos no encuentran mucho contexto en la realidad en la que tenemos que vivir todos los días. Sabemos cómo debemos comportarnos para marcar una diferencia; no obstante, preferimos que alguien más corra con el trabajo y el esfuerzo de hacerlo. 

Las responsabilidades civiles básicas quedan, creo, bastante claras: están en nuestras manos cuidar los recursos naturales de nuestras comunidades, hacer un uso racional de aquellos que contratamos para el hogar (agua, gas, electricidad), pagarlos al igual que los impuestos, conducir de manera responsable un auto, denunciar si vemos o sabemos de algún delito que se cometa, entre otros.

Supervisar que vivamos en espacios bien iluminados, limpios, con una buena comunicación vecinal también entra en lo que podemos considerar como corresponsabilidad. Tristemente, a pesar de que juega a nuestro favor, dejamos de participar en la posible solución de los problemas y pensamos que será la presión de otros la que impulse las mejoras que buscamos.  

Muchas normas que no se siguen hacen que las pocas que pueden funcionar no tengan ninguna atención. Pocas reglas, respaldadas por la mayoría, hacen que la convivencia sea sencilla, armónica y agregue detalles simples, aunque poderosos, que las adapta a lo largo del tiempo. 

Recientemente me preguntaron si tenía algunas recomendaciones de prevención para una familia que salía de vacaciones por primera vez en casi dos años. Habían pasado por el confinamiento forzoso y la espera de la vacunación, por lo que les urgían unos días fuera de casa.

Respondí con dos de mis sugerencias, probadas durante varios años de experiencia al frente de una organización civil especializada en atender víctimas del delito: avisa a tus vecinos que van a salir, dales tu teléfono en caso de emergencia y entrega un juego de llaves a algún familiar o amigo cercano, si te sientes más cómodo, para que verifique en tu ausencia que tu hogar se encuentra bien. Mi sorpresa fue que el solicitante de las recomendaciones consideró que eran demasiado arriesgadas y me preguntó si no habría manera solo de dejar una luz encendida para tratar de engañar a quien tuviera intención de entrar mientras estaban lejos.

Expliqué que ese truco, popular entre nuestros padres y abuelos, ya no funciona y tiene el efecto contrario al alertar a quien pretende dañarnos de que no hay nadie en casa. También le compartí que era mejor no subir sus ubicaciones a redes sociales y tampoco compartir fotos hasta que regresaran.

Esto último le pareció más escandaloso todavía, porque era tanto como dejar de disfrutar las vacaciones y evitar compartirlas con quienes entra en contacto en sus redes sociales.

Hacer comunidad es confiar en las personas que están a nuestro alrededor, conocerlas y considerarlas parte de nuestras preocupaciones cotidianas. Una de las razones por las que sentimos que no estamos seguros es precisamente porque no podemos distinguir a quien nos ayuda de quien nos quiere perjudicar y eso sólo se consigue entrando en contacto con las personas.

La prevención comienza con medidas que se basan en la colaboración y poco tienen que ver las atribuciones que tienen las autoridades para cuidarnos. Claro que es importante contar con el número de la policía, los bomberos o el servicio de ambulancias, lo que resalto es que es mucho más efectivo estar bien organizados. 

Cualquier grupo dedicado a cometer un delito, no importa mucho el número de integrantes o su experiencia en alguna conducta antisocial, identifica primero las fallas de coordinación que existen, digamos, en una calle o en un edificio. Son puntos débiles que facilitan su tarea y aseguran impunidad. ¿Cuántos de esos puntos podemos identificar en donde vivimos y qué hacemos entre todos para erradicarlos? Responder esa pregunta nos puede dejar claro si estamos haciendo comunidad o no. Hay muchos más y estaremos compartiéndolos en las siguientes colaboraciones.  

Autor: Luis Wertman Zaslav

Fuente: Excélsior

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