Pronto veremos qué tanto ha cambiado nuestra capital cuando retornemos a una nueva realidad que ha modificado la relación con los espacios que destinamos para el trabajo, la convivencia y el tiempo que dedicamos a trasladarnos de un lugar a otro.

Recientemente puede leer algunos de los estudios que se han hecho para replantear cómo deben diseñarse las ciudades en los próximos años para que el tráfico, la contaminación que acarrea, y el desgaste de pasar horas en el transporte público o privado sean costumbres del pasado y empecemos a encontrar una vida de cercanías, de barrio, similar a la que nuestros abuelos contaban que existía a principios del siglo XX.

Vivimos en una metrópoli de casi nueve millones de residentes y unos siete más que arribaban todos los días por trabajo, comercio, educación, entre otros motivos que mueven a miles de personas a acudir a una urbe. El espacio, los servicios y las posibilidades de desarrollo se han visto limitadas porque hablamos de una población flotante casi igual a la que habita en ella.

Sin embargo, las distancias en el núcleo donde se encuentran los centros de trabajo más populares, localizados entre las Alcaldías Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Azcapotzalco y una buena parte de Benito Juárez, no son tan amplias y podrían cubrirse en bicicleta o motoneta, por poner dos ejemplos.

Conocidos por muchos usuarios del transporte, los biciestacionamientos son instalaciones muy populares en regiones que conectan con el Estado de México a la Ciudad de México, los cuales permiten que se hagan conexiones a edificios y establecimientos comerciales donde se encuentran los puestos de trabajo, una vez que se utilizó alguna ruta o medio de transporte público. Es decir, hemos adoptado en muchos puntos el hábito de movernos en distancias cortas sin automóvil.

¿Qué pasaría si no tuviéramos que hacerlo del todo y los satisfactores se encontraran cerca de nuestra casa? Puede que parezca un sueño, pero si algo traerá esta crisis sanitaria es la posibilidad de repensar la forma en que se evalúa el desempeño, la productividad y la necesidad de concentrarnos en zonas llamadas “corporativas” para quedarnos en el hogar la mayor parte de la semana.

Reducir el parque vehicular que se desplaza por calles y avenidas en un, digamos, 30 por ciento, nos ubicaría en una capital que no hemos visto en treinta años y ese flujo de automóviles haría que la calidad de vida de los citadinos y de esa población flotante cambiara de la noche a la mañana.

Además, debemos tomar en cuenta las ampliaciones de rutas de transporte público y los tipos que se han sumado para ofrecer alternativas de movilidad en alcaldías que solo podían trasladar a sus habitantes por vía terrestre o subterránea.

El Metro, el Metrobús, el nuevo Cablebus, el Tren Suburbano son medios de movilidad que tienes que crecer de la mano de un respaldo social para cuidarlos y usarlos en lugar de los autos particulares. Complementariamente, las bicicletas, en su modalidad mecánica y eléctrica, sumada a una buena regulación de las motocicletas y motonetas, mejorarían definitivamente la calidad de vida de millones de personas.

Si eso lo trasladamos a nuevos barrios que generen oferta y demanda de bienes y servicios cercanos, comunitarios, donde los mismos vecinos puedan emplearse o trabajar vía remota mientras consumen en su lugar de residencia, hablamos de regiones completas que podrían resurgir y dejar de ser dormitorios o espacios de convivencia de fin de semana.

Nuevos barrios, nuevas ciudades, para nuevos ciudadanos que tendrían rutinas distintas a las que vivimos durante las últimas tres o cuatro décadas, en donde la norma era pasar dos, tres o hasta cuatro horas para llegar y regresar del trabajo. Ese modelo no mejora las condiciones de vida, tener el mayor número de satisfactores a la mano, sí.

Autor: Luis Wertman Zaslav

Fuente: La Prensa

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