¡El temblor!

Las desgracias, sean terremotos o inundaciones, han sido constantes y puntuales en la Ciudad de México. Sólo hay que resignarse y esperar su llegada. Las personas altas sufren los temblores más que otras; las chaparras están más cerca del suelo y se sienten seguras: son más parte de la tierra, pues se hallan más próximas a las placas tectónicas, como las llaman los geólogos, que poseen poca imaginación respecto a los sobrenombres. No encierra mi opinión ninguna actitud discriminatoria; es una ocurrencia; pero la tomo muy en serio. En el temblor del martes pasado la mayoría de mis vecinos salieron a la calle y buscaron un buen sitio para resguardarse. Yo normalmente me quedo en cama —donde suelo vivir—, pero esta vez un librero que había comprado dos semanas atrás se bamboleaba como si fuera un borrachín enamorado; así que tuve que levantarme para sostenerlo y evitar que se desplomara. En el momento crítico del temblor (la alarma sísmica sonó a tiempo, pero tanto ruido en la calle me hizo pensar que se trataba de los comerciantes armados de altavoces, destruyendo los oídos de la comunidad y defecando en el espacio público), cuando empujaba yo el librero contra la pared me pareció que sería en extremo ridículo morir bajo un librero, en caso de que el edificio se viniera abajo. Morir bajo el peso de un librero, siendo yo un escritor, no es de pésimo gusto, sino una broma cruel y metafísica. Las obras de Berlin, Foucault, Quignard, Arthur Miller incrustadas en mis costillas. Fue entonces que me dio un ataque de risa y volví a mi cama murmurando: “que se lo lleve todo la chingada”. Entonces se fue la luz. Eso de que la luz se vaya, tal como decimos en castellano, es un acontecimiento triste y desconsolador, puesto que se va y nadie sabe cuándo volverá. Es como quien toma sus maletas y se va de casa, se marcha sin ofrecer alguna fecha de retorno. El exilio de la luz me impidió utilizar cualquier aparato eléctrico o leer algún libro. Y, de pronto, tuve una gran idea; una verdadera iluminación: ¿por qué no aprovechaba esa pausa que me ofrecía el destino para… pensar? “Liberar al lenguaje de la gramática para ganar un orden esencial más originario es algo reservado al pensar y poetizar”, escribió Heidegger, en su célebre «Carta al humanismo». Para el filósofo alemán pensar era una cosa muy seria (pensar es el pensar el ser), pero nosotros comprendemos cosas muy distintas al respecto. No en vano Heidegger puso muy poca atención en el cuerpo, él era un campesino ontológico que descuidaba los trigales y se ensimismaba en la luna. Continúo. Tuve esa gran idea, la de ponerme a pensar, pero me di cuenta que había dejado de saber cómo hacerlo. Que estaba totalmente ligado a reaccionar ante los estímulos, vomitar juicios y certezas, entrometerme en política y ponerle atención a temas de actualidad aun cuando las discusiones carecieran de reflexiones y honradez empírica. Fue entonces que me invadió un terror indescriptible; estaba yo llevando a cabo una vida en la que otros pensaban por mí y  me imponían sus tonterías, y conclusiones. La comunicación sin comunidad ni dialogantes, me había habituado a dejar de pensar. No sabía cómo hacerlo. Para mi fortuna, luego de un par de horas, volvió la luz, y me dispuse a ver una serie de TV, entrar a la pantalla electrónica,  a las redes sociales; y me olvidé de pensar, es decir de poner en entredicho toda verdad, y de meditar acerca de las causas y efectos de los hechos humanos, de entrometerme en el relativismo conceptual y en las teorías generales, etc… Fue cuando vino la frase de Oscar Wilde a mi cabeza: “Todo pensamiento es inmoral, su esencia misma es la destrucción. Si piensas en algo lo matas: Nada sobrevive a ser pensado”. Sí, claro, pensar es inmoral por naturaleza, y lo es más en nuestra época somnífera, plagada de muertos vivientes (empezando por mí), atentos a la política vulgar y desprovistos de futuro. Desde el martes pasado le tengo terror a los temblores.

Autor: Guillermo Fadanelli

Fuente: El Universal

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