Autor: Elena Goicoechea

En un medio impreso, la extensión de un texto está sujeta al límite del espacio asignado. En el caso de la radio o la televisión, un guión está limitado por el tiempo que estará un programa al aire. De igual forma, un discurso está condicionado por el tiempo concedido al orador.

No importa el medio del que se trate, la comunicación debe regirse siempre por el principio de economía del lenguaje: no tiene caso expresar con dos palabras lo que se puede decir con una. Bueno, eso fue así hasta que la corrección política impuesta por el progresismo de izquierda expulsó al sentido común del lenguaje.

El concepto de lenguaje de género surgió en la década de los años 60 (s. XX). Desde entonces, los colectivos feministas más radicales vienen exigiendo cambios en la lengua para erradicar la supuesta invisibilización de la mujer en el habla y en la escritura.

Pero, ¿puede una lengua ser sexista?

Autores como Álvaro García Meseguer defienden que el origen de toda discriminación reside en el hablante y en el oyente, no en el sistema.

En nuestro idioma, el género masculino es utilizado como genérico, como herramienta inclusiva frente al femenino exclusivo. Sin embargo, ciertos grupos feministas proponen la utilización del desdoblamiento de género, es decir, nombrar ambos géneros al referimos a un colectivo en el que se incluyen los dos sexos (señores y señoras, niños y niñas…).

El principio de economía del lenguaje consiste en restringir al mínimo el número de elementos utilizados para hacer tal comunicación más ágil y flexible, y lograr así el máximo de eficiencia en la expresión. Propuestas como la del desdoblamiento de género, contrarían estos axiomas.

El resultado es que, cuando la práctica se vuelve fastidiosa, se pretende volver al dos por uno con una salomónica @. No obstante, sucede que la @ no es un signo lingüístico.

El Diccionario Panhispánico lo explica así: «Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.), ha comenzado a usarse el símbolo de la arroba como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: l@s niñ@s. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en *Día del niñ@, donde la contracción ‘del’ sólo es válida para el masculino niño».

¿Acaso el siguiente paso será inventar un nuevo alfabeto unisex para volver a la simplificación que se empeñan en anular?

Estos grupos feministas, que buscan alternativas siempre que hay un nombre que designa una profesión compartida por hombres y mujeres, suelen limitarse a finalizar la palabra con la letra ‘a’. De esta manera llegan fácilmente a aberraciones como ‘miembra’; ¿eso nos llevará a que el periodista masculino se diga ‘periodisto’?

Al respecto, Lucía González, licenciada en Filología Clásica e Hispánica, advierte: “La mayoría de las palabras son como son debido a una evolución de su forma original, es decir, tienen un género u otro dependiendo de su terminación latina. Por ello, establecer el uso de “fiscales” y “fiscalas”, como defienden algunas expertas en lenguaje de género, es ir en contra de la propia naturaleza etimológica de la palabra. Ya que el lenguaje es una cuestión cultural, respetemos la cultura de las palabras”.

¿No es absurdo?. ¡Cuánta pérdida de energía!, máxime cuando el frente real de la guerra por los derechos humanos no está en el diccionario. Se pueden ver casos, lugares y culturas donde éstos se conculcan todos los días, de hombres y mujeres, homo homini lupus -el hombre es un lobo para el hombre-. Si hay que cambiar las reglas, pues que se cambien, pero sin buscar la confrontación entre sexos, sin empeñarse en culpar al género de las palabras de la posible discriminación de la mujer en algunos ámbitos.

Advierte González: “En el lenguaje no se puede crear algo artificialmente y esperar que funcione. La lengua nace de las personas, no se puede imponer. Si no lo necesitamos, si no lo sentimos, nunca llegará a establecerse, porque el lenguaje es una herramienta que utilizamos sin tener que pensar. Si utilizar ciertas palabras requiere un esfuerzo, ya no estamos comunicándonos de forma libre”.

La lengua es uno de los elementos más democráticos que existen. No obstante, cuando los cambios no se dan de forma natural, sino que son impuestos por intereses de grupo, tiene más de político que de democrático.

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