Muchas sociedades tendrán que plantearse nuevas formas de convivencia, enfocadas en prevenir los problemas cotidianos de mantenimiento público, seguridad, cuidado del agua, tráfico, con los dos que nos aquejan en esta emergencia: la salud física, la mental, y los cambios en el clima.

Cada vez con mayor fuerza, de acuerdo con las proyecciones científicas más recientes, los fenómenos naturales se presentarán en los grandes centros de población del mundo, modificando su diseño y conservación para siempre. Aquellas urbes que no inicien la transición hacia sistemas que permitan enfrentar cambios externos, y los que provocarán en consecuencia entre sus ciudadanos, estarán en riesgo de experimentar una mudanza masiva de habitantes.

Pensemos en la grave ola de incendios que azotó a California, Oregon y el sur de Canadá, mientras lluvias torrenciales e inesperadas cubrieron varias localidades alemanas; al tiempo de que en Brasil las bajas temperaturas trajeron nieve a las playas, que son sinónimo de tropicalidad.

¿Cuántas escenas así veremos en el futuro? Difícil saberlo, pero lo que sí es seguro es que serán constantes y pondrán a prueba a ciudadanos y autoridades para que la viabilidad de sus metrópolis no se vea demasiado afectada.

Compensar la deforestación, ampliar las redes de transporte público de menores emisiones, acercar centros de trabajo y de consumo a cientos de trabajadores que hoy recorren lentamente varios kilómetros en medio del tráfico vehicular, cosechar el agua de lluvia para permitir la recarga de los mantos, son decisiones de supervivencia que ocuparán el mismo rango de importancia que el desarrollo inmobiliario o el cobro de tarifas e impuestos que soporten las iniciativas que salven el destino inmediato de lugares que antes ni se preguntaban qué podría pasarles si la temporada de huracanes es atípica o una ola de frío extremo los deja sin energía eléctrica.

Es posible que lleguemos a acostumbrarnos, incluso a nuestros problemas más graves, pero hacerlo nos pone en una posición muy vulnerable. Concentrarnos en ciertos sitios, ya sea en la gran Tenochtitlan o en las costas de Florida, fue una determinación que se tomó hace mucho tiempo y fue así como establecimos el entorno que llamamos hogar, porque están nuestras familias y nuestras raíces. 

Ese arraigo debe estar bien cimentado en la corresponsabilidad civil de colaborar para que eso siga siendo así, con las mejoras y las medidas que nos protejan y nos den la oportunidad de desarrollarnos como personas y como sociedades equitativas. Apenas estamos en el principio de esos cambios, con poco margen de maniobra, aunque con la alarma mundial de que debemos bajar la temperatura del planeta o, al menos, contenerla para adaptarnos a cambios naturales agresivos, como los que hemos observado.

En un siglo, hemos alterado el medio ambiente como en ningún otro periodo de nuestra historia. Somos una especie que innova y transforma, no siempre de la manera más planeada o benéfica para el resto de los organismos que ocupan la Tierra con nosotros.

Este ritmo de alteración ya no es sostenible. El aire, el suelo, el agua, son indispensables y descuidarlos más obligará a la naturaleza y a otros organismos, los virus, por ejemplo, a buscar mecanismos de saneamiento y reproducción que no necesariamente tomarán en cuenta nuestros planes de crecimiento.

Una redistribución del espacio, tanto el público como el privado, hará que la distancia, el uso del automóvil, de los combustibles fósiles, disminuya. Los cambios en la administración del tiempo, de la convivencia común y del entretenimiento también pueden convertir a las ciudades en puntos amigables de desarrollo social y no en espacios de estrés constante y de aislamiento individual en donde sólo nos concentramos en ir de un punto a otro, laborar y regresar de nuevo a dormir, para empezar una rutina sedentaria al día siguiente.

Pongamos el foco en las enfermedades asociadas a esta idea de ciudad. Los males cardiacos, hepáticos y vasculares no pudieron ser eliminados de los primeros lugares por la enfermedad desconocida que detuvo en seco al planeta y todavía no nos abandona.

El confinamiento, la tecnología virtual, nos ayudaron a entender que hay otras alternativas y que lo presencial no es un requisito de productividad. Distribuirnos en otras zonas, vivir en lugares con menos densidad, relocalizar muchos puntos de nuestras urbes, serán las claves de nuestro futuro bajo el concepto que tenemos de metrópoli moderna.

Autor: Luis Wertman Zaslav

Fuente: Excelsior

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