Llevamos varios meses tomando decisiones respecto a nuestra movilidad que parecen no seguir una secuencia lógica. Uso mi ejemplo, para no incurrir en generalizaciones, aunque es claro que todos ya conocemos casos así; mientras algunas actividades han vuelto a una nueva realidad, otras ni siquiera son consideradas por el aparente riesgo que implican. Esta disyuntiva, sobre qué se puede hacer y qué no, puede estar impulsando resultados que no estamos previendo bien.

Durante las últimas semanas conocidos y familiares han decidido salir de vacaciones, bajo las medidas sanitarias básicas que nos son familiares a todos. Algunos han subido a aviones y se han hospedado en hoteles; otros han conducido a sitios rentados, hacia lugares con cierto aislamiento; pero coincidieron en que, sin importar lo que ocurriera con la pandemia, había llegado el momento de abandonar la extraña rutina del confinamiento o las salidas restringidas e irse a descansar. Si observamos los fines de semana el aforo de restaurantes, centros comerciales, tiendas de departamentos y supermercados, entre otros sitios, comprobaremos que miles de personas tratan de regresar a cierta noción de normalidad.

No sería entonces una sorpresa que, en el conteo de contagios diarios, ese regreso de vacacionistas de playas, balnearios, pueblos mágicos y, en general, lugares de descanso, se reflejara en el aumento de casos positivos que estamos experimentado en estos momentos. Si tomamos una determinación, es posible que siempre exista una consecuencia. Lo que escucho como justificación común es que se trata de un respiro ante la angustiosa situación de contingencia por la que hemos atravesado durante casi 18 meses, particularmente en el caso de las niñas y de los niños, así como con los adolescentes.

Rutinas alteradas, insomnio, hábitos que no podrían entenderse en ningún otro contexto que no fuera el de una crisis sanitaria (horas frente al televisor o demasiado tiempo con videojuegos), alteraciones en la alimentación, son las afectaciones que se reproducen en cada hogar en el que habitan los más jóvenes, quienes de acuerdo con los estudios disponibles ya se encuentran en un escenario problemático para su salud mental.

Debemos entender que, ante la emergencia, tuvimos que abandonar parques y lugares de reunión, escuelas, clases extra, y espacios de diversión cotidiana, para enfrentar al virus y ganar tiempo para entender su comportamiento y encontrar opciones científicas y médicas que nos defendieran.

Fue entonces que, para resguardar a los más vulnerables, nos encerramos y nos adaptamos a una nueva realidad que no sabíamos (todavía estamos en ello) cuánto duraría. Llegaron las vacunas y con ellas la promesa de una cura. Sin embargo, la carrera para empatar la propagación del virus y de su variante más contagiosa con la mayoría suficiente de vacunados sigue siendo el mayor reto que enfrentamos como país; no estamos solos en ello: el mundo da la misma batalla y nuestro vecino en el norte impulsa por todos los medios posibles que una parte importante de su población se inocule, ante su escepticismo y desinformación sobre las vacunas disponibles.

Eso ha hecho que el horizonte se pierda sobre el fin de la pandemia y nos quede la oportunidad (así como lo lee) de aprender a cuidarnos entre nosotros mismos y convivir con el virus tal y como lo hemos decidido cada sábado y domingo o como lo hicimos en cuanto consideramos que el verano estaba permitido, aunque el color del semáforo epidemiológico dijera lo contrario.

La convivencia entre niños, jóvenes, es distinta a la que experimentamos los adultos. No es un asunto generacional, sino científico. Cualquier especialista en psicología podrá confirmar que el aislamiento afecta de manera diferente por edades y por ello no podemos sostenerlo a lo largo del tiempo. La salud mental es idéntica a la física, puede atrofiarse si no mantenemos el ejercicio, los buenos hábitos y la higiene.

Hoy estamos ante la decisión del regreso a clases, el cual será voluntario, lo que significa que padres y tutores deberán estar bien informados de las medidas y protocolos establecidos por las autoridades, de lo que les toca hacer para cuidar a los estudiantes y de la importancia de que puedan retornar a la convivencia escolar, que es su segunda casa.

Así como hemos salido a otros espacios, es momento de acudir a los salones con toda la precaución y la información, para que reducir los riesgos de salud mental que puedan estarse gestando entre niñas, niños y adolescentes. Evitemos los rumores, la desinformación, y hagamos lo que nos corresponde sin miedo y con el compromiso de seguir cuidando a quienes nos necesitan más.

Autor: Luis Wertman Zaslav

Fuente: El Sol de México

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