CARTAS DESDE LA PANDEMIA

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Ya nadie (casi) escribe cartas. Y, quizá, si se escribieran nadie (casi) las leería. Tanto hemos cambiado en tan poco tiempo. La emotiva, íntima, intensa, evocadora experiencia de escribir y leer cartas es una facultad en extinción.  

Hoy, en tiempos de pandemia, enclaustramiento, aislamiento, nadie está incomunicado; quien más quien menos, todos tenemos algún dispositivo para hablar, escribir, leer, ver, estar en contacto con los demás, aunque estemos encerrados. Para los nativos de la actual realidad resulta arduo imaginar lo que era enviar una carta o recibirla. No hay tiempo ni para lo uno ni para lo otro; menos todavía para escribirlas o leerlas.   

Pero hubo un tiempo en el que las cartas lo fueron todo: emoción, libertad, imaginación, dolor, pasión, paciencia, amor, mucho amor; entrañable escala de tiempo, honda magnitud de espacio. Mensajes idos de un tiempo donde el tiempo era otro y se movía a otro ritmo. Y, sin embargo, aquí siguen algunas, quizá como reliquias o como pequeños tesoros a la espera de ser descubiertos.

Ahora que estamos encerrados con un solo juguete, la pantalla, y nos sentimos sumidos en la más profunda clausura, tal vez sea el mejor momento para evocar lo que era la comunicación/incomunicación epistolar, cuando las preguntas de siempre se iban de viaje y había que esperar días, semanas, meses…años, para recibir las respuestas, que, también, eran las de siempre. 

Aunque cada carta marcaba la vida de quien la escribía y quien la recibía, fuese quien fuese, hubo algunas que marcaron la memoria común, ya sea por la importancia de quien la envió o quien la recibió, o por su trascendencia histórica, o por su belleza expresiva, o por su curiosidad, o porque nunca se enviaron para publicarlas juntas, en fin, que las hay que se han convertido en monumentos de la memoria de todos. Afortunadamente son muchas.    

Algunas de ellas las podemos encontrar en esos maravillosos cofres de papel que llamamos libros, como: Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke; Cartas a Theo, de Vincent Van Gogh; Lady Susan, de Jane Austen; De profundis, de Òscar Wilde; Cartas del verano de 1926, de Boris Pasternak; El buen relato. Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia sicoanalítica, de J. M. Coetzee; Drácula, de Bram Stòker; 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff; Una forma de vida, de Amélie Nothomb; Cartas a su madre, de Antoine de Saint-Exupéry; Las desventuras del joven Werther, de J. W. Goethe; Escritor en guerra, de George Orwell; Desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer; Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska; Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, Dear Mrs. Kennedy, de Jay Mulvaney y un interminable etcétera.

Sin olvidar las ediciones sobre la correspondencia de William Faulkner, Hermann Hesse. James Joyce, Simone de Beauvoir, Jack Kerouac, Yasunari Kabawata, Winston Churchill, Gustave Flaubert, Franz Kafka, Albert Einstein, J. R. Tolkien, Ernest Hemingway, etcétera.

El hermoso y romántico ejercicio de leer cartas, y escribirlas, podría ser una forma de hacer más llevadera la pandemia, recuperar un arte olvidado, exaltar a Jaimito, el cartero y evitar que Santa Claus y los Reyes Magos sean los últimos destinatarios.

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