Por: Sor Salud Conde Nieto

“Vino de un solo golpe, y ahora comenzamos a despertarnos. 
Pero hay otras muchas pandemias que también hacen morir a las personas, y miramos a otro lado”.

Papa Francisco I.

“¡Quédate en casa!” ha sido el llamado más escuchado este año en todo el mundo, como la mejor forma de evitar el contagio del COVID-19. Muchos lo hacemos y muchos no pueden, o no quieren, hacerlo; lo único claro para todos es que no sabemos qué va a ocurrir, sobre todo en el futuro inmediato. ¿Cómo será la vida, la tuya, la mía, la de todos? No lo sabemos.

Otra cosa que sí sabemos es que todos hemos perdido en esta crisis; algunos el empleo, otros dinero, muchos la salud y, lo más doloroso, hemos perdido muchas vidas. Nosotras mismas en nuestra congregación sufrimos la muerte de queridas hermanas. Es lógico que ante esta triste situación se nos presenten temores, conflictos internos y externos, muchas dudas y una primera: ¿por qué Dios lo permite, por qué no hace nada?, la pregunta que nos hacemos cada vez que hay una desgracia. Quizá éste no sea el lugar ni el espacio para reflexiones teológicas, pero sí para decir algo, principalmente, a la querida familia Miraflores: También hoy, Dios está presente.

Tal vez no lo está como quisiéramos, haciendo milagros, sanando infectados, desapareciendo enfermedades, volviendo muertos a la vida, respondiendo a nuestras súplicas; pero, que no aparezca de acuerdo a nuestras peticiones no quiere decir que no esté presente. Lo está, a su manera, que sólo puede verse con los ojos de la fe.

Dios nos ama de una forma total y no actúa de acuerdo con nuestras condiciones; Él padece en y con los enfermos, sufre con sus familiares y amigos, salva en y con los médicos y enfermeras, actúa en cada uno de nosotros. Como se nos recuerda en el Evangelio, necesitamos encontrar a Dios en los hombres y al hombre en Dios, y es imposible separar el amor a Dios del amor a los hombres. “…cada vez que lo hicieron…a mí me lo hicieron”. Él está presente no como quien evita el dolor del mundo, sino como quien lo padece y soporta; en consecuencia, es el hombre el que está llamado a evitar el sufrimiento de Dios en la historia, a través de la acción con sus hermanos. Si es así, somos nosotros los que en esta pandemia estamos llamados, de forma urgente, a ayudar como podamos. 

Nuestros colegios, nuestros alumnos, nuestras familias han comenzado a vivir una nueva realidad; acatamos las medidas oficiales en lo académico, en lo sanitario, en lo social; buscamos las mejores prácticas y soluciones en esta situación, en beneficio de todos y, principalmente, en nuestra obras sociales tratamos de responder a esa misión de servir a Dios en los demás. 

Esta pandemia es un llamado de atención global; una gran oportunidad de ser mejores. Ojalá que lo sepamos hacer. Será la mejor manera de que Dios se quede en casa. 

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