Lo que hizo feliz mi infancia

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Me crié en la Ciudad de México, donde la familia era el comienzo de todo. No había dramas porque las situaciones se cortaban de raíz… y borrón y cuenta nueva.

Si te portabas mal te daban una nalgada, o varias (jajaja) y si te ponías malcriado te iba mal, porque lo merecias. Los niños no discutían con sus padres, los padres eran la ley.

Los primos eran tus hermanos y los compañeros del colegio como  tus primos, los profesores eran modelos y NO se les faltaba al respeto.

Me enseñaron a saludar, a despedirme, a decir porfavor, gracias, buenos días, buenas tardes, buenas noches a todas las personas que pasaban por cortesía y a pedir permiso y a entender el lenguaje de los ojos y el dominio con una mirada.Y a entender la boca apretada, enseñando los dientes rápida y disimuladamente, y después de muchas metidas de pata a no pedir permisos de invitar enfrente de los invitados. Era finalmente el lenguaje “discreto” que significaba ni chistar y, en caso posible, ni respirar.

Salíamos a jugar con los vecinos de la cuadra (los vecinos de antes, eran amigos) todos juntos, era toda una aventura, nos subíamos a los árboles, a las bardas, jugábamos de todo: «declaro la guerra en contra de», «bote pateado», «lobo estás aquí», «un dos tres calabaza», quemados, caricaturas, trompo, yo-yo, avión, balero, canicas, escondidas…, o a ser algun personaje de las caricaturas o de los programas de la tele. Andábamos en  bici, en patines, jugábamos resorte, contábamos historias de terror por la noche. Solo te podías comprar un dulce en la tiendita, lo que te alcanzara con un peso y tomar refresco solo en domingo.

Comíamos lo que nuestras mamás querian y ¡punto!: sopa de letras o municiones, crema de betabel o zanahoria, chamberete (iuuuu), chayotes rellenos al horno, arroz, sopa de lentejas, puré de papas, pollo rostizado o en salsa de cacahuate, milanesa de pollo y papas a la francesa, verduras, picadillo, huevo cocido, chuletas tostadas  con  puré de manzana, salchichas, filete con chícharos, lomo, pulpos, puchero; y de postre, arroz con leche, duraznos en almíbar, manzanas al horno, zapote prieto, gelatina o flan de mi abuela. De cena, quesadillas, burras, enfrijoladas o entomatadas. Para variar, torrijas, merengues y galletas o panqué de nata… Tomábamos agua de la llave, comprábamos paletas, jícamas o chicharrones del señorcito que pasaba con el carrito, etc.

Formábamos grupos para bailar y ensayábamos pasos. Íbamos a las kermeses y nos casábamos con varios, inventando nombres en inglés y la onda de remate era el café cantante.

Algunas veces nos subimos en camión  a escondidas y aprendimos a atravesar a pie, desde muy chicos, grandes avenidas. Nos vestiámos de princesas con capa de toalla y nos sentíamos transformados brincando de un sillón al piso, o jugando a ser gimnastas en época de las Olimpiadas con cojines de los sillones en el suelo… .

No teníamos miedo a nada y respetábamos a los mayores, mucho a los viejitos.

Se nos enseñó el respeto por los demás y por la propiedad ajena.

Como niño, no se hablaba si un adulto estaba hablando. Si alguien tuvo una pelea, fue una pelea de puños. Servían los revólveres de plastico, las espadas de ramas y los tirapapas, que no tardaban en quitarnos tras algún tiro desafortunado.

Era muy divertido jugar a policías y ladrones o indios y vaqueros. Y las mamás más cool, nos dejaban echar “brujas”… En fiestas echábamos globos de agua, harina y confetti; organizábamos concursos tales como carreras en costales, llevar un limón en cuchara o ponerle la cola al burro. Hasta echábamos manguerazos con nuestros amigos y no había ningún problema. ¡Cómo lo disfrutamos!

Cuando se hacía de noche sabíamos que era hora de cenar y con solo un chiflido o un grito de mamá hacíamos caso.

Nos gustaba ir al colegio, porque teníamos amor, cariño y respeto por los profesores, así como la dicha de convivir con nuestros compañeros, que hoy son nuestros grandes amigos… y ¡nadie le faltaba el respeto a un profesor! (so pena de ser expulsados por la Dirección).

Disfrutábamos la naturaleza, y atrapábamos todo tipo de bichos en botes de vidrio con la tapa agujerada. Ya para que vivieran más a sus anchas, se pasaban a cajas de zapatos.

De la boca de los grandes escuchábamos historias y consejos que valían la pena.

Cuando pasaba un avión, todos los niños salíamos a verlo y le gritábamos a voz en cuello:  ¡Aviónnnnn!

Tuvimos una sola TV, cuyo control remoto éramos nosotros mismos…

Qué felices la pasamos empapándonos en un aguacero, en los charcos, o resbalando en las calles enlodadas (aún sin pavimentar), en jardines o en algún parque o club… Eso era diversión pura.

Nos metíamos a la casa de nuestros vecinos y la mamá nos daba comida a todos, nadie cogía nada sin permiso y no se hacía tanto desorden porque siempre nos ponían a recoger. Conocíamos a todos los de la cuadra y los vecinos nos echaban ojo como si fuésemos sus sobrinos, su familia.

Quisiera volver a esos tiempos. Estos tiempos tienen también cosas padres, pero hay que cuidar que no se pierda tanto bueno para nuestros hijos en una sociedad que ha perdido respeto a la autoridad,  compasión, creatividad, tolerancia a la frustración, inventiva, sencillez y sensibilidad.

Anónimo

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