El perro

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Antes tenían oficio, trabajaban de perros, sabían cuidar una casa. En cada patio había uno. Parece que la condición para tener un perro era tener un patio. Vivían afuera, hiciera frío o calor, de día o de noche, a la intemperie. Y comían lo que sobraba: retazos de pollo, huesos, grasa, tortillas secas. Y aunque anduvieran mugrosos no se enfermaban. A veces eran tan malos que había que tenerlos amarrados. Si a alguien se le ocurría atravesar el patio lo ponían en fuga ladrando y mostrando sus colmillos. Un solo perro atrás de la barda era capaz de cuidar un terreno entero. Patrullaba amarrado a una cadena. ¿Quién se atrevía a meterse? Se comía vivo a cualquier extraño, lo correteaba con odio y rabia hasta donde alcanzara la cadena y después lanzaba patadas voladoras al intruso.

¿Y los perros de campo? Comían huesos de animales muertos que encontraban. Les apestaba horrible el hocico y su aliento putrefacto podía olerse a lo lejos. Para comer cazaban zorros, liebres, ratones, cualquier cosa. Eran unos malditos asesinos. Se peleaban entre ellos y podían llegar a matarse. Bullían de pulgas. Aún echados y dormidos parecía que se movían de tantas pulgas que cargaban. Y se sentían orgullosos de su condición. Tenían oficio. Servían. El perro policía buscaba rastros; el lazarillo guiaba ciegos; los galgos corrían carreras: el pastor no predicaba sino que cuidaba animales; los vagabundos eran amigos callejeros. Todos hacían algo. Eran otros perros más perros los nuestros. Nadie les daba alimento. Y menos como ahora “alimento balanceado”.

¿Han visto cómo es ir al súper a comprar alimento para perros? Hay para razas pequeñas o grandes, para carrocho, para perro adulto, para viejo, para hembra que está lactando, fortalecido, mineralizado, digestivo… Ya mejor le das dinero y que vaya él por sus croquetas.

Ahora a los perros los bañan, los perfuman, los pasean. ¡hay paseadores de perros! Como niños crecimos sin que nadie nos paseara y ahora hay paseadores especiales para perros. Hay hoteles para perros. Guarderías para perros. La gente los lleva al veterinario, a la peluquería para que los peinen, hasta al psicólogo los llevan. ¡Los perros van a terapia! Pero es lógico: los pobres ya no son conscientes de su “perrez”. Como no huelen a perro, ni tienen pulgas, ni pastorean ¿qué van a saber lo que son? Tienen que ir con un psicólogo a que les diga que son perros.

  

Tristes animales de hoy en día, perros de departamento, peinados con un moño rojo, paseando por la calle su sexualidad indefinida, teniendo que ir al psicólogo para que los ayude a definir si son macho o hembra, o lo que sea, porque le pusieron de nombre “Loly”. ¿Qué diablos significa Loly? Lo confunden.

Pero nosotros tenemos la culpa. Los hemos ido haciendo resentidos, les hemos reprimido los instintos y los hemos ido reemplazando. Como guardián de la casa los reemplazó la alarma, como mejor amigo del hombre los reemplazó el viagra. Ya no se les dice más can o caniche, se les dice ‘mascota’. Y si llegas a decirle ‘pulgoso’ te denuncian por discriminación.

[Transcripción libre de un stand up del Gato Peters, comediante argentino.]

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