gaudilab – Shutterstock
Cada día, el GPS interior nos ayuda a recolocar nuestros valores y a reorientarnos hacia lo más importante de nuestra vida

Los Pirineos son una cordillera que hace de frontera natural entre Francia y España. Dispone de numerosos picos por encima de los 3,000 metros, lo cual ya es una buena meta. No es el campamento base del Everest, vale, pero está bien. En el área pirenaica central hay más de 100 picos: ¡no hay boca para tanto bocadillo! A los montañeros se les salen los ojos de las órbitas solo de pensar cuál atacarán al día siguiente.

Un verano, un grupo de amigos anunció que iban a hacer uno de los picos más difíciles, no por la altura sino por el recorrido. Prepararon con entusiasmo la pequeña mochila (frutos secos, bebida, ropa de repuesto porque amenazaba tormenta ese día y poca cosa más). Todavía no habían llegado a nuestras vidas los teléfonos móviles.

Amaneció, salieron de la casa rural y, cómo no, los comentarios eran de lo más positivo: en unas horitas iban a estar de vuelta con el trofeo de caza. La exhibición de “pecho lobo” no podía ser más grande. Transcurrió el día… Y fueron pasando las horas.

A eso de las 8 de la tarde, no habían dado señales y creí que habrían parado a la vuelta en algún bar de pueblo a celebrar el 3.000 con unas cervezas. A las 10 de la noche ya resultaba algo raro. Hete aquí que a las 2 de la madrugada sonó el teléfono. “Estamos en Francia, en tal pueblo, ven a recogernos”. La voz de mal genio era inconfundible. A esas horas mejor no preguntes más: tomas el coche, y comienzas el recorrido por carreteras secundarias, mal peraltadas, casi sin indicaciones. Llegué al pueblo y supe que no debía preguntar qué había ocurrido porque el orgullo herido daba gritos en el silencio. ¡Pero si eran unos expertos montañeros!

Nadie había consultado el plano

Transcurrieron dos días hasta que alguien comenzó a explicar qué había sucedido: todos se creían muy hábiles y nadie sacó el plano de la mochila. (Uno confesó después que ni siquiera se lo había llevado).

De aquella anécdota todavía nos reímos ahora, porque salir andando de buena mañana de España y aparecer por la noche en Francia previo paseo por un 3.000 no es lo más habitual. Además, ahora hay paravientos, tejidos tecnológicos y calzado ultraligero pero por aquel entonces, todo era bastante más rústico.

Hacer examen a lo largo de la vida

Cuento esto de perderse en el monte porque me ha servido mil veces pararecordar lo importante que es ir haciendo examen a lo largo de la vida. Y no cuando uno se presenta para sacar el carné de conducir o para las oposiciones. Me refiero a la evaluación tipo GPS, esa voz que te dice “recalculando ruta”. Y te lo dice a diario.

Pasamos mucho tiempo escribiendo objetivos y haciendo planes, pero poco revisando qué estamos haciendo para conseguirlos. Así crece el negocio de las agendas (cada año compramos una para comenzar con buen pie) y nos detenemos para saber cuál es la más adecuada a nuestra personalidad: la que me ofrece Google, la de esa app, esta de papel que me cabe en el bolso, esta que separa por colores, esta que usó Hemingway… La compras, la estrenas, la pones a punto. Pero la Moleskine (o la que cada uno escoja) no te hace el trabajo a partir del 2 de enero.

Hacer examen nos ayuda, en primer lugar, a un acto previo, que es haber hecho propósitos, habernos marcado unos objetivos que recogen el sentido de nuestra vida. No estoy hablando de objetivos puramente laborales como conseguir más ventas en el próximo trimestre (eso el Excel de la empresa te lo marcará), o físicos (dejaré de fumar) sino de algo que va más allá: cómo quiero tratar a mi familia, cómo hago por mejorar como persona en el trabajo, qué medios pongo para hacer más agradable la vida de las personas que dependen de mí, cómo soy como jefe o cómo soy como empleado, cómo me implico en el barrio y en las asociaciones locales, cómo debería ser mi carácter…

El sentido de nuestra vida puede, eso sí, completarse con objetivos parciales que sí pueden incluir el no fumar, adelgazar o alcanzar un mejor sueldo. Lo uno no quita lo otro. 

Ximena Salazar-CC

¿Cuántos propósitos podemos hacer al año? Los que quieras, pero recuerda que en esto se cumple el “menos es más”Uno, dos o tres como máximo. Si haces un propósito es más fácil que te acuerdes de él. Nuestro cerebro tiende a recordar mejor aquello que no excede de 3. Además, si consigues los 3 objetivos, tranquilo: como al jugar en la Play, subes de nivel y a por otros 3.

Piensa bien tu meta: no hablamos de no fumar o de adelgazar sino de lo que te hará ser mejor persona. Piensa bien qué necesitas, porque no es que vayas a hacer tú un favor a la sociedad con ello sino que te lo vas a hacer a ti mismo.

Eugenio Marongiu – Shutterstock

Poner freno a mi peor defecto

Cómo encuentro una meta acertada para mí: mírate desde fuera y a la vez mírate hacia dentro, en tu interior. ¿Cuál es tu defecto dominante? El sábado dije por teléfono a un amigo que era tozudo y anoche dije a otro que era un quejica. Y los dos me comentaron lo mismo: “todo el mundo me lo dice”. Óyeme, si todo el mundo te lo dice, ¿no será que tienen razón? Dales las gracias porque otros se van a un gabinete de psicología y les cuesta sus buenos euros llegar a la misma conclusión.

Escribe las cosas. Aunque no seas muy de escribir, te ayudará a fijar las ideas porque ver tu defecto dominante en negro sobre blanco lo fijará en la memoria. Acto seguido sube el primer escalón: escribe una meta que te ayude romper ese defecto. No digo que a desaparecer, pero sí a romperle las piernas. Si eres un codicioso, decide qué vas a hacer cada mes por los demás expresado en dinero. Haz cuentas sobre cuánto necesitas y cuánto crees que necesitas dar para ser generoso. Una frase de Teresa de Calcuta te ayudará: “Amar es dar hasta que duele”. Hasta que duele el bolsillo, por ejemplo. Haz una suscripción mensual, comprométete.

Y ahora comienza tu tarea a partir del segundo día: comprobar cada noche cómo va tu vida. No solo tu meta sino tu vida entera. Para ello, va bien hacerse unas preguntas y tomar nota de las respuestas. Ya sé que da mucha pereza sobre todo para los que son A, es decir, a los que les gusta madrugar pero a partir de las 10 de la noche tienen los plomos fundidos.

A por el “minuto de oro”

Para hacer un examen diario de cómo vamos y si estamos alterando la ruta prevista, hay que ser constantes: busca tu “minuto de oro” como el minuto de oro de los partidos de fútbol. ¿Antes de cenar? ¿Justo después? ¿Cuando me voy a acostar? ¿Mientras me lavo los dientes? ¿Cuando ya estoy en la cama y he apagado la luz?  Up to you. Resérvate ese minuto (que van a ser dos o cinco, pero no más).

El examen ha de ser breve. No quieras empezar con muchos bríos y profundidades, porque a los 15 días dirás que no tienes tiempo. Baltasar Gracián, un autor barroco español, dijo que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Ni Stephen Covey ni sus 7 hábitos de la gente altamente efectiva han superado a ese señor, creo yo.

© Shutterstock

Un cuestionario sencillo

Hazte un cuestionario simple. Te doy un ejemplo y tú ves si te funciona o te lo customizas:

  1. ¿Qué he hecho bien?
  2. ¿Qué he hecho mal?
  3. ¿Qué podía haber hecho mejor?
  4. ¿Cómo va mi meta?

Pueden ser esta preguntas u otras, las que tú consideres que te hacen dar un 360 grados en versión reducida. En cuanto tengas las respuestas, dale al botón ON como si fuera una máquina de hacer zumos. Queremos un smoothie ya. Y ese smoothie será una meta para el día siguiente. Ojo, es un smoothie: no un acorazado Potemkin ni un bombardero.

Estamos hablando de una “medicina natural” que nos oxigenará y nos dará vitaminas. Ponte metas realistas, asequibles, que no te carguen de pesimismo: si ya al pensarlas, te agotan, olvídalas.

Una nota que anima: ¿has visto que si cada día te empeñas en una pequeña meta, al cabo del año son 365 aspectos en los que has tratado de mejorar? Si querías ser menos perezoso y más puntual y lo has intentado, seguro que ya estás más cerca de que seas como el Big Ben. Y si no, no pasa nada: luchar por ser mejor ya nos hace mejores de por sí, así es la condición humana. No importa si “fracasamos”. 

¿Olvidas algo?

Releo el texto y pienso “sí, de acuerdo” pero falta algo, ¿verdad?

Hemos hecho el examen, hemos visto nuestras victorias y nuestras derrotas, lo anotamos, hacemos un propósito para mejorar al día siguiente. Pero falta… ¡dar gracias! Gracias al comenzar el examen por un día más de vida y por todo lo bueno que hemos recibido (haz un poco de memoria y verás). Gracias al acabar porque tengo un horizonte por delante, un panorama en el que muchas personas me esperan: mi familia, mis amigos, la gente con la que me cruzo por los pasillos de mi empresa, a la que encuentro en el autobús o por la calle. Sería injusto si me pusiera triste y dijera que todo, absolutamente todo me va mal.

Myronovych

Buscar aliados

Y para que el examen funcione mañana al cien por cien, hay que pensar en los aliados. ¿Quién me va a ayudar a mí a sacar adelante mi meta?Una amiga, mi novio, mi colega de trabajo. “No dejes que me duerma en la biblioteca” o un “¿me dejas que te invite al cine si esta semana no tengo broncas con nadie del instituto?” pueden ser un gran aliciente (obsérvese que vas a ser  quien invita al cine).

Al examen acudimos por primera vez con ganas de comernos el mundo. Luego llega Paco con las rebajas -no tengo tiempo, estoy cansado, es muy aburrido, ¿seguro que me sirve?- y finalmente hay una expresión voluntaria de querer llegar a buen puerto, ya sea en un año o en los que haga falta. Tener paciencia con uno mismo es un arte, pero es una forma saludable de ser constantes. ¿Olvidaste hacer examen este año? No esperes al 1 de enero. Mañana, como dice la canción de Serrat, puede ser un gran día.

Fuente: Aleteia

 

Deja un comentario