Resultado de imagen para benito juarez firma tratado fito
Por Lorenzo Meyer

El Que Puede, no Siempre Sabe

Cuando en enero de 1994 el presidente Carlos Salinas, con el rostro demacrado, se dirigió a la nación y a los rebeldes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) para informarles de sus condiciones para la negociación, lo hizo teniendo como fondo un cuadro de Venustiano Carranza, es decir, del presidente responsable del asesinato de Zapata en Chinameca el 10 de abril de 1910. Cuando el 14 de marzo –dos años después de firmados los Acuerdos de San Andrés Larrainzar– el presidente Ernesto Zedillo por fin se tomó la fotografía en donde está firmando la iniciativa de ley para reformar la constitución con el fin de dar un marco jurídico a los derechos indígenas –iniciativa que no cuenta con el consenso de los principales actores involucrados en el drama–, tiene como fondo a Benito Juárez.

Contra lo que parece suponer el presidente, el significado de Juárez en materia indígena es ambiguo. Es verdad que Juárez era indígena y que tomó algunas medidas para que las leyes de desamortización efectivamente beneficiaran a los indígenas y que, además, acabó con el tráfico de indios mayas a Cuba, donde eran vendidos como esclavos. Pero resulta que la moneda juarista tiene dos caras, pues, en general, la política liberal que él puso en marcha afectó muy negativamente a la propiedad comunal de los grupos étnicos. Además, cuando las tensiones sociales explotaron y los indígenas se rebelaron, la represión fue siempre el instrumento preferido del gobierno encabezado por Juárez. ¿Ejemplos?, pues ahí esta la matanza en Bácum de febrero de 1868, cuando más de 400 indios yaquis y mayos, en rebeldía por la defensa de sus tierras, fueron encerrados por el ejército en una iglesia y luego, con el uso de la artillería, el edificio fue destruido e incendiado y casi todos los ocupantes murieron calcinados. Al conocer la noticia de la matanza por un parte del jefe militar, Juárez sólo se preocupó porque se le pagaran los haberes al comandante de las fuerzas del gobierno. En fin, que en esa época una buena parte de los líderes de rebeliones indígenas y campesinas, como Manuel Lozada en Nayarit y Julio López en Chalco, terminaron fusilados. Obviamente, hubiera sido mejor que el símbolo que presidió la firma de la iniciativa supuestamente en favor de los indígenas, hubiese sido otro.

El problema en el símbolo que presidió la firma de la iniciativa de ley zedillista ¿es resultado de la premeditación o de la falta de conocimiento histórico del problema indígena?. En realidad, en política y con gran frecuencia, el hombre de acción no tiene ni el tiempo ni la vocación para empaparse del conocimiento que requieren sus acciones –incluídas las simbólicas –, para tener éxito, pero justamente para ello están los asesores y el gran conocimiento que el mundo académico –el propio y el extranjero– ha acumulado sobre prácticamente todos los problemas sociales relevantes de nuestro país y del mundo.

Una pregunta muy antigua y varias respuestas.- Pese a que se necesitan, es muy frecuente que el hombre de reflexión encuentre que su trabajo no es apreciado por quien tiene la responsabilidad de enfrentarse con la realidad política. Hace unas semanas, a pregunta expresa de un sinodal, un candidato a doctorado respondió “ninguna”, cuando se le inquirió sobre el uso que se podría dar en la administración a su investigación sobre los pobres resultados de varios programas de política social; “a los políticos no les interesa consultar este tipo de trabajo”. A un nivel, la respuesta dada por el sustentante es correcta: rara vez el encargado de conducir la cosa pública tiene tiempo, capacidad o voluntad de ponerse en contacto directo con la teoría o con el análisis académico de un problema. Sin embargo, a otro nivel más profundo, la respuesta es equivocada.

En política, el “hombre de acción” puede lanzarse de lleno a confrontar al mundo, pero si es inteligente, o al menos prudente, no lo hará sin antes haber consultado, directamente o a través de sus colaboradores, el conocimiento acumulado y sistematizado por los “hombres de reflexión”, por los investigadores y los teóricos. Sin una teoría que le guíe, la práctica será siempre una nave que marche sin carta de navegación, atendida a la intuición, el instinto, del timonel. En esas condiciones el peligro de no llegar a puerto, aumenta, y mucho.

La Relación entre Teoría y Práctica.- El tema de la relación conflictiva entre la teoría y la práctica en el campo de la política es tan antigua, por lo menos, como la civilización Occidental. En la Grecia Clásica, Platón abordó el tema y finalmente lo encontró irresoluble. Para el discípulo de Sócrates, la actividad más alta a la que se podía dedicar el ser humano era la intelectual. Por ello, la política debería quedar en manos del famoso “rey filósofo”. Sin embargo, había un problema: ningún filósofo verdadero querría abandonar el mundo del conocimiento por el del poder. La vocación del político era la búsqueda de los honores y del poder y no del conocimiento y la verdad. La solución era obligar al filósofo a ser rey, pero por definición éste se resistiría, y si finalmente llegara a aceptar entonces habría dejado de ser filósofo. La discusión iniciada por Platón continúa hasta hoy, pues no hay duda que la teoría y la práctica se necesitan mutuamente, pero su convivencia es difícil.

Todo aquel que vive en y de la teoría, más de una vez se ha preguntado y le han preguntado: ¿para que sirve el trabajo de laboratorio, de campo, de archivo o de cubículo; en suma que sentido tiene el esfuerzo invertido en la investigación académica, en particular la no aplicada?. Las respuestas a esa pregunta pueden ir desde: “para poco o nada práctico”, pasando por “para aumentar el conocimiento colectivo” hasta “para conocer la realidad y moldearla”. Todas las respuestas son, en alguna medida ciertas, pero a fin de cuentas la más importante y certera es la última. Toda teoría digna de tal nombre, toda buena investigación, tarde o temprano desemboca en práctica, aunque el teórico nunca se asome al mundo real y quien la lleve a la práctica no conozca a quien la elaboró.

Una Torre de Marfil que Nunca lo ha sido Tanto.- La vida en la “Torre de marfil”, como algunos suelen llamar a las universidades y centros académicos, sólo en apariencia no tiene una liga directa con la realidad. Es verdad que el resultado directo de muchos experimentos, cálculos e investigaciones académicas no se traducen en nada práctico, pero indirectamente su liga con la realidad es total. De entrada, el investigador tiene alumnos y ayudantes, que en mayor o menor número van a parar a actividades no académicas; además, en el grueso de las disciplinas, sólo aquel que hace investigación, y que por lo tanto domina directamente el ciclo del conocimiento, puede realmente formar a estudiantes que sean buenos prácticos. Ahí está el primer resultado concreto del conocimiento teórico: la educación de los que se van a enfrentar al mundo de la acción.

En segundo lugar, una parte del conocimiento teórico formulado en el mundo académico, rápidamente se transforma en propuestas de acción concreta. Por ejemplo, en la Universidad de Chicago, fue Enrico Fermi, el 2 de diciembre de 1942, quien llevó a cabo la primera reacción atómica en cadena y con ello dio inicio, para bien y para mal, a algo terriblemente real y que los hombres de acción encontraron muy útil: la bomba atómica. Cuatro años más tarde, en esa misma universidad, empezó a impartir clases un economista, Milton Friedman, que con el paso del tiempo desarrollaría una teoría monetarista –Capitalismo y libertad (1962)– que serviría de fundamento teórico al muy práctico neoliberalismo de los Chicago Boys, la señora Tatcher, Ronald Reagan y muchos más.

Finalmente, sin el conocimiento teórico de universidades e institutos públicos, los departamento de investigación y desarrollo de las muy prácticas empresas que nos venden desde pinturas anticorrosivas hasta cámaras de video o computadoras, no serían lo que hoy son. Y en el campo de la política, los verdaderos profesionales, saben sacarle jugo al conocimiento acumulados por académicos y teóricos. Ahí está, por ejemplo, el caso de los congresistas norteamericanos; muchos no tienen mayor gusto por la lectura, pero tienen a su disposición la mayor biblioteca del mundo, fundada en 1800, y que hoy cuenta en sus estantes con 20 millones de libros y folletos y 33 millones de manuscritos. Con base en ese conocimiento, sus asistentes, muchos de ellos recién salidos de las universidades, les preparan los documentos en que sustentan sus votos y propuestas legislativas. Así pues, en el capitolio de Washington, la vida activa de senadores y diputados está asentada en la mayor colección de conocimiento teórico y académico del mundo.

Un Ejemplo Nuestro; lo que Hay y lo que Falta.- Los que en México habitan el mundo de la política, suelen mostrar un gran desdén por el mundo de la investigación y la academia. No hace mucho, por ejemplo, el gobernador de Puebla, Manuel Bartlett respaldó con entusiasmo la afirmación que a la letra dice: “el que puede, actúa. El que no puede, enseña”. El gobernador no identificó el origen de la frase: George Bernard Shaw, un hombre de letras, no de acción. Pero en fin, el hombre de acción que desdeña el conocimiento de los teóricos y académicos, corre un gran riesgo, y en México tenemos ejemplos a pasto, desde presidentes y gobernadores hasta cuadros medios de la administración.

El Problema Indígena y el Conocimiento de su Historia. La utilidad de la investigación científica puede ser crucial. Si el presidente Ernesto Zedillo hubiera consultado ya no las monografías de historiadores, sociólogos y antropólogos, sino el gran ensayo de Enrique Florescano sobre el particular (Etnia, estado y nación, (1997) de ahí hubiera sacado, entre otras enseñanzas, la certeza de que la política de liberalismo a raja tabla de Juárez, no fue lo mejor que le pudo haber pasado a la cultura indígena. Si tan sólo el presidente o sus ayudantes, sus asesores, hubieran leído el extracto de unas cuantas cuartillas del trabajo de este historiador “Siete tesis equivocadas sobre los grupos étnicos” (La Jornada, 12 de marzo), quizá se hubiera replanteado toda su estrategia en relación al problema de Chiapas y las comunidades indígenas de esa zona se hubieran ahorrado muchos sufrimientos.

De las tesis de Florescano, una resalta por sobre el resto por su valor práctico. La demanda de autonomía de las comunidades indígenas siempre incluyó el dominio sobre sus tierras, pero no pretendió poner en entredicho la integridad de la nación. Las acciones de rebeldía indígena –y ejemplos hay muchos, desde el extremo norte hasta el extremo sur— no han sido preludio del separatismo y de la destrucción de la unidad nacional. De hecho, hace tiempo que hay autonomías, comunidades indígenas que viven según sus propias normas políticas, sin crearle problemas sustantivos al resto de los mexicanos. En suma, el interés general no tiene porque ser antagónico al interés de las colectividades indígenas que por medio millar de años han resistido los numerosos y a veces crueles esfuerzos del poder nacional por acabarlas como tales. La sangre derramada en este campo ha sido mucha e inútil.

Por otra parte, y en contra de quienes aceptan sin más que toda autonomía de las comunidades indígenas, es positiva para sus integrantes, el historiador demuestra que el ejercicio del poder en esas sociedades, ha conllevado históricamente al abuso de los caciques, a la explotación de un grupo sobre otro y a la discriminación contra las mujeres y el abuso de los menores. La comunidad indígena rara vez es un espacio de armonía y unidad entre el individuo y la colectividad; ni siquiera entre el grupo y la naturaleza. Es necesario tener mucho cuidado en la legislación para no perpetuar abusos en nombre de la tradición.

En suma, la acción debe tener siempre la mejor base teórica, el mejor conocimiento disponible, de lo contrario, corre riesgos innecesarios y extrae costos que no debieran ser pagados.

Fuente: Reforma