Por Alejandro Robles Arias 

A pesar de la distancia, aquello que nos aqueja es prácticamente lo mismo en cualquier parte del mundo y que si bien, varía el contexto, todos los sueños, ilusiones y sentimientos terminan por ser los mismos.

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Hace unos meses conocí el ejercicio que el escritor Daniel Krauze realizó durante un año en el que leyó a autores de diferentes países del mundo sin repetirlos.

Al principio la tarea parecía fácil, ya que comenzó con los anglosajones, después los latinoamericanos y posteriormente los europeos. El experimento se complicaba cuando caía en cuenta de que no conocía muchos autores de Asia y aún menos de África u Oceanía.

Sin embargo, el resultado fue altamente gratificante y revelador: comprendió que a pesar de la distancia, aquello que nos aqueja es prácticamente lo mismo en cualquier parte del mundo y que si bien, varía el contexto, todos los sueños, ilusiones y sentimientos terminan por ser los mismos.

Esto no es algo menor cuando vivimos un punto bajo a nivel global. Donde la deshumanización al otro se vuelve un aspecto en boga simplemente por ser “distinto” a la mayoría.

Situación impensable en el contexto actual donde la fuerza motora de las economías son las ciudades, las cuales se caracterizan precisamente por la diversidad de personas y en ese capital humano reside su potencial de creación y producción.

No por nada, cuando hablamos de las ciudades más ricas, hablamos de las más globales como Nueva York, Londres, París, Hong Kong o Los Ángeles. Incluso en la antigüedad los máximos alcances se dieron en urbes como Atenas que era epicentro del intercambio cultural de su época.

Apenas en diciembre pasado, Donald Trump dijo una las citas que quedará como testimonio de lo que será la tarea a combatir en nuestro tiempo: “Tendremos fronteras encima de las fronteras”. Impensable en un país hecho a base de migración.

Hace poco tuve la oportunidad de observar la pieza de realidad virtual de Alejandro González Iñárritu y el director de fotografía, Emmanuel Lubezki llamada “Carne y Arena” la cual le ha valido el reconocimiento de la Academia para la entrega de un Óscar especial.

La obra del director mexicano nos coloca en primera línea de la condición inhumana que enfrentan los inmigrantes en las detenciones que se producen en la frontera de México con Estados Unidos.

La narrativa está basada en historias reales y no hace más que conmocionar y someter a una profunda reflexión al espectador que a ratos, deja de serlo gracias a la tecnología virtual.

Experiencias como esta, nos llaman a empatizar con los miles de inmigrantes que se juegan la vida, empujados por condiciones de miseria y violencia en sus localidades de origen.

Dejar de lado la imagen preconcebida que tenemos de ellos, ver los rostros de personas y escuchar sus historias nos permite establecer un primer diálogo con ellos.

Contrario a lo que sugiere la rampante cultura de la indiferencia estoy convencido que estamos a llamados a preocuparnos por el otro. Entre más nos conozcamos será más fácil. Si lo pensamos un poco es la misma transición que se genera en toda amistad: desconocidos que han dejado de serlo.

Desde luego, un diálogo se establece cuando conversamos. Pero también leemos sobre una situación distante, observamos una buena película o emprendemos un viaje, todo nos abrirá a nueva perspectiva.

Entre los muchos propósitos personales deberíamos hacer hueco para uno más: dialogar. Pero dialogar de verdad. No caer en los monólogos o las recetas fáciles que toman atajos en los lugares comunes.

Escuchar al otro, entender su postura. Reconoceremos que nuestros puntos de vista pueden ser distintos pero nunca ajenos. A partir de ahí podremos construir algo duradero.

Dialoguemos.