Por Lydia Guel Montoya

No encontré una mejor descripción para retratar la vida al lado de una pareja impenetrable, que te deja la sensación de estar y no estar acompañada. No puedes asumirte sola porque compartes un espacio que es común, pero en lo profundo sí experimentas una gran soledad, como si convivieras con un fantasma que a ciencia cierta no sabes dónde anda, pero aun así logra atemorizarte.

Puede ser que al inicio de la relación, las cosas hayan ido bien y con el tiempo se tornaron muy distintas. O puede ser que siempre hubo una gran distancia y tú hayas creído que con tu amor y paciencia, él podría cambiar y hacer realidad tu ideal de estar en pareja.
Como muchas mujeres, al principio encontré poderosos argumentos que lo disculpaban, desde aquellos que me decían “así es él”, hasta otros que me invitaban a esforzarme creyendo que yo no era suficiente para despertarle una ternura y empatía ausentes. Al final nada resultó suficiente…, se me acabaron las buenas razones para quedarme.

Resultado de imagen para pareja fantasmaPero antes de tomar la dura decisión de irme, busqué explicaciones en su pasado para tratar de entender el origen de viejos traumas que no le permitían “entregarse”; adjudiqué entonces su proceder al estrés del día a día, producto de un trabajo extenuante y tantas necesidades que cubrir…, pero tampoco me convenció del todo. Yo también trabajaba largas jornadas y aun cansada me obligaba a no dejar que las dificultades me impidieran disfrutar de la vida a su lado.

Durante los años que estuvimos juntos no desistí de hacer propuestas para superar lo que en mi opinión era un problema que ambos teníamos que enfrentar. Sugerí desde terapia de pareja –a la que se negó rotundamente-, hasta realizar actividades nuevas para romper con nuestra cotidianeidad. Su complacencia era eso, sólo complacerme, pues desde su perspectiva no había algo malo entre nosotros que requiriera arreglarse. Sus “no” a mi necesidad de acercarnos me hacían dudar de su cariño. De vez en cuando le preguntaba ¿me quieres? La respuesta «aquí estoy, ¿no?» me animaba a continuar.

Hoy comprendo que no se trataba de tan solo estar, sino de cómo estar en la relación. Tuvo que pasar tiempo para que también entendiera que mantener una buena relación de pareja precisa de una constante inversión de ambas partes, y que uno solo es incapaz de mantener “el barco a flote”. Con frecuencia me sentía muy confundida porque en ciertas áreas de nuestra vida hacíamos una buena mancuerna. Resultábamos los socios perfectos planificando un trayecto conjunto a largo plazo.

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Pero la vida con alguien no se reduce a eso; hay más en esta que no había entre nosotros. Le faltaba esa conexión que te hace sentir que existes en y para el otro. Ciertamente me sabía importante para él, lo que no significaba que yo importara mucho. Me daba cuenta de que yo ocupaba el último lugar en su lista de prioridades, por lo que mostrarse poco disponible para acompañarme, apoyarme y darme su consejo resultaba dolorosamente esperable.

Lo que yo tenía y quería decirle, “lo muy mío” –mis sentimientos, planes y proyectos-, suscitaba en él la misma respuesta emocional que si estuviéramos conversando sobre el clima en Australia. De su lado además, tenía que enfrentar una gran resistencia si yo pretendía indagar “de más” en su mundo. Se trataba de un monólogo, que fugazmente alcanzaba para transitar al diálogo.

Al tiempo entendí que daba lo mismo si estaba triste, frustrada, enojada o deseosa de seguir tratando de cambiar. Hoy creo que su incapacidad para advertir (me) –léase mirarme– “las pequeñas” diferencias en mi estado de ánimo, descansaba en una actitud de abierta indiferencia –que siendo justa, en ningún momento rozó la hostilidad. No importaba lo que yo hiciera o dejara de hacer para sumar en nuestra relación, él no lo notaba. Al principio estaba segura de que lo hacía a propósito, quizá hasta como una especie de venganza, sin lograr descifrar cómo era posible que ese fantasma no viera lo que me estaba sucediendo, lo que nos estaba sucediendo… y entonces me preguntaba: ¿pero por qué…?, buscando en él la respuesta.

Después y gracias a toda la ayuda que recibí, escalé a otro nivel desde el cual mis reflexiones se enfocaron más en mí que en él. Desde ese inexplorado lugar, pude ver que en mis argumentos él siempre estaba en primer plano, repitiendo irónicamente aquello de lo que lo acusaba. Pude empezar a desenterrarme en una historia en la que quedaba sepultada por el peso del personaje principal que seguía siendo él, tal y como yo lo había decidido en apego a un guion del que quería tomar distancia, pero al que obedecía ciegamente.

Sin advertirlo con claridad, había iniciado un viaje sin retorno. Conocía de memoria las carencias de mi pareja y por mucho tiempo había dirigido mis energías a satisfacerlas, con la firme creencia de que una vez hecho este trabajo, emergería un hombre nuevo –aun sin él desearlo-, que no me rechazaría, ni me abandonaría.

El fracaso en ese intento me obligaría a buscar en otra parte: en mi interior.

Permanecer en una relación en la que no existe una vinculación emocional, por más empeño que hayamos puesto en construirla, exige una gran valentía. Todos los días hay que enfrentarse a un doble fantasma; uno que está enfrente y en el que colocamos un sinfín de expectativas que él/ella no puede o no quiere satisfacer, y otro alojado dentro de uno mismo, un fantasma que nos empuja a no claudicar con la falsa idea del control del cambio ajeno. Asimismo, para irse de esa relación, se requiere de valor y fortaleza para enfrentarnos a nuestros miedos y creencias, asumiendo la responsabilidad de nuestras decisiones.

Se trata de un proceso que no necesitamos transitar en soledad.

Buscar ayuda es quizá la primera gran decisión.