Por Agatha Ediciones 
28 de octubre, 2017 

Aunque la edición 90 de los premios de La Academia es hasta marzo de 2018, desde hoy Alejandro González Iñárritu ya puede presumir una estatuilla dorada más a su colección.

En la pasada edición de Cannes, Alejandro González Iñárritu ofició de maestro de ceremonias en una ceremonia entre magnética y sonámbula de saludo a un nuevo tiempo.

En apenas seis minutos y medio, ‘Carne y arena’propone lo que bien se podría llamar una nueva experiencia. Es cine, pero también quiere ser otra cosa. Algo más, sin duda.

Se trata de una instalación en la que el público es invitado a formar parte de manera literal de la aventura equinoccial de un grupo de hombres, mujeres y niños perdidos y acosados en el desierto que separa México de Estados Unidos.

Se trata de 3D extendido sobre un escenario en el que todo, hasta el cuerpo mismo del espectador, es pantalla. La frontera en el más amplio de los sentidos.

Pues bien, la Academia de Hollywood decidió anoche reconocer este nuevo espacio de representación (eso quiere ser) con un Oscar especial que será entregado el próximo 11 de noviembre.

«Iñárritu y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, nos han abierto nuevas puertas de percepción cinematográfica», razona el presidente de la Academia, John Bailey, en el capítulo de motivo para la mención. «Se trata», continúa, «de una aventura profundamente emocional y físicamente inmersiva en el mundo de los emigrantes que cruzan el desierto del suroeste de Estados Unidos a la luz del amanecer. Más que un avance creativo en la forma todavía emergente de la realidad virtual, ‘Carne y arena’ nos conecta visceralmente con las realidades políticas y sociales de la frontera entre Estados Unidos y México».

En Cannes, trabajó en colaboración con el fotógrafo Emmanuel Lubezki.

le ha llevado cuatro años. Ha sido un tiempo dedicado a recopilar historias de inmigrantes a la vez que daban con el dispositivo para hacerlas emocionalmente táctiles.  Se trata de caminar con las almas errantes de los que huyen y hacerlo «sobre sus mismos pies, debajo de su piel, al ritmo acelerado de su corazón».

Para situarnos, la ‘experiencia’ empieza mucho antes de colocarse las gafas de 3D que te introducen en un nuevo mundo. El set se encontraba en un aeropuerto deportivo a diez minutos en coche de la Croisette.

Al lado del casino y en el mismo puerto deportivo, el futuro espectador, de momento sólo acreditado en el Festival de Cannes, era recogido para ser depositado en un hangar; una especie de cubo gigante reconstruido con retales del que fue el muro real del desierto antes de ser sustituido por otro de hormigón alberga la instalación. «Aquí no hay actores. Estas son historias reales, recreadas por los inmigrantes que las experimentaron», se leía en el cartel de presentación.

En la antesala, el espectador era conminado a descalzarse y esperar. Lo siguiente es un escenario de arena que se cuela entre los dedos de los pies desnudos como prólogo a lo que vendrá.

Colocadas las gafas, empieza todo. «La experiencia jamás será la misma para ningún visitante», se lee. Y así es. Uno puede moverse entre los personajes, decidir de qué parte estar (si de los inmigrantes humillados o la policía) y, llegado el caso, confundirse con cualquiera de ellos. En cuanto se entra en el territorio de la ‘carne’ ajena, un corazón extraño vibra por encima de cualquier otro sonido. Cuando el agente de la frontera exija que nos arrodillemos, lo haremos.

De golpe, la realidad se quiebra y deshace en un sentimiento ilocalizable en medio de ninguna parte entre el ridículo, la vergüenza, el dolor y la ira.

Siempre en la frontera: entre un país y otro, entre el cine y lo que vendrá, entre la realidad y la ficción.

La historia que ‘se vive’ es «‘realísticamente’ irreal». Es un condensado de los relatos de Manuel, Lina, Amaru, Luis, Carmen, John el policía, Francisco y Selene. Todos ellos sufrieron los rigores de unas cámaras frigoríficas donde los inmigrantes son arrestados.

Todos huían de un pasado sin futuro de bandas, secuestros, violencia y pobreza, mucha pobreza. Todos sintieron el arañazo del calor inhumano. Todos se empeñaron hasta las cejas para pagar a Los coyotes. Todos vieron la muerte de sus compañeros. Todos padecen el acoso de ser perseguidos en un país en el que aún, después de años de trabajo y estudio, son extranjeros. Unos han conseguido su sueño de ver a su familia reunida después de décadas de trabajo semiesclavo a razón de 7.000 dólares por cada viaje por el desierto. Otros todavía esperar con el momento de ver su momento. Para cuando acaba todo, el pantalón conserva aún algo de la arena. Los ojos tardan unos segundos en recuperar la luz. De vuelta a Cannes, el coche de la organización pasaba por delante de una fila de yates impecables.

¿Es éste el futuro? De momento, es uno de ellos. «Visualmente presente, físicamente invisible», decía Iñárritu. De momento, ya tiene un Oscar. Otro a sumar a los cuatro que ya posee.