Por Pablo Majluf

Las mujeres han conseguido determinar lo ilícito públicamente.

En su primer esfuerzo por librar la ignominia –una carta pública arrogante, por decir lo menos, enviada al New York Times–, el productor hollywoodense Harvey Weinstein justificó sus abusos sexuales de mujeres en los usos y costumbres de su época: “crecí en los sesentas y setentas”, escribió ,“cuando las reglas sobre conducta y lugares de trabajo (sic) eran diferentes; ésa era la cultura entonces.”

Sin legitimar la cínica excusa, no despreciemos su autenticidad histórica. La revolución sexual de esas décadas supuso un intercambio faustiano para la mujer: cierta emancipación a cambio de la vulgarización de su cuerpo, dualidad encarnada sobre todo en la industria cultural y la publicidad. Si de algo se trató la serie Mad Men, cuya precisión histórica fue particularmente elogiada, fue justamente eso. Los mismos publicistas que anunciaban a las mujeres en los medios como si fueran latas de Coca-Cola, las nalgueaban también en la oficina. No es fortuito que Weinstein –centinela de Hollywood, uno de los brazos más poderosos de la industria cultural– evocara la época y, cómodamente, se quedara ahí, encapsulado en el tiempo.

Sólo la mujer puede establecer los límites de lo permisible.

Pero la mujer –acostumbrada por obvias razones a trabajar en espacios reducidos– aceptó el trato, mas no se conformó. Toda la historia de la liberación femenina ha sido así: poco a poco, las mujeres han ganando terreno con terribles sacrificios. Primero, el sufragio en Estados Unidos y algunos países de Europa en los veintes y treintas (en México hasta los cincuentas); desde ahí, las extenuadas reformas a la ley familiar que privilegiaba absolutamente al hombre; a la par, el surgimiento de la filosofía feminista, anclada en personajes como Simone de Beauvoir, y la recuperación de figuras literarias como Viriginia Woolf; y así hasta la gradual incorporación de la mujer al mercado laborar, el control sobre su ciclo reproductivo y la igualdad de sexos, entre muchas otras cosas. Una escalada a pulso.

Es discutible qué tanto ha ganado o perdido la mujer en este proceso: la desacralización de su cuerpo ha sido una pérdida invaluable a la vez que su paulatina obtención de derechos un avance valioso.

Pero de lo que no debe haber duda, me parece, es que sólo ella puede establecer los límites de lo permisible, al menos en cuanto a su cuerpo se refiere. Primero, porque evidentemente el hombre no es su dueño: en ningún sentido, y menos el material. Y segundo, porque, curiosamente, la continua lucha de la mujer para liberarse ha tendido a alejar al hombre de la BESTIALIDAD, ACERCÁNDOLO a la civilización: digamos que lo ha forzado, gradualmente, a ser menos animal y más fino, si se permite el antónimo.

El pretexto extemporáneo de Weinstein revela que, efectivamente, vivía en otra época; pero no sólo porque las reglas hayan cambiado, sino porque la mujer ha logrado denunciar lo ilícito públicamente y ha logrado de paso civilizarnos. La denuncia pública de tantas de sus víctimas en dominó es un enorme triunfo para la convivencia, pues queda claro que, si fuera por los hombres, imperarían los usos y costumbres de… no digamos los sesentas y setentas, sino el Pentateuco.

Claro que aún no es un poder ubicuo. Las víctimas de Weinstein eran celebridades en una república secular, asistidas por la fama, el dinero, la educación, los medios de comunicación y las cortes de justicia. Y aún así, según reportes periodísticos, tomó años para que las acusaciones se publicaran, lo que nos invita a pensar en todas las sociedades donde, a conveniencia del hombre, el pasado sigue siendo subterfugio del presente, como pretendía Weinstein.

Lo malo, argumentan algunos detractores, es que con el tiempo la mujer abusará de este poder y censurará expresiones naturales de cortejo. “Si hoy ya no puedes nalguearlas en la oficina como en los sesenta”, diría la objeción, “después ya no podrás pedirles su teléfono… y así hasta que no puedas ni sonreírles.” Y cierta evidencia –particularmente la ?oleada contra los piropos callejeros– parece confirmar la advertencia. Pues sí: de eso se trata. El hombre tendrá que ser cada vez más ingenioso para asegurar lo que sea que tenga en mente. Lo cual opera a favor de todos: primero, porque el ingenio es un rasgo de civilidad; y segundo, porque si logramos que sea condición para la reproducción, la sobrepoblación dejará de ser una amenaza.

En este sentido, la exhibición de Weinstein es otro paso más en la larga empresa de la mujer por acercarnos al equilibro. Démosle otros mil años.