Por Lucía Legorreta De Cervantes

Este es el título del libro de John Maxwell que rompe con la creencia de que una persona que tiene un talento innato tendrá éxito en su vida.

¿Qué significa esto? Por supuesto que el talento existe de forma innata, es decir, la persona tiene capacidades físicas o intelectuales, pero, aunque parezca mentira, no basta con ser talentoso para destacarse del resto de las personas.

Si solo eso bastara para tener éxito, ¿por qué hay tanta gente talentosa que no es ni remotamente exitosa?

El éxito también requiere preparación y carácter. Las personas que saben gestionar sus emociones, que son tenaces y tienen resistencia a la frustración, no dependen demasiado de las motivaciones externas, sino que saben automotivarse y sacar el máximo provecho de sus capacidades.

Investigadores sostienen que las grandes habilidades en cualquier campo (violín, matemáticas, ajedrez, etcétera), requieren aproximadamente de una década de práctica intensa.

Boby Fischer, prodigio del ajedrez, necesitó practicar con ahínco durante nueve años para lograr a los 17 años el título de gran maestro. La regla de los 10 años o de las diez mil horas implica que todas las habilidades se crean utilizando el mismo mecanismo fundamental: no hay ningún tipo de célula que solo posean los genios y que no tenga el resto de la gente. La diferencia estriba en trabajar más que los demás. Los que están en la cumbre, es porque trabajan más que los otros.

En su bestseller, Grit, Angela Duckworth acompaña al título con esta frase: “porque pasión y resiliencia son los secretos para el éxito”.

A través de los años, la autora ha realizado investigaciones con cadetes militares, niños en concursos nacionales de ortografía, estudiantes y atletas para analizar por qué algunos desisten y otros logran triunfar.

Los resultados demuestran que las características del éxito no están relacionadas con las aptitudes físicas, los recursos sociales, ni el talento. Aquellos que destacan, tienen una gran pasión en la vida y son perseverantes. Para ellos el fracaso no es una condición permanente, no temen a probar nuevas ideas y están dispuestos a fallar.

Duckworth afirma: “debemos vivir la vida como un maratón, no como una carrera”. Y con relación a nuestros hijos: “háganles saber que las habilidades para aprender se pueden cambiar y mejorar”.

Vayamos al cerebro, cada vez son más los neurólogos que consideran a la mielina como la clave de la adquisición de habilidades.

Toda habilidad humana, ya sea jugar al fútbol, pintar o interpretar música, proviene de una cadena de fibras nerviosas que transmiten un diminuto impulso eléctrico. La mielina rodea las fibras nerviosas y permite que la señal sea más veloz y fuerte, impidiendo que se escapen del circuito los impulsos eléctricos. Cuando practicamos, esta lipoproteína responde cubriendo el circuito neuronal y añadiendo, en cada nueva capa, habilidad y velocidad.

En 2005 se escaneó el cerebro de varios concertistas de piano y se descubrió una relación directamente proporcional entre las horas de práctica y esta materia blanca.

Esto requiere de una práctica intensa, que a la vez genera una paradoja: aquellas experiencias en las que al principio cometemos más errores, errores que nos obligan a ir más despacio, son las que nos hacen más talentosos.

Conozco personas con grandes talentos, pero que, por falta de perseverancia, trabajo y

esfuerzo nunca lograron algo en su vida.

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