Por Cynthia Aguirre

Festivales, discos de acetato y las canciones de protesta fueron el medio para convertir a esta subcultura en un estilo de vida mainstream muy atractivo.

El movimiento hippie está nuevamente de moda. Su psicodelia y desparpajo ahora seducen a una generación hipster que anhela la individualidad se­sentera, pero que no compar­te su rebeldía; algo que resulta tan difícil como que un pan­talón estrecho comprenda la holgura de uno acampanado.

El “hipismo” es una práctica de vida, no un movimiento intelectual. No tuvo teóricos sino artífices. Sin embargo, sus ideas germinaron de grandes pensadores del siglo XX. Su ideario y simbolismo surgie­ron del movimiento pacifista y antinuclear, encabezado por el filósofo y matemático inglés Bertrand Russell a finales de los 50. Fue él quien propuso el logo y el concepto Peace and Love, que retomaría Martin Luther King en su lucha por los Derechos Civiles.

Lo único «digital» que tuvo el hipismo fue la seña “Paz y Amor” que, como el propio movimiento, se originó en Inglaterra. Fue en los 60 que la juventud urbana londinense de la posguerra hizo patente su desprecio por el estilo de vida, los recursos económicos y educativos que sus padres tanto se esforzaron en darles. Lo único que los hippies repu­diaban más que al establishment y el baño diario eran los convencionalismos morales, de ahí su apertura a toda novedad disponible: amor libre, drogas (muchas), derechos gay, minifaldas y cabellos largos, amor a la naturaleza, vegetarianismo, espiritualidad hindú e insolvencia financiera.

En este lado del Atlántico, la sociedad norteamericana perdía su balance con la inclusión social de los afroamericanos, la Guerra Fría que transitaba uno de sus peores momentos con la crisis de los misiles en Cuba‒ e intentaba asimilar el asesinato de Kenne­dy, televisado en tiempo real. El movimiento Beat y su desafío al sistema ya había penetrado en­tre los jóvenes. Sin embargo, fue hasta 1965 que el rechazo al re­clutamiento forzoso para combatir en Vietnam dio a los jóvenes nor­teamericanos una misión política y transformó su inacción en resistencia civil: “haz el amor, no la guerra”.

Los hippies, en su desdén por la cultura prevaleciente, se alejaron del libro y optaron por la música como me­dio propagandístico. Festivales, discos de acetato y las canciones de protesta fueron el medio para convertir a esta subcultura en un estilo de vida mains­tream muy atractivo.

Ellos iniciaron con el aprecio, ahora obsesivo, por la recuperación de ob­jetos viejos (vintage diría­mos ahora) que se combinó con el rescate de las técnicas de producción artesanal. Ac­tividades comunitarias como tejer macramé, crochet o pin­tar tie dye revivieron un vínculo social que se creía perdido con la industrialización.

En esta era de la individua­lidad, mirar a la comuna como modelo resulta paradójico. Habrá que ver cómo dialogará aquella generación que no quería pare­cerse a sus padres cuando adultos, con ésta que no quiere ser padre… y tampoco adulto.

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