Por Lucía Legorreta de Cervantes

¡No hay que tener miedo a las terapias! Cuando nos duele alguna parte del cuerpo no dudamos en acudir con un especialista, pero cuando se trata de nuestro matrimonio lo ponemos en duda.

Todo matrimonio tiene dificultades. Al igual que un cuerpo sano que se ha enfermado y necesita atención médica, para una relación conyugal o de pareja existen terapias, psicólogos, consultores familiares o sacerdotes que pueden ayudar a recuperar la salud del matrimonio.

En los últimos años el número de separaciones y crisis matrimoniales ha aumentado, al igual que el número de parejas que tratan de buscar soluciones a sus problemas de comportamiento por medio de ayuda profesional.

Me gustó mucho cuando leí la comparación de la vida matrimonial con la medicina, y la recomendación de aplicar los dos consejos fundamentales que debemos tomar en toda enfermedad: la prevención y la curación.

En algunas ocasiones, la prevención entre los esposos consistirá en no tocar un tema espinoso, en otras habrá que encontrar el momento adecuado para tender un puente. Habrá algunos momentos en los que será necesaria la intervención curativa y bastará con una medicina sencilla: un poco de silencio, ceder, pasar una notita escrita para pedir perdón, poner sobre la mesa algún tema difícil y doloroso para aclarar lo sucedido; aunque eso cueste trabajo e implique hacer a un lado el orgullo. Sin embargo, habrá situaciones en las que se tendrá que recurrir al cirujano y llevar a cabo una operación más profunda: cortar, limpiar, hacer una transfusión de sangre y tal vez un trasplante de corazón.

En muchos casos se piensa que la mejor solución es la separación. Si seguimos con la analogía de la salud, veremos que esta medida es algo así como la aceptación de la muerte: dejamos de buscar el difícil camino de la medicina para dejar que la enfermedad destruya lo poco que queda en pie.

Soy consciente de que existen situaciones extremas que justifican una separación en el matrimonio, pero también he observado que son mucho más los casos que pueden salvarse con una adecuada intervención. Para tratar los problemas de pareja, lo común ha sido la terapia individual: la terapia o análisis de cada uno en forma sucesiva por el mismo terapeuta; o bien, terapia realizada paralelamente por dos terapeutas (con consultas periódicas entre ellos) y ocasionales sesiones cuadrangulares; grupos de parejas, terapia con ambos y las familias de origen.

La mayoría de las personas que inicia una terapia lo hace para cambiar a su pareja, piensan que es el momento de contar a un profesional lo enferma, irreflexiva y poco afectiva que es su pareja.

En estos casos no se acepta que cada uno debe asumir la responsabilidad del cambio. La idea de cambiar al otro no funciona, la única manera de lograrlo es cambiando uno mismo. Aunque también existe un encubierto temor a que el otro cambie: podría no querernos más. Este es otro motivo para tratar a la pareja junta, de manera que puedan compartir el proceso.

Por lo general, la mujer es más abierta a las terapias, mientras que el hombre no lo considera necesario; pero como hemos mencionado, para que la terapia funcione ambos deben ser partícipes.

Si tu relación está enferma, no lo dudes y acude a un especialista serio y ético. Si no conoces a alguno, ponte en contacto conmigo y con mucho gusto te recomendaré a alguien.

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