Por Elena Goicoechea

Cualquiera que pase un tiempo razonable en Internet sabe que ahí las discusiones no siempre son civilizadas, pero en sus mejores momentos, la Red nos permite aprender e intercambiar ideas en formas que antes eran imposibles.

Seguramente te habrás topado con más de un troll, esos entes en proliferación que se dedican a publicar mensajes provocadores, ofensivos y/o disruptivos en los foros en línea. A esos más vale no alimentarlos con tus respuestas. Pero también habrás participado en discusiones interesantes (las menos), donde los participantes mantienen el foco en el tema y aportan argumentos bien fundamentados. Al respecto existe un ensayo de Paul Graham que, en forma elegante, presenta una guía para aprender a conducirnos cuando estamos en desacuerdo:

«Hace 20 años, los escritores escribían y los lectores leían. Hoy la Red se ha convertido en una gran conversación. Cada vez es más frecuente que los usuarios publiquen contenidos y respondan en secciones de comentarios.

La mayoría de los que responden lo hacen porque están en desacuerdo con algo, además de que estando en línea es fácil decir cosas que uno nunca diría cara a cara. Estar de acuerdo suele motivar menos a escribir una opinión.

Si todos vamos a estar en desacuerdo más a menudo, debiéramos ser más cuidadosos para hacerlo bien. Es fácil comprender la diferencia entre el insulto y una refutación bien razonada, pero es útil nombrar los estados intermedios:

Insulto

Esta es una de las formas más bajas de manifestar un desacuerdo y probablemente la más común. Aun los insultos más articulados tienen poco peso en una discusión.

Ad Hominem

Un ataque ad hominem no es tan débil como el mero insulto. Incluso puede que tenga un poco de peso. Por ejemplo, si un senador escribe un artículo diciendo que los sueldos de los senadores deberían ser más altos, la gente podría opinar: “Por supuesto que él opina eso. Es un senador.”

Esto no refuta el argumento del autor, pero al menos es relevante a la discusión. Sin embargo, sigue siendo una forma muy débil de desacuerdo. Si hay algo errado en el argumento del senador, uno debiera decir en qué está mal; y si no hay nada errado, ¿qué diferencia hace que él sea senador?

Decir que el autor no tiene la autoridad para escribir sobre un tópico es una variante de ad hominem y una forma particularmente inútil de debatir, ya que las buenas ideas frecuentemente se originan en gente que vienen de otros campos. La pregunta es si el autor tiene razón o no. Si la falta de autoridad le llevó a cometer errores, apunta cuáles son. Y si no lo hizo, entonces no hay problema.

Respondiendo al tono

En el siguiente nivel comenzamos a ver respuestas a lo que se ha escrito en vez de opines sobre el autor del mensaje. La forma más baja de este nivel es manifestarse en desacuerdo con el tono del autor.

Aunque es mejor que atacar al autor, sigue siendo una forma muy débil de desacuerdo. Importa mucho más si el autor tiene razón o no que su tono. Especialmente porque el tono es difícil de juzgar. Alguien que tiene un problema con algún tema puede ofenderse por el tono que otros lectores pueden encontrar neutral.

Así que si lo peor que uno puede decir sobre un mensaje es su tono, es que no hay mucho que decir. ¿Está delirando el autor, pero está en lo correcto? Si el autor no está en lo correcto, menciona en qué.

Contradicción

En esta etapa finalmente obtenemos res-puestas sobre el mensaje, y no sobre el tono (cómo se dijo) o sobre el autor (quién lo dijo). La forma más baja de respuesta a un argumento es simplemente plantear el caso opuesto, con poca o ninguna evidencia que apoye la respuesta.

Una contradicción puede tener peso a veces, cuando el mero hecho de mostrar el caso opuesto en forma explícita es suficiente para ver que es o no correcto. Pero habitualmente la evidencia ayuda.

Contraargumento

En este nivel llegamos a la primera forma de desacuerdo convincente: el contraargumento. Las formas previas pueden ser ignoradas ya que no prueban nada. El contraargumento puede probar algo. El problema es que es difícil saber exactamente qué.

Contraargumento es contradicción más razonamiento y/o evidencia. Cuando es apuntado directamente el argumento original, puede ser convincente. Desafortunadamente, es común que los contraargumentos sean dirigidos a algo ligeramente distinto. Es común que dos personas que discuten apasionadamente, de hecho estén discutiendo sobre dos cosas distintas. A veces, incluso están de acuerdo el uno con el otro, pero están tan inmersos en su disputa que no se dan cuenta.

Podría haber una razón legítima para argumentar contra algo ligeramente distinto a lo que el autor original dijo, como cuando uno cree que se le escapó lo más importante del tema sobre el que escribió. Pero cuando uno hace eso, debería decirlo explícitamente.

Refutación

La forma más convincente de desacuerdo es la refutación. Es también la menos común porque requiere más esfuerzo.

Para refutar uno tiene que encontrar en el argumento original un párrafo que contenga una idea con la que no se está de acuerdo. Si uno no puede encontrar una cita con la que se esté en desacuerdo, puede que no se esté en desacuerdo con nada.

Algunos escritores citan parte de las cosas con la que están en desacuerdo para dar la impresión de refutación legítima, pero después proceden a dar una respuesta de bajo nivel.

Refutar el punto central

La fuerza de una refutación depende de qué se está refutando. La forma más poderosa de refutación es refutar el punto central de un argumento.

Incluso en las formas altas de argumentación se llega a percibir deshonestidad deliberada, como cuando alguien elije puntos menores de un argumento y los refuta. A veces, el espíritu de un argumento lo convierte más en una forma sofisticada de ad hominem que una refutación real. Por ejemplo, corregir la gramática de alguien o insistir en señalar errores menores en nombres o números. Aunque el argumento opuesto depende de esas cosas, el único propósito de corregirlos es desacreditar al oponente.

Refutar bien requiere que se refute el punto central, o al menos uno de ellos. Y eso significa que uno tiene que comprometerse explícitamente en mantener la atención en el tema principal.

¿Para qué sirve jerarquizar los tipos de desacuerdo?

Ahora tenemos una forma de clasificar los tipos de desacuerdo. Aunque jerarquizar un desacuerdo no significa que elijamos a un ganador o que establezcamos un límite mínimo sobre cuán convincente es una respuesta, sí se establece un límite máximo. Una respuesta baja siempre es poco convincente.

La ventaja más obvia de clasificar las formas de desacuerdo es que nos ayuda a evaluar lo que leemos. En particular, ayuda a ver más allá de los argumentos intelectualmente deshonestos. Un expositor elocuente puede dar la impresión de vencer a un oponente usando palabras fuertes. De hecho, esta es la característica que define a un demagogo. Al darle nombres a las distintas formas de desacuerdo le damos a los lectores críticos una forma de analizar esos problemas.

Esas etiquetas también pueden ayudar a otros escritores. La deshonestidad intelectual suele no tener mala intención. Alguien que está argumentando contra el tono de aquello con lo que está en desacuerdo puede creer que realmente está argumentando algo. Dar un par de pasos atrás y analizar su posición en la jerarquía de desacuerdos puede inspirarlo para intentar moverse más arriba a fin de contraargumentar o refutar con bases.

Pero el beneficio más grande de estar en desacuerdo asertivamente no es solo que las conversaciones sean mejores, sino que hará más feliz a la gente que las sostiene. Si estudias las conversaciones, encontrarás que hay mucha más crueldad en las formas bajas que en las elevadas. Tú no tienes que ser cruel cuando tienes algo real que decir. De hecho, no quieres ser cruel. Si tienes algo real que decir, el ser cruel se convierte en un obstáculo.

Si moverse más arriba en la jerarquía hace que la gente sea menos cruel, eso hará que la mayoría de ellos también sean más felices. La mayoría de la gente no disfruta ser cruel; lo hace porque no sabe cómo evitarlo.»

 

 

Extracto de Cómo estar en desacuerdo (How to desagree), de Paul Graham (Marzo 2008).

 

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