Hoy, jueves negro, (21 de septiembre) cansada y con adrenalina todavía corriendo por mis venas, tras una muy larga jornada dentro del hospital de la Cruz Roja a la que hoy acudí intentando ofrecer ayuda ante mi nación que llora, fui privilegiada y salí siendo yo quien fue ayudada. Lo que viví me llegó profundamente al alma y esos sentimientos piden ser expresados y exigen ser compartidos, por lo que escribo estas líneas cargadas de emoción.

Como sucede siempre, quien se dispone genuinamente a ofrecer lo mejor de sí mismo por aquellos que sufren, termina por recibir lecciones invaluables de vida, y eso me sucedió hoy. Al buscar dar apoyo psicológico a las víctimas del terremoto que sacudió nuestra tierra y nuestro corazón hace dos días, esta mañana fui testigo presencial de dos milagros vivientes.

Me llamaron para atender a Isaac y a Lucy, atención que se extendió a más camas e historias que se escriben silenciosa y valientemente entre los pisos, los cuartos y muros del hospital de tan honorable Institución.

Recostada en la cama de urgencias se encontraba Lucy, a quien unas horas antes habían sacado de los escombros tras haber permanecido alrededor de 30 horas atrapada entre los mismos. Estaba prácticamente ilesa, unas pocas raspaduras y algunos dolores de cuerpo generales eran la muda voz que narraba ese infierno vivido, un infierno que hoy, para ella, se convirtió en cielo.

Lucy quedó atrapada en un edificio en donde laboraba temporalmente y que se vino abajo durante el temblor. Tras el derrumbe, en la negrura de los escombros y la asfixia producida por toneladas de cemento colapsado, se queda sin posibilidad de movimiento, escuchando el crujir de las estructuras, los lamentos de los heridos y el silencio del miedo y el terror.
Junto a ella cae Isaac, quedando ambos lado a lado, pudiendo incluso tocar sus manos, y su cercanía física se convierte en complicidad durante la lucha por sobrevivir y salir de aquella pesadilla que los envuelve con formas de cemento, cristales, peso y dolor.

Isaac cae junto a ella quedando totalmente boca abajo, postura que no logra modificar durante las aproximadamente 30 largas horas de espera. Tan solo encontraba espacio para mover en ocasiones su cuello de un lado al otro, nada más. ”Ah -me dice- y extender mi mano para tocar a Lucy, pues así juntos era más fácil vencer el miedo.”

A los pies de Isaac queda atrapada una señora a la que él venía ayudando a salir del edificio en el momento del colapso, y entre sus pies, esta víctima queda prensada y muere, yaciendo inerte entre sus piernas durante las eternas horas de agonía y angustia.

La historia es tan trágica como dramática, pero a la vez, conforme voy escuchando su relato en un idioma sencillo, franco, punzantemente expresivo y sereno, esa historia de drama y dolor empieza a convertirse en fuente de luz, de esperanza, de admiración, de estupefacción que me invade y me hace saber que me encuentro ante la presencia de un ser humano muy especial, un ser extraordinario.

«Al caer, tras el shock inicial y al darme cuenta que me era imposible moverme ni ver nada, pregunté junto a quién estaba, pues percibí la presencia de alguien, su dolor, su terror, su cercanía» -me dice Isaac- «Así conocí a la Srita. Lucy y le pregunté: ¿estás bien?. Aunque poco podíamos hablar, pues el cemento nos había llenado la boca y las fosas nasales. Intenté respirar y le dije: si estás bien y yo también quiere decir que vamos a vivir, así que tranquila. Dios por algo nos quiere así, solamente hay que esperar…

Nunca imaginé cuántas horas tendrían que pasar, horas en las que rezamos, sufrimos y platicamos de nuestra vida, y de nada y de todo, horas en las que no le quise decir que en muchas ocasiones no podía ya respirar… Horas en las que en ocasiones escuchábamos ruidos de quienes buscaban y levantaban piedras y escombros, dándonos esperanza, y en las que el miedo volvía al escuchar el silencio que nos recordaba que estábamos atrapados y que tal vez nadie iba a saber que estábamos ahí. Horas en las que podía medir el paso del tiempo con el reloj de mi celular, que después apagaba por si se necesitaba cuando nos fueran a rescatar.

Gritamos en un principio muy fuerte para avisar que estábamos ahí, pero estaba imposible que nos escucharan, así que había que guardar energías. No me podía mover, pero pude mover este brazo (me muestra las pequeñas heridas) para quitar vidrios y escombros que incomodaban a la Srita. Lucy, y nuevamente a esperar, a guardar silencio, a platicar, a rezar, a intentar dormitar para no desesperar…

Hubo momentos en los que pensé que ahí moriría, pero me callaba para no asustarla ni desanimarla. Sabía de la persona muerta en mis pies, sentía el frío y la rigidez de su cuerpo, lo confirmaba su silencio, pero no la podía ni apartar ni mover, así que solo recé e intenté no pensar más en ello, aunque el olor con el paso de las horas era un feo recordatorio.

A pocos metros, calculo, estaba otra mujer que cayó desde un piso más arriba y con quien nos podíamos comunicar. Nunca la vi, pero la escuche y nos dimos apoyo. Pasaron las horas y sabía que de salir tenía yo que ser mejor persona, tenía que mejorar en la vida, no hay otra posibilidad. El silenciarse de los quejidos que en los primeros momentos escuchaba, me avisa tristemente que personas cerca de mí han muerto, lo que sé que me exige a mí una nueva y mejor vida.

Pensaba en mis hijas, en mi esposa, en mi vida, en lo que sería la de ellas si moría. Me conmueve saber hoy que todos me buscaban, me esperaban y rezaban por mí…”

¿Has podido llorar Isaac?, le pregunto, y con esa sonrisa que me desarma, me responde muy tranquilamente: “No, a mí la vida me ha tratado muy duro, yo no lloro así porque sí, eso lo estoy reservando para cuando abrace a mi mamá…” -y sonríe nuevamente- ”Lo que más me dolía era pensar en mis papás. Yo solo lloro cuando los abrazo” -me afirma y vuelve a sonreír.Después sigue con su relato.

“Fui escuchando los ruidos de rescate más y más cercanos y escuche voces, la ayuda estaba cerca, muy cerca. Esta vez sabíamos que nos podrían rescatar. Gritamos, avisamos, ¡y nos escucharon! Ya sabían que estábamos ahí, ahora lo difícil era sacarnos. Eso tarda mucho, es muy difícil, los topos me tienen impresionado, qué buenas personas son.

Tras muchas horas más, en lo que iban haciendo el camino de salida, empecé a hablar con el topo, a ver la luz de su linterna, a avisar en donde estábamos la Srita. Lucy y yo, y la esperanza de salir de ahí era grande.

Cuando lo pude ver, y él a mí, ayudé con la mano a empezar a mover escombros para acercarme al túnel que era muy chiquito y le dije a Lucy: si por ese agujero paso yo, tú Lucy, sales de sobra con vida.

Lo que no me gustó es que tuve que salir antes que ella. Yo quería que la sacaran primero, pues no me gustó la idea de que se quedara ahí sola, pero me dijeron que eso no era posible, si no salía yo no había manera de que ella saliera, así que pues me sacaron primero.» Eso no me gustó, repite.

«Vi el túnel, le dije al topo que me dijera cómo salir, que yo estaba bien y que fuera por Lucy. Salí a rastras y vi la luz y sentí una y mil manos de apoyo, de ayuda, de cariño, de atención. Respiré el aire de afuera…

Ni siquiera me dejaron caminar, yo estaba bien, pero me acostaron, me atendieron y me trajeron aquí. Lo bueno es que al muy poquito tiempo escuche la voz en el cuarto de junto, era la de Lucy, ya la habían rescatado, también estaba aquí.»

Tras un silencio reflexivo, me dice: “Sí, la verdad sí he pensado cómo ser mejor, qué hacer, qué cambiar…” -Sobre ese tema seguimos conversando un buen rato- «Pero además, estoy agradecido, me vuelve a decir, nunca pensé cómo era la Cruz Roja, con qué respeto, cariño y bondad te tratan todos, todos son muy buenos conmigo y te atienden muy bien, son muy buenos. Yo voy a decir siempre que ayuden aquí, todos, siempre, porque los de aquí de verdad ayudan como no lo puedo explicar…”

A medio relato entra su hermano, un hombre sencillo, humildemente vestido, con una gorra que cubre un rostro cansado, y con gran fuerza y emoción ambos se funden en un abrazo inenarrable… Sin duda, fue un momento de una emotividad difícil de expresar, un momento cuya fuerza, energía, ternura, emoción no puedo ni creo que podré describir jamás. “Pensé hermano que no te volveríamos a ver nunca le dice llorando…” Mis ojos se llenan de lágrimas que me cuesta reprimir, mi garganta se aprieta, mi corazón se acelera… Isaac guarda estoicamente sus lágrimas, que no afloran, y las reserva para cuando abrace a su mamá…

Escuchar la angustia que vivió la familia afuera es desgarrador, ver cómo ahora todos están sostenidos por la gratitud es edificante.

A las pocas horas, tras hablar con Lucy largo tiempo, tras hablar con su hermana que estaba afuera sufriendo mucho, cansada, angustiada (la acababan de asaltar mientras compraba las medicinas, le quitaron el coche, el dinero, el celular…), tras conversar largamente con Isaac y su hermano, tras intentar ayudarles a identificar y manejar la angustia, tras aprender yo esta lección de fe y de vida que me cimbraron, acompaño a ambos, prácticamente ilesos, a salir de pie a la vida…

Y es que así está nuestra patria, dolida, entre oleadas de muerte, tristeza y oscuridad pero apuntalada con ejemplo, heroísmo y esperanza…, así es como México, poco a poco, se pone de pie y también vuelve a la vida… Bondad, entrega, sudor, más entrega, más generosidad, más vida que muerte, doblados, más no rotos, dañados, pero no destruidos.

Gracias Lucy, por tu serenidad y tu fortaleza, por tu lucha por vivir, por ese “yo no puedo hacerle esto a mi hermana, nosotros no tenemos papás, no me puedo morir, por ella tengo que resistir….”, que nos dejas como legado sobre la fuerza del amor entre hermanos, del amor de familia. Gracias por compartir conmigo tu historia, por ayudar a mi mente y a mis emociones a acomodarse, a sanarse, a comprender, a aprender…

Gracias Isaac, porque me regalaste, junto con Lucy, la oportunidad de conocer lo que se llama ser héroe, lo que implica tener de verdad, sin romanticismos ni espejismos, fe en Dios. Gracias por remover mi corazón y cimbrar mi espíritu, por ser muestra viva de lo que es la generosidad hecha obras. Gracias por tu sencillez y tu sonrisa, por tu fuerza interior que asombra y tu llaneza que inspira, por tu solidaridad humana que conmueve. Solidaridad con quien sufría aun cuando tú estabas asfixiándote en tu propio sufrimiento. Gracias por tu ejemplo de preocupación por el otro, gracias de verdad por reafirmarme lo que vale en el alma de un hijo el abrazo de una madre…

Gracias Cruz Roja, por tejer puntada a puntada historias de vida y de bondad, historias de amparo y humanismo en su más pura expresión…

Gracias a Lucy y a Isaac y a todos los enfermos que hoy me dieron lecciones de humildad y de serena paciencia, de fortaleza y de aguante ante el dolor, de calma ante la incertidumbre, de fe y de gratitud, de canto a la vida…

Hoy se me permitió tocar lo más humano del ser humano: dolor, muerte, sufrimiento, trauma, shock, tristeza, pérdida, desolación…, pero todo esto la vida hoy lo envolvió para mí con listones de seda, listones del color de la fortaleza y la resiliencia del ser humano, de la fuerza arrolladora de la fe en Dios, que hace posible lo imposible y que eleva a la persona por encima de lo natural.

Hoy la vida envolvió para mí esas historias duras, con cintas brillantes que reflejan lo que logra la solidaridad de los hombres y mujeres de buena voluntad, adornó la crudeza de la tragedia con el brillo que emana del amor de las familias y la importancia de los cuidados ofrecidos con delicadeza, iluminó la oscuridad con el brillo de la eficacia de la unión y la alegría del servicio. Hoy la vida me regaló todas estas lecciones ya envueltas y las colocó en mi corazón y mis manos con el moño resplandeciente del reflejo del amor de Dios.

Por eso, al caer de esta noche, levanto el susurro de mi voz y digo: Cruz Roja, socorristas heridos, familiares angustiados, jóvenes cansados, donadores entregados, voluntarios extenuados, pacientes en dolor y angustia, a quienes vi llorar y se dejaron abrazar, dirigentes y coordinadores que cargan en sus hombros la enorme loza de la responsabilidad…, a todos y cada uno, gracias.

Para mí, hoy se abrió también una nueva oportunidad de vida, la posibilidad de una vida renovada, pues me voy a la cama siendo un ser humano distinto. Sus vidas, sus historias, sus luchas, su ejemplo, la fuerza de su entrega y su amor, la cercana y palpable presencia de Dios, me han transformado…

-Teresa Alarcón de Pérez Teuffer

 

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