Por María Verónica Degwitz

Los padres que se centran en elogiar solo los resultados pueden mermar la autoestima del niño o el adolescente. Sin querer, podemos deformar su sentido de la identidad.

Vivimos en la época de la autoestima. Hemos crecido en una cultura en la que los elogios son parte necesaria de nuestra aceptación personal. Hoy en día no se concibe una educación en la que los padres no estén constantemente alabando los talentos y fortalezas de sus hijos. Sin embargo, tenemos que preguntarnos: ¿Estamos elogiando demasiado a nuestros hijos? ¿Cómo debemos elogiarlos para que se sientan queridos y motivados sin caer en una alabanza excesiva?

Alabar el esfuerzo, no los resultados

En primer lugar, debemos analizar qué es lo que estamos elogiando. Es bueno que nuestros hijos reconozcan sus talentos, virtudes y fortalezas, pero si solo reconocemos estas cosas nuestros hijos pueden sentirse tentados a nada más intentar lo que les sale fácil o aquello en lo que sobresalen.

Cuando alabamos el esfuerzo en vez de los resultados, estamos diciéndole a nuestros hijos que, además de los talentos que les fueron dados, su voluntad es la que los hará fuertes y la que los llevará a arriesgarse a cumplir distintas metas y sueños.

Elogiar el esfuerzo también nos ayuda a reconocer que la importancia está en el camino recorrido más que en lo logrado.
Al reconocer los hábitos de estudio en vez de las notas, el orden en sus materiales en vez de los resultados, o las horas de práctica en vez de los goles, les estamos enviando un mensaje: no basta con el talento para cumplir las metas propuestas, es el esfuerzo el que los llevará a ser personas verdaderamente excepcionales, y cuando a veces los resultados no salgan como ellos quieren, sabrán que eso no es lo más importante, sino el camino recorrido y todo lo aprendido para llegar allí.

 

 

Fuente: Aleteia