Ronaldo Schmeidt | AFP

Del primero de los dos terremotos que sacudieron al país en menos de 12 días, el de 8.2 grados Richter la noche del 7 de septiembre, y el de 7.1 a la 1:15 pm del 17 del mismo mes, provocaron más de 300 muertos y decenas de edificios colapsados.

El último reporte de personas fallecida por el sismo del 19 de septiembre pasado se elevó a más de 300 muertes.

El papel de la sociedad civil mexicana en las tareas de solidaridad con los afectados por los dos terremotos es sorprendente. Las toneladas de apoyo que algunos gobiernos locales ni siquiera saben cómo manejar evidencian, por una parte, la mano amiga que el mexicano en desgracia recibe de los de su pueblo, y por la otra parte la esperanza de que, organizada, esta sociedad se renueve.

Sin embargo, la gran nota de este terremoto es que México puede confiar en lo que los expertos en temas de población llaman “bono demográfico”. La inmensa mayoría de los jóvenes tomaron el reto del apoyo de una manera muy seria.

Los jóvenes son la gran noticia de este sismo. Se organizaron solos, se llamaron por las redes sociales, se animaban e impulsaban unos a otros. Los Millenials, a los que tanto critican: que si dispersos, que si distraídos, que si poco comprometidos, que si hiperactivos, ante el dolor ajeno reaccionaron con una prontitud y una generosidad admirable. Su solidaridad con los desconocidos, su esfuerzo, su constancia en los rescates los hace ser parte importante de los héroes y heroínas de este sismo.

México está vivo, aunque siga temblando fuertemente. Y quizá lo demuestre el próximo año 2018, cuando vaya a las urnas para elegir nuevo presidente de la República. Muchos piensan que el temblor del 19 de septiembre, pero de 1985, fue un parte aguas en la vida nacional. Después de él, se comenzó a abrir el cerrojo de la participación y la democracia. El del 2017 podría significar un cambio importante: el cambio de paradigma social, económico y, desde luego, político: un país que lo tiene todo, pero que ha echado por la borda mil oportunidades de equidad y justicia.

En el blog de los comunicadores católicos, Felipe Monroy escribió: “Los sismos y las ruinas que dejan a su paso desnudan el alma de un pueblo vulnerable, atado a la mezquindad de quienes construyeron la ciudad vertical con varillas a medio desgaste, aprovechando con perversidad la especulación de vivienda; revela la indiferencia institucional ante los edificios históricos e iglesias que sobrevivieron cinco siglos y desaparecieron tras treinta años de indolente burocracia; evidencia lo poco que hicimos para corregir las grietas estructurales de nuestra sociedad”.

Aunque, con dolor extremo, es el tiempo de aprender de estos errores. No solamente del gobierno y de los partidos políticos, sino de una sociedad entera, un pueblo que, como diría una comentarista ya fallecida, Ikram Antaki, “se negó a crecer”. Pero que puede crecer. Y en la búsqueda del rostro del prójimo, que es lo más importante de todo.

Fuente: Aleteia