Por Arq. Alejandro Robles Arias

Nuestra ciudad está asentada en un valle con memoria. Pueden pasar meses, años o décadas pero cada tanto se encarga que recordarnos que está vivo a través de múltiples elementos que lo conformanlos cuales obviamos en el trajín diario.

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En el Valle del Anáhuac, cuyo nombre delata el elemento del agua (anáhuac se puede traducir del náhuatl como “lo situado entre las aguas”), cada verano las “atípicas” lluvias lo inundan recordándole a la población su condición lacustre.

Aunque parezca fantasía donde hoy se ubica la Megalópolis hubo un lago y una cultura ancestral que supo entender el sitio, habitar con él y no en su contra. Producían su comida de una forma sustentable (sistema de chinampas) que a su vez limpiaba el agua.

Desgraciadamente vivimos una contradicción terrible con nuestro manejo del agua, cada verano nos llueve un lago y lo mandamos al drenaje. En contraparte, exportamos agua de una cuenca lejana y sobre explotamos nuestro manto acuífero ablandando el suelo. Una fórmula nada eficiente y costosa en términos ambientales y económicos.

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En esta ciudad que no deja de sorprender, las piedras también reclaman su lugar y lo histórico está presente a cada paso que damos.

La Historia es aquel elemento al que muchos solo pueden acceder en un museo, no es el caso de la antigua México-Tenochtitlan donde en sus calles podemos ver las capas de múltiples épocas y con sólo escarbar un poco tenemos acceso a una máquina del tiempo que nos lleva a otros siglos.

El Centro Histórico nos lo ha confirmado con los múltiples descubrimientos arqueológicos hallados hace poco. Uno de los más interesantes le ocurrió a un inversor belga cuando comenzó la construcción de un museo del cacao y halló el Tzomplatli, un gran muro de sacrificios hecho de calaveras.

La urbe nos reafirmó su condición multitemporal cuando en ese mismo lugar, en la planta alta se venderán las famosas calaveritas de chocolate el Día de Muertos.

Otro elemento indispensable de la ciudad es su gente. Todos aquellos que la construimos a diario. La ciudad también se expresa a través del gran mosaico de personas que la componen.

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Desde sus inicios llegaron personas de distintos lugares, algunos como los mexicas vinieron de un recorrido nómada desde el norte, otros como los europeos cruzaron los mares y ahora ocurre con todo el mundo desde los aviones.

Está ciudad es casa de grandes comunidades de inmigrantes que la enriquecen y han formado vínculos tan fuertes que ya son parte de su diverso tejido social.

Aquí es donde nos ha tocado vivir. Aquí pasa de todo. A veces, cuando uno mira las noticias se podría pensar que para un escritor de ciencia ficción no existe mejor lugar para vivir, ya que lo insólito es lo normal.

Aquí ocurren terremotos que cimbran la tierra, ocurren avances científicos, los mejores eventos y las últimas tendencias. Aquí pasa de todo.

Solo entendiendo los variados elementos que la componen podemos estar a su altura: reconectemos la ciudad a su rico entorno natural. Conozcamos nuestra historia y aprendamos de ella. Reconozcámonos en su variada población.

Observemos los ejemplos urbanos que nos brindan las mejores ciudades y adaptémoslos a nuestro contexto. Pocas para el manejo inteligente del agua como Copenhague o Ámsterdam, el respeto y cuidado al patrimonio como Roma o pensada para las personas y no para los coches como Barcelona.

Cuando la ciudad habla no solo hace un canto al pasado, sino a un futuro brillante donde todos los elementos que la componen funcionen como un gran sistema. Para tener una buena conversación con ella, debemos promover hábitos saludables como ciudadanos.

Seamos conscientes de qué tan lejos venimos para que comprendamos qué tan lejos merecemos llegar.

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