La paciencia es la virtud de las almas grandes

Raúl Espinoza Aguilera

 

Se podría decir que la virtud de la paciencia “tiene mala prensa” –como se suele decir- porque a menudo se confunde con la pasividad, el apocamiento, el sufrir injusticias sin encarar los problemas; la cobardía del que prefiere callar y no reclamar sus legítimos derechos.

Todo lo contrario, la paciencia es la virtud de las almas grandes. Se encuentra íntimamente vinculada con la fortaleza porque es fuerte el que resiste a los embates de la vida y no pierde la tranquilidad ni el sosiego.

Esto viene a colación porque Eduardo Díaz Covarrubias ha publicado recientemente un magnífico tratado sobre esta virtud, titulado: “Paciencia de Dios, Impaciencia de los Hombres” (Editorial Minos III Milenio, México, 2017, 154 páginas).

En este libro el autor ofrece una visión cristiana para encontrar en Dios la fuerza que todos necesitamos para conseguir la capacidad de ser pacientes, a través del ejercicio de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) ya que, como afirmaba el Papa Benedicto XVI: “La paciencia es una forma cotidiana de amor donde está presente también la fe y la esperanza”.

¿Por qué es una manifestación de amor? Porque al aceptar los defectos de los demás (siempre que no sean una ofensa grave al Señor), tiene la doble vertiente de amar al prójimo y a Dios. También es importante tomar conciencia de las circunstancias que nos rodean tal y como son; sufrir las adversidades y enfermedades y llevarlas también con serenidad.

Es un tratado bastante completo porque su contenido abarca desde las contrariedades cotidianas, pasando por las propias limitaciones y equivocaciones, siguiendo por querer con obras al círculo inmediato y más próximo como son los familiares, a los compañeros en la vida profesional y ante los sufrimientos morales y físicos. Al final el autor añade un apéndice de oraciones para pedir la paciencia.

Y es que con la vertiginosa existencia que a menudo se lleva y las prisas citadinas, es fácil perder la paciencia desde asuntos grandes hasta detalles pequeños como es una falla en el motor del coche o un embotellamiento de tráfico.

Con frecuencia eso conduce al mal humor y a las explosiones de carácter en las que se pueden herir los sentimientos de las personas que más queremos en la familia, de los colegas en el quehacer profesional, de los amigos… Y después vienen los arrepentimientos, debido a que al perder el control de los estados de ánimo y las emociones, se cae en una desproporcionada irritabilidad ante hechos que vistos de manera objetiva no tienen tanta importancia. Y aunque la tuvieran, nada se gana con perder los nervios y hacer pasar un mal rato a los demás.

En cambio, una persona paciente sabe comprender, perdonar, disculpar y corregir en el momento oportuno, cuando haga falta. Sabe reclamar serenamente sus derechos. Aprende a dialogar, sin perder la calma, ante los desacuerdos. Tiene la sabiduría de esperar a que al otro se le pase su disgusto, para luego aclarar con paz y sosiego las diferencias de opinión o de actitudes. Con frase certera que invita a reflexionar para crecer en esta virtud, que es un verdadero arte en toda convivencia, el Papa Benedicto XVI ha escrito: “El mundo es redimido por la paciencia de Dios, y destruido por la impaciencia de los hombres”.

 

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