Por Madeline Del Carmen Zambrano Andradez

En mis 22 años no he conocido otra cosa más que la revolución bolivariana y el intento fallido de la fundación de un país socialista.

He visto como las relaciones familiares se quiebran. Una vez que la política venezolana es tema de conversación en una mesa, el encuentro termina.

Nací en el año 94 y para el 99 ya entraba Chávez al poder a través de un “heroico” golpe de estado. Se convirtió en figura de culto. Caminar por las calles de Caracas o andar por las autopistas y encontrarse con sus ojitos es cosa normal. Quizá el motivo del fervor revolucionario y el amor eterno de sus seguidores se deba a que, indiscutiblemente, le dio voz al pobre, le hizo sentir importante e indispensable, y supo ganárselos con un discurso cercano, popular y fraterno: fue todo un orador. En sus discursos cantaba, contaba anécdotas, bailaba, se acercaba a los niños y se hacía sentir parte del pueblo, no sobre ellos.

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Sin embargo, el país comenzó a dividirse. Por un lado, estaba un sector chavista apoyando fracasados ideales socialistas y la proclamación de un movimiento “libertador” de toda influencia norteamericana en Venezuela; por el otro, el sector opositor que refutaría aquellos discursos populistas, sumergido en una constante inquietud que el Gobierno ha nombrado como “deseo desestabilizador de la paz”.

Los venezolanos se libraron del dominio español, pero viven encadenados a una ideología enfermiza que lleva por nombre “Revolución Bolivariana”, iniciada por Chávez y continuada por Maduro; que sobrevive gracias al excesivo uso de demagogia empleada por los representantes del poder y dirigida siempre a un sector de la población que, conforme pasa el tiempo, se convierte en minoría.

El 19 de abril de 1810 inició el movimiento independentista venezolano que dio pie a la instauración de la Primera República y a la liberación definitiva del yugo español. El 19 de abril de este año el pueblo decidió salir y marchar. Las personas están colmando las calles para demostrar, una vez más, el disgusto que sienten frente a la crisis que se vive a diario: escasez de alimentos y productos de primera necesidad, inflación de la moneda, escasas fuentes de trabajo e inseguridad; pero, sobre todo, para expresar la necesidad de quitar del poder a quienes imperan en nombre de un muerto que vaga como un fantasma del mal entre las calles del país.

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Me ha tocado escribir desde fuera. Hoy no sé de qué color está pintado el cielo de Caracas, ni sé qué olor impregna en el Táchira, no sé qué sensación impera en las calles por las mañanas después de los estragos que las manifestaciones dejan a su paso, pero de algo estoy segura: el país vive una situación que parte siempre desde el mismo punto y concluye en el mismo lugar ¡Violencia y más violencia! Salir a las calles se ha convertido en una luz de esperanza, pero también ha devenido en un arma de doble filo. La oposición entrevé la necesidad de tomar la palabra y ser escuchada, por eso sale y confronta a la autoridad. Desdichadamente, mientras intenta llamar la atención, más burlas y rechazo recibe por parte del gobierno. Una vez más es silenciada.

No sería de sorprender que una guerra civil estalle pronto. El escenario ha sido dispuesto. La oposición en la calle defendiéndose con piedras frente a los perdigonazos y bombas lacrimógenas lanzadas por la Guardia Nacional Bolivariana, del maltrato verbal y físico que recibe de la Policía Nacional Bolivariana y de las detenciones injustificadas. Los resultados: muertos, numerosos heridos y la apariencia de que nada ha cambiado. No es la primera ni será la última vez en la que el pueblo saldrá a la calle. Lo importante de todo este meollo es que no se rinde, no se calla, no se conforma y quiere salir de la dictadura que no termina de aceptarse como tal y se disfraza de democracia.

Solo imploro porque el venezolano se reconcilie consigo mismo, sin importar su postura política. El día que me toque sobrevolar de nuevo el mar Caribe en dirección a Venezuela espero con ansias ver más sonrisas que lágrimas, pisar suelo y reparar en caminos pintados de colores, sin grises.


Madeline del Carmen Zambrano Andradez
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.