Lourdes Christlieb

Pensé en Lourdes para realizar la sesión de fotos que aparece en el reportaje Los 50 salen del clóset, no porque sea mi amiga desde que estudiamos comunicación en la universidad Anáhuac, sino porque hay algo en sus fotografías que me atrapa.

Se lo dije en alguna ocasión: tú no retratas caras, retratas el alma de las personas. Los rostros que pasan por su lente no requieren Photoshop. De hecho, los retratados por ella agradecemos nunca haber pasado por el bisturí que suele aniquilar la evidencia de lo vivido, porque si bien la belleza se lleva dentro, ella sabe cómo lograr que se asome.

Desarrollar tan especial habilidad tuvo un costo, como todo lo que vale en la vida, y en esta entrevista, Lourdes comparte esa parte de la historia que pocos conocen:

El lente y tú, ¿cuándo se enamoraron?

De mis recuerdos de niña, lo primero que se me viene a la cabeza es mi papá despertándome a las cuatro de la mañana, a escondidas de mi mamá, para ver los anillos de Saturno a través del telescopio que tenía en la azotea de la casa. Él ya llevaba ahí desde las seis de la tarde, haciendo cálculos matemáticos para saber a qué hora iba a estar en su apogeo Saturno. “¿Te das cuenta? Estamos viendo una imagen en tercera dimensión.” Tenía razón, en aquel momento se veía como una esfera no plana. Mi papá y yo teníamos una conexión. Nací cuando él tenía 48 años, la penúltima de nueve hermanos. Disfrutaba mucho cuando nos llevaba al Pico de Orizaba o al Nevado de Toluca para tomar fotografías desde la cima. Desde entonces me atrajo la fotografía. De él aprendí el valor histórico del momento y la oportunidad, aunque no soy tan científica como él, ya que mi forma de acceder a las cosas es por ensayo y error.

¿En qué momento pasó de ser un hobby para convertirse en una profesión?

El factor decisivo que me hizo darle un valor determinante a la fotografía fue la muerte.

Cuando mi segundo hijo murió a los casi dos años de edad de muerte súbita me volví loca. Me dejé atravesar por la desesperación y el miedo, nada me daba consuelo. No saber si me iba a quedar en ese infierno aumentaba la angustia.

Todos los días colocaba las fotos de mi hijo sobre la cama para recordar cada momento, lo quería atrapar. Cada vez que lo hacía me daba cuenta de que iba perdiendo en mi memoria un poco de su olor, de su presencia, y de repente tuve la sensación de que me faltaron fotos que le hicieran justicia. Me entró una obsesión por querer tomar fotos de los que aún estaban. Sentía la necesidad de creer que algún día íbamos a reunirnos mi hijo y yo otra vez; pero me preguntaba cómo iba a saber que era él si ya no estaban sus ojos, sus manitas, el cuerpo que como materia te distingue y te permite acercarte a los demás.

¿Crees que, de alguna manera, tu visión como fotógrafa define tu relación con las personas?

Tras la muerte de mi hijo experimenté muchos paseítos por la locura, me dejé ir como media de seda. En ese viaje de horror desarrollé un terror y una conciencia de que era probable que fuera la última vez que vería a la persona que tenía enfrente. Sentía como si hubiera robado un banco y me persiguiera la policía. Entonces pensé: hay que aprovechar cada brillo en el ojo de alguien, cada soplo de vida, cada expresión que pueda captar. Es algo que quisiera guardar en cada disparo. Al hacerlo estoy honrando a la persona que está frente a mí; aunque mañana esté, ya no va a ser la misma persona de hoy.

Por eso me vale madres si la persona se ve bonita o fea, si está peinada o despeinada, si se ajusta al estereotipo de belleza. La forma de pensar y sentir de una persona se refleja en la mirada. Lo que yo observo y me gusta retratar es la vida, es la esencia, es un atardecer maravilloso. Ver mis fotos es como llevar un diario, me transporta a lo que estaba sintiendo y pensando en esos momentos. Las fotografías las tomo para mí.

Eso distingue tu trabajo del de otros fotógrafos, aunque técnicamente sean tan buenos como tú.

Aprendí la técnica indispensable para usar la cámara. Es el único escenario donde uno se puede equivocar sin consecuencias y eso me encanta. Lo que me describe es que soy una gran observadora de los seres humanos y me despiertan mucha curiosidad. Cada persona es única, ¿para qué pretender uniformar a todas las mujeres con la cara de Barbie, por ejemplo? Cada uno tiene su propia esencia y belleza. Al hacer un retrato no me concentro en la técnica sino en lograr una buena comunicación con quien tengo enfrente. Para eso debo hacer a un lado mi propia coloración y mis juicios, apreciar al otro como es. Yo no tengo la última palabra en la onda estética.

Procuro callar las voces de mi pensamiento y los prejuicios para establecer una conexión que permita que la otra persona se sienta querida y relajada para que se permita a sí misma mostrarse. El principal enemigo para mostrar el alma es la tensión. La gente en general no sabe que es un milagro y desconoce su propia chispa. Si alguien se gusta al ver su retrato, eso para mí es un momento sublime. Es como decirle: ¡date cuenta de quién eres y cuánto vales!

¿A qué tipo de personas te gusta retratar más?

Si hay rostros que me conmueven de forma especial son los de la gente mayor. En su rostro está la historia, son un tablero de expresiones. Precisamente por su edad pienso que es un milagro aún más grande que estén ahí. Las personas que me topo en la calle también me provocan fascinación y curiosidad. La verdad es que no hay manera de que me aburra con una cámara en las manos.

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Lourdes Christlieb
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