Ilustraciones David Sánchez
Por José María Robles

Ante un futuro que da pánico, el mundo occidental se ha refugiado en la añoranza del pasado.

Móviles retro, comida ecológica, retiros de silencio… Todas son manifestaciones de un nuevo movimiento de resistencia. Es el auge de los Antiprogreso.

En el siglo XVII un grupo de médicos suizos ideó un tratamiento pionero contra la nostalgia, considerada entonces una enfermedad. La receta consistía en la combinación de opio, sanguijuelas y una caminata por la montaña. 400 años después, es evidente que no surtió demasiado efecto. Hoy seguimos luchando contra el mismo malestar, aunque con una receta actualizada: antidepresivos, dieta detox y running. La nostalgia, ese sentimiento de pérdida y añoranza del pasado, se ha convertido en pandemia. En el escozor espiritual de Occidente. En un desencanto que no encuentra alivio y alrededor del cual se está creando un movimiento de resistencia.

Los atléticos tienen el Cholismo y los nostálgicos, el Antiprogreso.

Está por todas partes. Seguro que usted conoce a alguien que ha rescatado su viejo móvil Nokia, que de repente dice preferir la huerta de toda la vida al restaurante con estrella Michelin o que se plantea inscribirse en un retiro de silencio en vez de acodarse en el chiringuito como cada julio.

¿Cómo hemos llegado a esto? El rechazo del mundo hiperconectado, la defensa del entorno natural como escenario de un estilo de vida alternativo, la reivindicación de la escala humana frente a la sociedad industrial, la búsqueda del equilibrio a través de la salud… Todas éstas son manifestaciones del Antiprogreso y explican por qué en el cruce de caminos contemporáneo muchos deciden guiarse por el cartel de madera del ayer y no por las lucecitas led del mañana.

Mediodía de un miércoles de mayo. Varios treintañeros entran y salen en el recién inaugurado Carrefour Bio, el primer supermercado ecológico de la cadena en España. En los 150 metros cuadrados de este esquinazo estratégico de Malasaña (Madrid) se pueden encontrar salchichas de tofu, zumo de aloe vera y semillas de chía. De fondo, como vestigio sonoro de La Movida, cuando en el barrio no había ni barbas ni bicicletas, suena La negra flor de Radio Futura.

Teresa es vegana y estudiante de máster. El día anterior compró leche de almendra, yogures de soja, pan, verdura y cereales. Hace cuatro años vivía en Berlín, donde el consumo ecológico estaba «superestablecido». «Aquí no se sabía prácticamente nada, me llamaban loca cuando volvía y pedía algo bio; ahora cada vez sorprende menos», explica. En el cesto de Yolanda, artista y galerista, hay patatas y tomates cuyo precio duplica el habitual. «Y eso que no voy económicamente sobrada», admite.

Teresa y Yolanda comparten filosofía slow y reconocen que dicha actitud tiene «muchísimo de moda». Creer que lo verde es mejor porque sí es una muestra más del auge del Antiprogreso.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman ya vislumbraba este fenómeno en su ensayo Retrotopía, publicado hace unas semanas (Ed. Paidós). En él alertaba de que el futuro ha dejado de ser el hábitat natural de las esperanzas para convertirse en un escenario de pesadilla. «El terror a perder el trabajo y el estatus social asociado a éste, el terror a que nos confisquen el hogar y el resto de nuestros bienes y enseres, el terror a contemplar impotentes cómo nuestros hijos caen sin remedio por la espiral descendente de la pérdida de bienestar y prestigio, y el terror a ver las competencias que tanto nos costó aprender y memorizar despojadas del poco valor de mercado que les pudiera quedar».

Terror, repite hasta cuatro veces Bauman en un mismo párrafo. No incertidumbre. No desconfianza. Ni siquiera pesimismo. Terror. El padre de la modernidad líquida y quien mejor supo interpretar la transición civilizacional del siglo XX murió antes de ver su última reflexión en las librerías. Sin embargo, el concepto de retrotopíala idea del pasado como refugio en un tiempo de múltiples peligros (del desahucio al cambio climático, de la robotización del trabajo al Alzheimer), es seguro que le sobrevivirá unas cuantas décadas.

«El convencimiento de que el mundo podía ser transformado radicalmente en sus dimensiones social, política, económica… Esa idea ha ido desapareciendo», expone Manuel Cruz, catedrático de Filosofía y autor de Ser sin tiempo y Las malas pasadas del pasado. «Si te fijas, ahora cuando hablamos del futuro, que se habla poco, lo hacemos en aspectos muy técnicos, del tipo ‘En el año 2050 la medicina habrá conseguido no sé qué’. Cuestiones más relacionadas con la naturaleza que con la sociedad. De lo que hemos dejado de hablar es de ‘En el año 2050 el mundo será más igualitario’».

Cruz define la época en que vivimos y su querencia por el flashback con un casi eslogan: «El fin de las utopías». ¿Qué ha pasado para que el relato del porvenir como sinónimo de avance se haya deteriorado hasta el punto de que cada vez más personas quieran volver al campo, a lo manual, a lo que se puede tocar, a lo que no se puede hackear? «El poder del complejo científico-técnico se ha disparado de tal manera, somos tan impotentes para controlarlo, que lo percibimos más como una amenaza que como una promesa de futuro», enfatiza el pensador.

Es la paradoja del hacha y el algoritmo: la herramienta sólo la siguen usando unos pocos, pero todo el mundo tiene claro para qué sirve, sea bueno (cortar leña) o malo (matar); la datificación, no.

«Más que del progreso, hay un cuestionamiento del crecimiento como forma de progreso. No necesariamente una sociedad que consume más, que genera más residuos y más modificación ambiental es más feliz. La gran búsqueda del ser humano es la de la felicidad», tercia Juan López de Uralde. El coportavoz de Equo y ex director de Greenpeace, que se queja al otro lado del teléfono cuando le hablamos de Antiprogreso –«el término no me gusta nada»-, cree que hemos llegado a la conclusión de que la respuesta a los grandes desafíos no siempre estará en la tecnología. «Nos va a ayudar en algunos casos de manera muy evidente, pero en otros a lo peor nos mete en una espiral en la que no queremos estar».

Esa sensación de fin de ciclo, tan Fukuyama, está generando un «bloqueo psíquico», en palabras del historietista Miguel Brieva. Para el autor de ensayos en formato cómic como Bienvenido al mundo y Dinero, en los que retrata con ironía los excesos del materialismo capitalista, «este tiempo ya es irreal, vivimos en una especie de fantasmagoría. El problema es que muy poca gente es consciente de ello. Hay quien se está replanteando sus premisas vitales e intenta proyectar otro modelo, pero la gran mayoría de la población está en shock, como el ciervo que se queda en mitad de la carretera deslumbrado por las luces del coche que lo va a atropellar».

Medir un posicionamiento como el del Antiprogreso es difícil. ¿Contabilizamos los firmantes de la petición ¡Salvemos a las abejas! en Change.Org? ¿Hacemos balance de los kilómetros de carril-bici que se han inaugurado en los últimos años? ¿Le preguntamos al INE si tiene un censo de neorrurales? Ya que se extiende el hartazgo de la tecnología, tal vez sea interesante observar el tiempo que dedicamos semanalmente a las redes sociales. Según un informe de la asociación IAB Spain, Facebook y Twitter bajan una hora con respecto a 2016. Spotify, Telegram y Pinterest pierden media hora. Youtube, un cuarto… Curiosamente sólo WhatsApp, la única que imita el cara a cara físico, logra mantener la frecuencia de uso.

Este cansancio contrasta con las alegres cifras de ventas en todo el mundo de productos que parecían desplazados por la revolución 4.0: carretes de fotos, juegos de mesa, cuadernos y bolígrafos, relojes con manecillas… Y discos de vinilo. La asociación Promusicae certifica que en España se vendieron 433.000 copias en este formato en 2016 (19,6% más que en el ejercicio anterior).

El escritor y periodista canadiense David Sax es el autor de una de las biblias del Antiprogreso: The Revenge of Analog: Real Things and Why They Matter (La venganza de lo analógico: cosas reales y por qué importan). Reconocido por The New York Times como uno de los libros de 2016, en él Sax reflexiona acerca de cómo esos productos siguen enseñando y siendo útiles. Incluso a gurús de Silicon Valley.

«Nuestra percepción respecto a la evolución de la tecnología es errónea», sugiere Sax. «Nos hemos dicho que el progreso es lineal y que la tecnología cada año es mejor, pero en realidad la evolución de la tecnología, sea del tipo que sea, es una conversación entre nosotros como usuarios y esa herramienta, entre los valores individuales y los de la sociedad. Y esa conversación no pierde de vista al pasado. Algunas ideas viejas siguen teniendo valor. Hace 30 ó 40 años, cuando se inventó el microondas, la idea de que íbamos a volver a hacer pan de manera tradicional, más parecida a la del siglo XIX que a la del XXI, habría sido ridícula».

A Sax el Antiprogreso y su repliegue hacia cierto primitivismo le recuerda a los luditas de la Inglaterra de hace 200 años. Aquellos activistas destruían máquinas creyendo, ingenuamente, que al sabotear la tecnología podían frenar el desarrollo. Ahora el campo de batalla ya no está en la fábrica; está en la ciudad. Se estima que el 75% de la población mundial vivirá dentro de 25 años en megalópolis, esas áreas con millones de habitantes y crecimiento acelerado que ni los profetas del Apocalipsis son capaces de anticipar.

«El homo sapiens urbanus ya no puede pertenecer a la ciudad, por eso reconstruye una pertenencia anterior, casi mitológica […]. Es esta nostalgia de un origen, la ansiedad por la pertenencia a algo estable, lo que ha espoleado las continuas olas suburbanas de las clases medias, que siempre desean escapar de la ciudad a cualquier precio», escribe Juanma Agulles en La destrucción de la ciudad, Premio Catarata de Ensayo.

Agulles es doctor en Sociología. No trabaja dando clases en la universidad, sino en un centro para personas sin hogar. Eso significa que conoce igual de bien las motivaciones de quienes quieren huir de la ciudad como las de quienes pelean para volver a integrarse en ella. A su juicio, la insatisfacción urbana lleva a la búsqueda del paraíso perdido, aunque advierte: «El mundo rural ha sido también industrializado, y en muchos lugares las nocividades de la agroquímica compiten en virulencia con los subproductos tóxicos de cualquier otra industria. Tanto que es posible que pasear por una avenida de una gran ciudad no sea necesariamente más nocivo para nuestra salud que la coexistencia rural con multitud de plaguicidas».

No todo es añoranza del paisaje virgen. El Antiprogreso también afecta a la esencia del hombre como animal social. «El aire de la ciudad ya no nos hace libres, como se decía en la Edad Media, sino que se ha convertido en una penosa respiración asistida», añade Agulles. «No es el medio ambiente urbano lo que más perjudica a la salud de sus habitantes, sino la falta de libertad y la nocividad de un trabajo absurdo, la reclusión en el encierro individual del consumo, la delegación completa de cualquier responsabilidad ante la complejidad de una aglomeración en la que lo humano se convierte en masa».

Silenciosa pero perceptiblemente, el Antiprogreso está generando su propia tipología, que admite subgrupos.

Quien prefiere comprarse un Seat 600 a esperar al coche sin conductor de Tesla, se inquieta por que la lectura del gas se haga con código QR y usa post it en vez de notas de audio es un tecno-relativista.

Quien vive en una ciudad a su pesar, se consuela plantando tomates en el balcón y educa a sus hijos en la separación de residuos es un urbalérgico.

Quien se ha ido al campo, ve en el compost una salida laboral y disfruta contando a sus amigos cuándo canta el gallo es un agroexiliado.

Quien no ha tenido el menor interés en salir del pueblo, tiene grima de los centros comerciales y se entusiasma al encender la chimenea es un irreductible.

El periodista y escritor mexicano Mauricio-José Schwarz acuñó hace casi una década un término más afilado que el de Antiprogreso: el de izquierda feng-shui. «Es la que juega a lo esotérico, a lo paranormal, a la sospecha de que la Ciencia es parte de un establishment malévolo», aclara. Por situarnos: según Schwarz, la izquierda feng-shui o izquierda magufa se posiciona contra las vacunas, los transgénicos, las antenas de telefonía móvil o el fracking y a favor de la homeopatía, la acupuntura o la agricultura biodinámica.

«Me parece muy bien que la gente se preocupe por la salud y el medio ambiente. El problema es que ciertas propuestas son un pseudorrollo místico sin base científica», se desmarca JM Mulet, profesor en la Universidad Politécnica de Valencia, divulgador de temas relacionados con la biotecnología y la alimentación y autor de Medicina sin engaños y Los productos naturales ¡vaya timo!

A su juicio, la popularidad de esas propuestas que se confunden con la superstición y cuyos beneficios son dudosos «responde en todo caso una crisis de valores». «Hasta hace poco, la Iglesia tenía bastante presencia pública en Europa. Eso ha cambiado, pero la gente sigue teniendo inquietud espiritual y ha encontrado en el pack medicina alternativa-alimentación ecológica cómo llenar ese vacío».

Eso explicaría la demonización del gluten y el aceite de palma. También pondría contexto a la polémica de la madre a la que se le prohibió dar a su bebé un biberón con leche de vaca en un restaurante vegano. Incluso justificaría la inauguración de Carrefour Bio. La multinacional francesa demuestra con la apertura de su establecimiento en Malasaña que vio antes que nadie dónde estaba el nicho de mercado. Según un informe del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, el consumo de alimentos ecológicos aumentó un 24,5% en 2015 (1.500 millones de euros).

¿Es el Antiprogreso el nuevo órdago antisistema… o sólo capitalismo verde? Byung Chul-Han, quizás el pensador más clarividente del nuevo milenio, escribió en La expulsión de lo distinto que «la proliferación de lo sano es tan obscena como la proliferación de la obesidad. Es una enfermedad. Le es inherente una morbosidad».

Mulet invita a diferenciar «alimentación concienciada», que no pasa necesariamente por pagar el doble por un litro de leche, por muy bio que sea, y «turismo rural en el mercadillo de los sábados». Para él esta expresión del Antiprogreso «es más postureo que una actitud medianamente coherente. La mayoría de los que aboga por las terapias alternativas no renuncia a la anestesia cuando va al dentista, y los que dicen que quieren volver al campo lo hacen con wifi».

«Evidentemente, tienes internet igual que vas vestido y no llevas unas hojas de parra», replica Rubén Hernández desde su casa en el límite de las provincias de Cáceres y Ávila. Allí, a ocho kilómetros del pueblo más cercano y a 200 de Madrid, se trasladó con su familia el cofundador de la editorial Errata Naturae para «intentar armonizar lo que uno piensa y lo que hace todos los días». Hernández es el gran impulsor en España de la nature writing o literatura ruralista. En 2013 vio la necesidad de publicar una nueva traducción de Walden, el manual en clave conservacionista que el filósofo Henry David Thoreau escribió en 1854. Acertó de lleno: se han vendido 15.000 ejemplares.

Thoreau es una figura fundamental para entender el Antiprogreso en toda su dimensión. «Una cosa muy clara en su obra es la idea de la simplicidad voluntaria», destaca Hernández a propósito del pensador salvaje, del que justo ahora se celebra el 200 aniversario de su nacimiento. Un referente moral cuyo mensaje sigue siendo inspirador hasta niveles insólitos.

El lanzamiento más sorprendente del año en el mundo de las consolas es, precisamente, la adaptación de Walden. ¿Cómo de revolucionaria es una aventura gráfica en la que no hay persecuciones, ni tiroteos, ni recompensas, sólo una invitación a dejar atrás el estrés y reflexionar sobre las necesidades humanas básicas? «Muchos se sorprenden cuando les digo que he hecho un videojuego sobre un experimento filosófico», admite Tracy J. Fullerton, diseñadora y responsable del proyecto.

Walden propone una visita virtual de ¡seis horas! al lago de Massachussets junto al que Thoreau pescó, buscó leña y construyó su cabaña. Paradojas del capitalismo, la presentación oficiosa de semejante alegato por la paz interior tuvo lugar en el último Foro Económico Mundial celebrado en Davos.

El filósofo Manuel Cruz no puede reprimir su tristeza cuando habla de la muerte del cine de ciencia ficción como escaparate de futuros alternativos. El Antiprogreso se ha llevado por delante ese mañana en el que todo era diferente. Vestíamos diferente. Comíamos diferente. Viajábamos diferente. Nos comunicábamos diferente. El caso de Minority Report demuestra que el futuro es, literalmente, de andar por casa. «La película incluye un par de detalles innovadores, como los coches por raíles, pero los protagonistas viven igual que nosotros y en sus casas hay cortinas y sofás como los nuestros», lamenta Cruz.

Alguien dijo que, tarde o temprano, todo lo viejo es nuevo otra vez.

 

Fuente: http://www.elmundo.es/papel/historias/2017/05/28/5926cb09e2704ead7d8b45ba.html