Por Alejandro Rojas Godínez

El hombre siempre ha enfrentado la realidad, ante ella siempre se ha asombrado y ha reflexionado; ha hecho filosofía. No obstante, una cuestión ha ocupado un lugar preponderante en nuestras reflexiones a través de la historia de la humanidad, y también de la filosofía: la muerte.

Esta consiste, por decirlo de algún modo, en el «término FINAL de la existencia de cada hombre en el mundo» (1). Sucede que el hombre hace frente a un drama, un drama que ha generado preguntas que han sido difíciles de responder, nadie sabe qué hay más allá, no se sabe qué depara a quien prueba la muerte.

Esta cuestión aparece como algo obvio, por supuesto, ¿quién de nosotros no sabe que ha de morir? Pretender vivir pensando en que no llegará a este momento se convertiría en una alienación, una vaga ilusión que, con el paso del tiempo, comenzará a desmoronarse y a volverse evidente que el momento definitivo es inevitable. Morir nos ha marcado, ha sellado nuestro destino. En pocas palabras, morir es una situación que nos preocupa.

A lo largo de la existencia, la vida que posee el hombre está llena de proyectos, puesto que vivir da por hecho la espera, el hombre en su vida aguarda un futuro para el cual la composición de proyectos es elemental. Realizamos proyectos y soñamos con ellos; sin embargo, tal espera del futuro y tal hechura de proyectos para aquel porvenir se topa con esta realidad que, aparentemente, acecha con echar abajo todo lo que se ha previsto y tejido en la espera de ese futuro que, en definitiva, se ha enfocado hacia la misma felicidad pero no al drama que implica morir. Si bien se ha vuelto una cuestión fuerte, también se ha hecho una realidad adherida a aquel futuro, lo cual obliga al individuo a realizar un proyecto vital, un proyecto en vida con miras a su propia muerte.

No cabe la menor duda que la pregunta por el morir se fijó desde los inicios del pensamiento, «Platón afirmó que la filosofía es una meditación de la muerte» (2). Con esto, es posible vislumbrar que la idea de Platón oscila en una reflexión, quizá por vez primera, exclusiva del morir, pero resulta que las connotaciones sobre la muerte han abundado, de modo que puede decirse más de una opinión al respecto, es decir, se vuelve ambigüedad, pero si se fijamos la mirada desde otra perspectiva, podemos decir que «la muerte es designación de todo fenómeno en el que se produce una cesación. En sentido restringido, en cambio, la muerte es considerada exclusivamente como la muerte humana» (3). Esta segunda visión es la que mejor se ha insertado en las culturas, la que nos ha parecido más popular: morir es la cesación de la vida del hombre y no se sabe más. Algunos han planteado que, aquello que el hombre posee en lo más íntimo de sí, el alma, se dirige a una nueva realidad. Ya desde las cosmovisiones griegas, el destino del alma estaba en el Hades, en el Sěol para los judíos, en el Inframundo en los mayas o el cielo en una configuración cristiana.

Ahora bien, «no se trata, pues, de adoptar una determinada idea del sentido de la cesación en una determinada esfera de la realidad y aplicarla por extensión a todas las demás esferas» (4); al final de todo, la muerte es una, con la cual, al parecer, se extermina la existencia, pero es posible asegurar ya desde ahora, según el matiz de esta sencilla reflexión, que no ocurre del todo así. Que no se trata del veredicto final.

Hemos visto que enfrentar tal realidad ha supuesto dar más de una vuelta al asunto sin una respuesta satisfactoria, es más, en ocasiones las respuestas han sido un tanto desalentadoras y amargas, pero más de una meditación ha dicho que el morir tiene su razón misma. Esto podrá verificarse un poco más adelante. Por ahora nos atañe revisar más de cerca la muerte como problema filosófico. Ya que, el hecho de hacer una reflexión del ser humano mismo, remite necesariamente a saberse como finito y limitado. «No sólo desde el punto de vista temporal (no hemos vivido siempre) sino también existencial (yo no decido vivir) y ontológico (nadie se da a sí mismo el ser)» (5).

Morir no resulta ser una situación con la que se concluye la vida y nada más. A veces, esta es anunciada con una enfermedad y con dolor, lo cual hace más radical la pregunta del porqué la muerte. «En efecto, la enfermedad y el dolor muestran imperfección del hombre; son “avisos” del carácter limitado y contingente de la vida humana» (6). ¿Cuántas veces no hemos sido testigos de un largo o corto sufrimiento que nos anuncia lo que tanto nos tememos? Con todo, podemos decir que la muerte también ha aparecido con una cara de alivio. ¿Quién no se ha sentido menos angustiado al saber que aquel ser querido ya ha dejado de sufrir y se encuentra en un estado mejor? ¿Es en realidad la muerte un alivio para un peso terrible y prolongado como lo puede ser una enfermedad, que, necesariamente debe culminar en la muerte y solo en ella?

Ante este drama, ante la cuestión radical del morir, de la fragilidad de la vida, ante la contingencia del hombre, ante todo, la misma finitud es capaz de abrir un horizonte nuevo al hombre que lo lleve a la trascendencia. Sí, morir es trascender, trascender conduce a Dios.

Pues bien, desde la misma antigüedad se ha señalado a la muerte desde distintas perspectivas. El mismo Platón, en el Fedón, dejó ver por boca de Sócrates la concepción que pensadores como ellos tenían al respecto de esta realidad. «-¿Por lo tanto, eso es lo que se llama muerte, la separación del alma del cuerpo? – Completamente –dijo él» (7). Es pues, una evidencia más. Los griegos consideraron que la muerte consiste en la separación del alma del cuerpo, y tal juicio resultó acertado, pues abre paso a la inmortalidad del alma, ya que tal separación implica a estos dos elementos reales que están unidos, pero son en sí separables uno del otro. El mismo Tomás de Aquino retomó tal idea y afirmó que «la muerte del cuerpo no es otra cosa que la separación de su alma» (8).

Pero si, gracias a esta serie de reflexiones a lo largo de la historia, hemos heredado lo que hoy sabemos y opinamos del morir, ¿qué ha sido lo que han dicho aquellos que fueron aún más lejos con esta cuestión? Para el siglo XX, el filósofo alemán Martin Heidegger suponía que la muerte no se trataba solo de «un acontecimiento que afecta desde afuera al hombre, sino que forma parte de la estructura ontológica de la existencia» (9). Es complicado descifrar lo que el intelectual quiso decir, pero en resumen es esto: la muerte es algo innato en el ser mismo del hombre, pues la existencia humana puede ser considerada desde su visión como «ser-para-la-muerte». Pero hay algo más extremo en Heidegger, la muerte provoca angustia. Ya lo hemos dicho antes, y este pensador lo puso ya de relieve, pero hay una diferencia notable: la angustia que señala el filósofo alemán no es sólo aquella que experimentamos al caer en la cuenta de que quedaremos todavía más solos que antes, la angustia heideggeriana es más brutal, se trata del miedo a la nada. Sí, ese miedo que nos abarca al ver descender un ataúd hacia la fosa en la tierra o que se consume, con todo y cuerpo, en las llamas hasta quedar todo reducido a polvo. No hay otra cosa más angustiosa que la nada, porque no sabemos qué hay más allá, justamente es eso  lo que nos genera tal sensación.

Otro personaje, francés, también del siglo XX, J. P Sartre, quizá el máximo representante del existencialismo, sostuvo que «la muerte no se puede asumir ni integrar en un proyecto existencial» (10). Con otras palabras, la muerte está dentro de los planes del hombre. Realizamos proyectos para vivirlos, pero en más de una ocasión no tomamos en cuenta lo que parece frustrar nuestras aspiraciones. Podemos señalar superficialmente a un autor más, el célebre ensayista, periodista y novelista Albert Camus, nacido en Argelia y cuyos albores filosóficos brillaron el siglo XX, sostuvo que la muerte es un escape ante nuestra angustiosa existencia; solo que esta debía ser por medio del suicido.

¿Qué sucede? ¿A caso todas las propuestas y respuestas ante la muerte tienen ese sabor de pesimismo? ¿Cómo entender hoy la muerte? ¿Qué supone que la muerte implique la separación del alma y del cuerpo?  Y algo más: ¿no estuvo el mismo Hijo de Dios muerto? Antes de todo debemos saber que la muerte es un misterio, es decir, se ha especulado y reflexionado enormemente al respecto, pero las respuestas nunca serán las suficientes, ya que no poseemos la experiencia personal de la muerte. Sabemos que es una privación, la de la vida, pero este tema no lo agotaremos, a eso nos referimos al llamarla con toda seguridad un misterio.

Al adentrarnos en la visión religiosa/cristiana, debemos tomar en cuenta que, en este panorama se buscan respuestas y razones que brinden al hombre una esperanza y un sentido coherente a la muerte. Para el cristianismo, la muerte es un mal, el mayor de todos. Dios no quiere que el hombre muera, porque esto es consecuencia de una cosa llamada pecado. La muerte es, pues, el mayor de todos los males y culmen de todos los demás porque privan de la vida y del ser. «El mayor de todos los males humanos es la muerte que destruye la vida humana» (11). La propuesta y tradición filosófica-cristiana no implica dualismos, sino que busca en todo ser unitaria: el cuerpo y el alma fueron creados para vivir unidos, por decirlo así, aunque en la muerte el hombre muere realmente, es decir, esta afecta al cuerpo, la padece en este y de paso, en el alma, pero gracias a la solida tradición que va desde Aristóteles hasta nuestros días, el alma es inmortal, así que no queda aniquilada.

Por sencillo que pueda parecer, al morir, al ocurrir la separación del alama y del cuerpo, este último se corrompe porque deja de estar informado, o sostenido, por decirlo de algún modo. No puede haber cuerpo sin alma. Ocurre algo como las flores, sin su alma (de tipo vegetal) estas se marchitan, sufren la corrupción.

Para el gran teólogo, Karl Rahner, la muerte es, en síntesis, una privación y un mal. Ya esto se ha visto antes; pero añade lo siguiente: no se trata de un acto humano, es algo que le ocurre hasta con cierta violencia y no es libre. Ante ello se muestra una idea sensata, es cuando poseemos la oportunidad de “aprender a morir”, aportando una nueva visión. Ya que crecemos para la felicidad, anhelemos que el momento último desemboque de igual manera. Es difícil concebirlo así, pero posible y hasta cierto punto, consolador.

Dado que el morir conlleva a pensar en la nada, como ya hemos reflexionado, estamos también ante un panorama nuevo. El cristianismo nos sugiere que, si nuestro planteamiento lo abordamos desde el plano existencial, podemos relacionarlo con Dios, el Creador. La antropología filosófica, ante esta propuesta, ha descifrado lo siguiente:

Desde la Revelación cristiana se da razón de otro aspecto que la antropología no puede explicar por sí misma. Si no es natural que el hombre muera –puesto que en él hay algo que no puede morir-, esto nos hace pensar que la muerte no haya sido «planeada» desde un principio. Por tanto, parece plausible pensar que si en este sentido la muerte no es natural, se trata de un mal provocado por el hombre mismo, una consecuencia de las decisiones que han configurado nuestra condición, un fruto de de una caída originaria: en suma, un castigo por una falta cometida en el origen (12).

Podemos preguntarnos por qué la muerte es un castigo. Puede llegar a interpretarse mal y creer que Dios lo ha designado así, pero sucede que no. Es una consecuencia, la que el hombre ha asumido por su pecado, pues a causa de esto ha roto el ser imagen y semejanza de Dios, es decir, ser y obrar como él, vivir como él. El pecado es la renuncia a ello. Sin embargo, no todo queda ahí. Dado que Dios ha querido que el hombre obtenga la salvación, ha enviado al Verbo al mundo que toma la condición humana, excepto en pecado, de modo que así queda restaurada la imagen y semejanza del hombre respecto a Dios, y que alcanza cumplimiento con la muerte de Cristo, el Verbo hecho carne, hecho hombre.

Si consideramos que con la muerte de Jesucristo y aun más, con la resurrección, son vencidos la muerte y el pecado, al cargar él inocentemente con  la culpa de la humanidad, al ser una víctima vicaria y sin defecto, que es lo más digno que pudo ofrecerse a Dios, entonces, y solo entonces, con algo de fe; entenderemos que la cuenta ha quedado saldada y daremos una perspectiva nueva al morir, aunque también al  nuevo vivir que nos muestra esta visión. No moriremos para siempre, ya que si Cristo, descendido al Sěol, fue levantado por su Padre a la vida nueva, quienes se han hecho hijos del mismo Dios por el Bautismo, han de ganar la misma vida a la que resucitó Cristo. He aquí la perspectiva cristiana, llena de esperanza y en consonancia con la reflexión que, no pudiendo abarcarla toda con la razón, el hombre, capaz de dar un salto de fe, descubre aquí que la muerte se le presenta como un paso a aquella vida nueva.

Ahora, bien se puede afirmar ante toda angustia o duda sobre el morir, bajo esta noble propuesta, que «esta conciencia de la muerte no es la aterradora inseguridad del “¿llegará mañana mi hora?” sino el esforzarse en estar preparado para ponerse delante de Dios» (13). No olvidemos que la muerte es trascendencia, y la trascendencia lleva a Dios.

Esta cuestión es inagotable. Mucho puede escribirse al respecto, pero consideremos lo que hasta aquí hemos apreciado. Es una tarea de cada uno seguir indagando para ampliar nuestros horizontes. Estos han sido algunos esbozos filosóficos y una propuesta cristiana. Resta preguntarse y plantearse cada uno: ¿qué recojo de esto, qué perspectiva tengo ahora y qué propuesta resulta la mejor?

 

Alejandro Rojas Godínez,  pasante de filosofía y estudiante de Teología en la Universidad Católica Lumen Gentium, como alumno interno del Seminario Conciliar de México, México.

Notas

  1. Alfaro J. De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios, Sígueme, Salamanca, 1998. p. 239.
  2. Ferrater Mora J. Muerte, en Diccionario de filosofía, III. Ariel, Barcelona, 2004. p. 2472
  3. Ibíd.
  4. Ibíd. p. 2473.
  5. García Cuadrado J.A. Antropología filosófica, EUNSA, Pamplona, 2010. p. 237.
  6. Ibíd.
  7. Platón, Fedón, 67d.
  8. Tomás de Aquino, Compendio de teología, Rialp. Madrid, 1980. cap. 229, n. 481, p. 305.
  9. García Cuadrado J.A. Antropología filosófica, EUNSA, Pamplona, 2010. p. 240.
  10. Ibíd.
  11. Tomás de Aquino, Compendio de teología, Rialp. Madrid, 1980. cap. 227, n. 477, p. 303.
  12. García Cuadrado J.A. Antropología filosófica, EUNSA, Pamplona, 2010. p. 252.
  13. von Hildebrand D. Sobre la muerte, Encuentro, Madrid, 1983. p. 90.