Por Eduardo del Buey

Viernes 23 de junio, 2017

La decisión de Trump de endurecer la posición de su país hacia Cuba, la semana pasada, representó un triunfo del humor sobre la materia.

Su necesidad de alcahuetear a los cubano-americanos del sur de Florida lo llevó a subir el tono en contra del régimen de Castro, empezar a aplicar de manera más estricta las leyes que prohíben el turismo estadunidense a la isla, y endurecer las restricciones financieras existentes, que harán que el comercio y turismo con la isla por parte de ciudadanos norteamericanos sea más difícil.

Sin embargo, e igual de importante, es todo aquello que no hizo. No cerró las embajadas en ambos países ni rompió relaciones diplomáticas.

Encuestas recientes han indicado que la mayoría de los cubano-estadunidenses del sur de la Florida apoyaron al ex-presidente Obama cuando disminuyó las restricciones en 2013, y que los cubano-estadunidenses de la tercera generación están perdiendo rápidamente los arraigados sentimientos anticastristas de sus abuelos; parecen estar de acuerdo con el hecho de que las cinco décadas de políticas de bloqueo no han tenido mucho efecto.

La disminución de restricciones para que los cubano-estadunidenses visiten la isla, que llevó a cabo el ex-presidente Obama, permitió que estos contacten, por primera vez desde los años sesenta, a sus familiares en la isla. A su vez, esto ha permitido que el cubano promedio pueda ver a los estadunidenses como amigos potenciales.

El contacto persona a persona en Cuba es un elemento vital en la promoción del cambio desde adentro. Al interactuar cubanos y americanos se rompen estereotipos, se intercambian ideas y se promueve un proceso de cambio pacífico.

Los Estados Unidos no pueden legislar el cambio en Cuba. Solamente los cubanos pueden lograrlo.

Muchos de los pocos cubanos que conforman la clase media y empresarial, afirman que la descripción que Trump hace de la situación de los derechos humanos en la isla es estrecha. Los cubanos pueden ahora viajar con mayor libertad, tienen mayor acceso a Internet, y muchos más que antes son dueños de negocios y casas. Ahora hay más emprendedores, muchos de ellos dependientes del comercio turístico para su crecimiento y expansión. De hecho, el turismo médico podría crear un nuevo y vibrante sector económico que emplearía a muchos más cubanos profesionales con mejores sueldos.

Cuba enfrenta presiones financieras crecientes desde que los subsidios venezolanos de petróleo han caído de unos 100 mil barriles diarios en 2012 a 65 mil actualmente. La economía cubana debe hacer una transición hacia un mercado más libre, para que los cubanos, individualmente, puedan mantenerse sin necesidad de subsidios gubernamentales, los cuales van en decremento. El bloqueo estadunidense va en contra de esto, y provee al gobierno cubano con una excusa para mantener un control social muy rígido.

El clima social está cambiando en la isla, y la diplomacia, de estilo poder blando, puede tener gran alcance e influenciar el tipo de cambio que Cuba necesita para desarrollar sus instituciones políticas y sociales en una manera que resulte en mayor respeto a los derechos humanos individuales y a la libertad de expresión. Una vez que los estereotipos de los estadunidenses malos den lugar a la posibilidad de una amistad entre iguales, la vida del cubano promedio podría mejorar, y el control de su gobierno sobre todos los aspectos de su vida podría disminuir.

Lo que pueden hacer los Estados Unidos es crear espacios para intercambios y diálogo en los cuales sean los mismos cubanos quienes inicien el proceso de cambio. Esto es más crucial ahora que se espera que el país sea gobernado por alguien diferente a los Castro por primera vez en 60 años en el 2018. Con el ocaso de la era de los Castro, la etapa de transición podría traer sus propias dinámicas.

El principal propulsor de la ira de Trump contra la industria turística de la isla es el hecho de que la milicia cubana controla la mayor parte del mercado turístico formal, incluyendo los grandes complejos hoteleros. Pero la expansión de modelos de negocios innovadores como AirBnB están dándole a los cubanos nuevas vías para emprender y crear dividendos. Los cubanos son emprendedores naturales, y los turistas estadunidenses son clientes naturales. Trump debería utilizar el bisturí en lugar del martillo en su trato de la economía cubana.

Si la atención de Trump está en mejorar la situación de derechos humanos en Cuba, debería empezar por asegurarse que sus políticas promuevan los derechos humanos alrededor del mundo en igual medida, y no elegir de manera caprichosa solamente algunos destinatarios.

La imagen de él realizando la danza de espadas con un grupo de príncipes durante su visita de Estado a Arabia Saudita, hace unas semanas, subraya una tremenda falta de congruencia en materia de política exterior.

En lugar de sancionar a este bastión del Islam radical, que abusa de los derechos humanos, Trump lo recompensó con cientos de millones de dólares en contratos militares. Este es un régimen que encarcela y decapita a sus oponentes, oprime a las mujeres y a la comunidad LGBTT a un nivel desconocido en el resto del mundo, y que está financiando al Estado Islámico en el marco de la batalla por obtener la primacía en el golfo pérsico y el Medio Oriente. La lucha por influir el mundo musulmán entre la Arabia Saudita suní y el Irán chií está fuerte, y el ISIS representa un contrapeso a los intentos iraníes de crear un creciente chií que abarque desde Irán hasta Líbano.

Arabia Saudita no es el único punto donde hay contradicciones. El activo galanteo del presidente Trump hacia los mandatarios Xi de China, Al-Sissi de Egipto, y Duterte de Filipinas está en completa contradicción con su supuesta posición de promoción a los derechos humanos y políticos en Cuba. La política exterior estadounidense carece de coherencia y dirección.

El principal objetivo de Trump debería ser la creación de canales para promover el diálogo entre los Estados Unidos y Cuba. Esto requiere una política exterior coherente, basada en los intereses de cada país. Su decisión de no cortar los lazos diplomáticos entre ambas naciones es un indicio de su reconocimiento a la necesidad de mantener algunos canales para el diálogo.

Para los Estados Unidos, Cuba representa un mercado para bienes y tecnologías no explotado. Para Cuba, los Estados Unidos representan un mercado y socio potencial para sus sectores económicos altamente desarrollados: la investigación y desarrollo científico, lel sector de salud, y el de la educación.

Para ambos, el diálogo representa una oportunidad de crear un cambio en Cuba después de 57 años de totalitarismo.

Sería una pena si Trump dejase atrapadas en el ámbar de la retórica negativa estas posibilidades.

Mérida, Yucatán
edelbuey@gmail.com