Por Raúl Espinoza Aguilera

La virtud de la templanza forma — junto con la prudencia, la justicia y la fortaleza— las cuatro virtudes esenciales para el desarrollo de una personalidad madura.

La templanza se traduce en el dominio de nosotros mismos; en ser señores de nuestras propias pasiones y aprender a controlarlas y encauzarlas bien. Porque, por ejemplo, una persona que tiene un carácter fuerte y determinado, si lima las aristas, puede ser una característica clave para ejercer un liderazgo.

San Josemaría Escrivá de Balaguer escribe: “No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede, se debe hacer”. Vivimos imbuidos en una sociedad de consumo y tanto la publicidad, como el cine, las series de televisión, los anuncios de los medios de comunicación y  los aparadores de las tiendas comerciales nos empujan a consumir en forma compulsiva, como si la felicidad estuviese fincada en la adquisición desenfrenada de bienes materiales.

Una persona madura sabe que — si tiene buen criterio para juzgar y decidir sobre esos cientos de invitaciones para comprar y consumir— puede controlar sus impulsos. Esa actitud no supone una limitación, sino grandeza de ánimo y firmeza de carácter.

Hay numerosos aspectos cotidianos donde podemos poner en práctica esta virtud de la templanza. Por ejemplo, en el beber con moderación. Algunos tienen el concepto equivocado de que al asistir a una fiesta, para estar alegre y de buen humor, necesariamente requieren estar “pasado de copas” o en franca borrachera. Lo cierto es que se disfrutan mejor los convivios familiares o sociales si se toma con medida.

Otro ejemplo erróneo, es considerar que para gozar más de los aperitivos y alimentos de un restaurante, hay que pedir lo que aparece como más caro en la carta. Cuando resulta que, si se pide con inteligencia — sin caer en los caprichos— se pueden consumir unos sabrosos platillos sin necesidad de hacer un desembolso extraordinario.

En este mismo sentido, en la actualidad, prácticamente cada mes nos muestran “el último grito de la moda” en materia de celulares, computadoras, tablets, relojes, etcétera, y la verdad de las cosas es que — en muchas ocasiones— esa última novedad presenta mínimas mejorías, avances tecnológicos o cibernéticos en comparación con la computadora que tenemos. Allí interviene la virtud de la templanza para reflexionar y preguntarnos: ¿realmente necesito comprar este nuevo celular que anuncian, o por el contrario, el que ahora uso me brinda un servicio satisfactorio y no necesito adquirir otro?

Templanza, también, para luchar internamente contra tendencias personales, como: el mal carácter, la irritabilidad excesiva, la fatua vanidad, la pereza de ir siempre por el camino más fácil, buscando “la ley del menor esfuerzo”. Alguien podría argumentar a su favor: “Es que yo siempre he sido así, ni modo”. La respuesta es que con empeño y constancia se puede mejorar paulatinamente en alguno de estos defectos dominantes.

Otras veces consistirá la templanza en comer con moderación, en comprar sólo la ropa necesaria o hacer un uso prudente y mesurado de la lengua y así en tantos ejemplos más.

En definitiva, ¿a qué nos conduce esta importante virtud? A considerar los bienes materiales, no como fines en sí mismos, sino como medios que tenemos que utilizar para nuestro desarrollo profesional, personal o familiar y para ponerlos en servicio de los demás. Y, sobre todo, esta virtud contribuye de modo decisivo a forjarnos una personalidad madura, cimentada sobre bases firmes y perdurables.