El Día del Niño no ofrece razones para el festejo a la luz de la realidad que viven muchos niños en México

El Día del Niño que se celebró ayer en México (la fecha varía en distintos países), destinado a enfatizar y reafirmar los derechos universales de la infancia, no ofrece muchas oportunidades para el festejo a la luz de los datos que arrojan estudios de diversas instituciones ocupadas y preocupadas por el tema. Todo lo contrario: investigaciones y encuestas realizadas por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la Red por los Derechos de la Infancia y otras organizaciones de parecido perfil describen, en conjunto, una situación alarmante para un elevado porcentaje de nuestros niños y adolescentes.

En el territorio nacional, los más de 21 millones de menores que viven en situación de pobreza (de los cuales 4.6 millones se encuentran en pobreza extrema) se ven afectados por problemas que van desde carencia en materia de nutrición y salud hasta situaciones de abierta desprotección, violencia impunemente ejercida en su contra, privaciones y rezagos educativos, y una variada gama de perjuicios que incluyen explotación laboral y sexual, así como matrimonios tempranamente impuestos o de niñas con adultos, y la vasta secuela de daños físicos y sicológicos que ellos implican.

El paulatino agravamiento de las condiciones de vida en que nacen y crecen quienes en teoría constituyen el futuro de nuestro país, así como el constante incremento de la niñez en las filas de la marginación y la vulnerabilidad, configuran un desolador panorama aquí y ahora, y se proyecta como una oscura sombra para los años venideros.

Esta noción de los niños y niñas como constructores del mañana, sin embargo, tiende a encubrir que para quienes se encuentran en condiciones de marginación las desventajas y las privaciones no les aguardan en el futuro, sino que los golpean en el presente, les niegan las esperanzas y las aspiraciones a que tienen derecho hoy, en su carácter de ciudadanos mexicanos. Ese derecho incluye un ambiente seguro, la protección familiar y el acceso a buena alimentación, servicios de salud y un entorno que les permita un desarrollo pleno, lugares comunes que se repiten en cada reunión, seminario o congreso sobre el tema, pero que en el terreno de los hechos parecen constituir un objetivo difícil de alcanzar, al menos a corto plazo.

Se puede admitir que a lo largo del tiempo se han adoptado medidas que han logrado progresos aquí y allá en la situación de nuestra niñez, pero lo cierto es que el alcance de esas acciones, y especialmente su ritmo de aplicación, no han resultado suficientes para pensar en una mejora uniforme, sostenida y pronta de dicha situación.

El diseño e implementación de instrumentos específicos (como el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes y la ley respectiva) son signos alentadores, pero el problema es sólo una faceta de otro más grande, que se relaciona de manera directa con el modelo económico vigente. Los planes y proyectos para sacar del pozo en que se encuentra a un vasto sector de la niñez mexicana necesitan, para ser funcionales, asignaciones presupuestarias mayores que las actuales, pero la restrictiva política de inversión social que el gobierno lleva adelante no permite alimentar demasiadas esperanzas al respecto.

No es este, en suma, un Día del Niño que esté a la altura de sus postulados en materia de derechos.