Por Lucía Legorreta de Cervantes

Los papás escuchamos a nuestros hijos decir constantemente frases como: “¿Por qué a él sí y a mí no?», «!A todos mis amigos les dan permiso menos a mí!”

Vivimos en una época en que se dice que somos los padres quienes obedecemos a nuestros hijos y no viceversa. No obstante los hijos necesitan ser orientados, guiados y corregidos, necesitan que los padres ejerzamos nuestra autoridad con amor, sabiduría y firmeza.

¿Cómo ejercer esta autoridad sin vivir en un pleito continuo con ellos, sobre todo si son adolescentes? Está comprobado que los temas que generan más discusiones entre padres e hijos no son los estudios, los deberes o el dinero, sino los famosos permisos.

Los permisos no deben ser un medio de prohibición, sino más bien un medio para potenciar la libertad de los hijos. Deben orientarse a desarrollar la autonomía, el autocontrol y la responsabilidad. La palabra permiso hace referencia a permitir, es por ello que hacen falta principios que ayuden a permitir.

No significa controlar, pero tampoco dejar de guiar y formar. No se trata de dar o no permisos por el hecho de ser sus papás, sino de realmente ayudarlos a crecer y a convertirse en adultos maduros, ya que en un futuro próximo ellos tendrán que decidir por sí mismos. Es una pena observar a jóvenes que entran en la edad adulta sin saber tomar decisiones.

Estos son algunos criterios que pueden ayudarnos a los papás a saber cómo y cuándo dar o negar un permiso:

  • Capacidad: que la acción que se le permita al hijo pueda ser realizada de manera libre y adecuada, y que sea capaz de asumir las consecuencias. Ejemplo: manejar un coche: edad, licencia.
  • Seguridad y crecimiento personal: que no se ponga en riesgo el bienestar físico, intelectual, emocional, psicológico o moral, tanto del hijo como de los demás. Ejemplo: manejar un coche bajo efectos del alcohol.
  • Respeto: que la acción no atente de manera directa o indirecta contra sí mismo o contra los demás. Ejemplo: insultos, ofensas, agresividad.
  • Convivencia: que lo que se le permita no atente contra la armonía familiar, social, laboral, etcétera. Ejemplo: escuchar música a gran volumen a cualquier hora.

¿Cómo deben ser los permisos?

Personalizados: de acuerdo con la edad de tu hijo, su personalidad, las circunstancias y la realidad. Si responde bien, los permisos irán aumentando.

Paulatinos y progresivos: ir dando poco a poco permisos por los que pueda responder con mayor facilidad.

Pensando en su futuro: considerar las implicaciones que pueda tener después. Ejemplo: si le prestas el coche, tendrá más independencia.

Realistas: equilibrar la confianza en el hijo y sus verdaderas capacidades con la realidad. Conocer a sus amigos para entender mejor sus circunstancias.

Tener un fin educativo: deben fomentar la autonomía, pero al mismo tiempo la responsabilidad y el autocontrol.

Firmes y flexibles: firmes en normas que prohíben una acción mala en sí misma y flexibles en aquellas que no representan un mal o un riesgo. Ejemplo: si es una ocasión especial puede quedarse a dormir en casa de los primos.

Deliberados: deben ser fruto de la reflexión y del análisis de los padres. Ejemplo: no se dan permisos por celular, sino en persona. Y comparto un sabio consejo que recibí: “elige tus batallas, no discutas por todo.”

Frente común: los padres deben preestablecer las reglas unidos.

Claros: trasmitir claramente al hijo lo que se espera de él y qué pasa si no lo cumple.

Coherencia y consistencia: actuar conforme a lo que se exige.  Cuando se niega un permiso hay que cumplirlo.

Saber dar permisos es una forma concreta de amar a los hijos, porque lo que se busca es su bien objetivo. Requiere dedicación, esfuerzo y reflexión, pero vale la pena porque los hijos libres y responsables son más capaces de amar y, por tanto, de ser más felices.


Lucía Legorreta de Cervantes.
Presidente del Consejo Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer.

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