Por Gala Camberos

Ayer tuve la oportunidad de escuchar en guitarra la primer canción que ha escrito mi hijo de 16 años, cuando terminó, recordé la más aleccionadora experiencia de mi vida que ahora les comparto por si desean leerla.

No provengo precisamente de una historia de amor de color rosa, soy hija única de mi padre, un gran médico con varias especialidades, completamente competente con las tareas y tristemente no tanto en sus relaciones. Mi padre se marchó de casa cuando yo tenía dos años y lo “conocí” al cumplir los doce. A partir de entonces lo veía ocasionalmente para ir a comer a algún restaurante, siempre que me recogía en casa no podía dejar de ver los ojos de mi madre aún llenos de amor por él, ella era una de esas mujeres que “aman demasiado”.

Cuando cumplí 30 años un día mi papá llamó a casa para decirme que tristemente se moría de cáncer. He de confesar que lo primero que sentí fue gusto y escuché una voz interior decir: “ahora seré yo la que te abandone”. Afortunadamente, ese sentimiento me intoxicó unos cuantos minutos y aunque tenía total derecho de sentirlo, esto pasó por completo en cuanto lo ví salir de su primera cirugía terriblemente roto, cabe señalar que mi padre era un hombre alto, muy fuerte, de Chihuahua.

Pasaron los días y comencé a ir al hospital a verlo, al principio lo hacía con distancia, realmente era un enigma ese hombre para mí y no podía entender qué le había visto mi madre francamente. Cierta ocasión que llegué al hospital en donde él prestó 30 años de servicio, me interceptó el Director del mismo para decirme que su esposa y su hija adoptiva, a las que les había dado todo; lo habían abandonado ahí y que él había tomado la decisión de dejarlo permanecer en ese lugar hasta su muerte por el excelente servicio y el nivel de ser humano que era. Me quedé perpleja ante el comentario, lo más cercano que ahora le quedaba a mi padre era yo.

Un día que llegué al hospital mi padre besó mis manos, como lo hacen estos caballeros de antaño, esto derribó los grandes muros que habían en mi corazón hacia él y tomé la decisión de darle lo mejor que pudiera y así lo hice por unos tres años. Comencé a visitarlo mucho, anhelaba conocerlo, siempre llevaba conmigo un buen libro para leerle, música, poesía, algún dibujo, flores, una canción, algo que pudiera compartirle y hacer de su enfermedad algo más llevadero. Él siempre me pedía que le cantara, decía que mi voz era estupenda, mi padre tocaba la guitarra como nadie y era un bohemio con una voz hermosa, varias veces canté con él, yo “me mordía el rebozo” y no quería hacerlo por miedo a que me escucharan en otras camas, porque los otros enfermos me aplaudían por bajito que cantara… finalmente accedía

Pasaron los días y fui literalmente enamorándome de mi padre, aun escribiendo esto hoy no puedo evitar algunas lágrimas, porque me encontré con un hombre sensible, generoso, gentil, dulce, súper inteligente, educado… que conmigo cometió un error, irse. Un día ya no podía más hablar y entonces nos comunicábamos a través del parpadeo, uno para un sí y dos para un nó. Yo trataba de seguir llevando lo mejor de mí a mis encuentros de amor con mi padre, ahora ya lo sentía tan mío, aún roto me parecía tan guapo, me gustaba abrazarlo por varios minutos y jugar con su cabello. No podía evitar ver a mi papá derretirse con mis caricias, sé que me adoraba.

Llegó la hora de despedirnos un día en que no podía más, su semblante era de total devastación, así que le dije: “papá yo no sé si existan otras vidas o nó, si estas existen y en otro tiempo te abandoné, te negué, no me hice cargo de tí, ya entendí lo que se siente, por favor perdóname, y si esta historia entre nosotros se dio por una decisión tuya, de corazón te perdono y solo te pido que a donde vas pidas por mí, sus ojos comenzaron a llorar mientras destilaban también mucho amor. Miré el reloj, salí a llorar como una niña porque no quería que me viera sufrir por él y siete minutos después de eso mi padre murió.

Ayer miraba el talento de mi padre en los dedos de mi hijo, esa destreza fantástica para mover las cuerdas, esa dulce voz tan romántica estaban otra vez frente a mí. Ahora sé que la vida me dio dos estupendos varones como hijos precisamente para resolver los pendientes de amor y perdón que tenía con los hombres por la experiencia vivida con mi padre. Ellos me enseñaron a amarlos profundamente otra vez, me reconectaron con la vida y su parte masculina… me enseñaron cuán dulces, sagrados, amorosos, leales, bellos, frágiles y buenos pueden ser los hombres.

Por favor si tienes alguna relación rota, trata de sanarla, te quedará siempre la satisfacción en el alma por ello. Feliz domingo a todos. ¡Amemos!