El mejor plan para una noche de viernes

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El mejor plan para una noche de viernes

Por Elena Goicoechea

No se puede confiar en una tía con acento madrileño que intenta guiarte por una Ciudad de México que ni los propios chilangos entendemos. ¡Una vez más he terminado atrapada en la ruta más congestionada gracias a Waze! Y precisamente en la calle de Sullivan, a las 7:30 de la noche, mi auto empieza a fallar… Repito mi mantra favorita en estos casos: shit! shit! shit!

El motor funciona, pero deja de acelerar, ¡no avanza! Tiene escaso un año, no es normal. Tal vez se deba a que llevo dos horas avanzando a vuelta de rueda. Con muchos esfuerzos y acelerones logro orillarme justo al llegar a la esquina.

Los que conducen por ese carril no me ven con buenos ojos, quieren virar a la izquierda y ahora tendrán que esquivarme. Estoy bloqueando precisamente el cauce que les permitiría salir de este nudo gordiano, por lo que en un lapso de media hora he recibido ciento y pico mentadas… Mi santa madre se debe estar convulsionando con tanta mala vibra. Imposible imaginar un plan mejor para un viernes en la noche.

Como diría Victor Frankl, no puedes elegir que tu auto no se descomponga, pero sí puedes elegir la mejor actitud para enfrentar a los energúmenos: haciendo oídos sordos. No permitiré que me roben la paz… ommmm… ommmm. Lo bueno es que traje conmigo a Lorenzo, quien se encarga de defender mi honor cada vez que se nos empareja algún conductor neurótico. ¡Toda una fiera!, deja los dientes y las garras en el cristal mientras yo me dedico a buscar ayuda.

Asistencia Vial de Telcel nunca llega. No sé por qué no me extraña, quizá porque el tío que atendió mi S.O.S. no pareció comprender mi estado de ánimo ni sonó muy dispuesto a enviarme ayuda. O sea, es cierto que estaba de malas, pero es normal en un caso así, ¿o no?

Busco en los papeles del seguro el teléfono de GNP. Muy obediente, aprieto la opción 2, que corresponde a ’emergencia vial’. Menos mal que es ’emergencia’ porque así solo he tenido que escuchar veintidós veces la misma grabación: “Gracias por su tiempo de espera. Por el momento todos nuestros operadores están ocupados. Mientras tanto, usted, menospreciable cliente, puede entretenerse escuchando todos nuestros anuncios de servicios inútiles; y eso, sin desesperarse ni colgar, pues de lo contrario deberá reiniciar el proceso un número infinito de veces” (yo a la tercera vez entiendo porque soy astuta).

Estando con la aurícula pegada al teléfono en espera de ser atendida por un humano, cada llamada que intenta entrar de mi preocupada progenie me causa el efecto de un abejorro metido en el tímpano. Pero no puedo contestarles ahora, debo proseguir con las instrucciones: “…oprima 2, oprima 3, oprima 1, oprima 0 o espere en la línea…” Se corta la llamada, vuelvo a iniciar… Al fin, un humano responde y tras escuchar mi rollo durante cinco minutos me informa que me va a enlazar con otro departamento, ya que él, en realidad, solo pasaba por ahí… Al tercer enlace, la operadora toma mis datos y me hace preguntas técnicas, como:

– ¿Qué le pasa a su auto?
– Señorita, esa es una de las 835 mil cosas que ignoro en esta vida.

Luego debo aclararle confusas cuestiones logísticas:

– ¿Lleva usted carga?
– … mmm ¿carga como de qué tipo?
– Lo que sea.
– Tengo a mi perro conmigo, pero es pequeño, un bichón maltés, blanco.

La operadora se ríe, de modo que Lorenzo no será un problema:

– No creo que pese demasiado su perrito. Sin embargo, dado que es hora pico, la grúa podría tardar entre 60 y 90 minutos.

Me pongo en modo filosófico y analizo mis opciones:
1) Bajarme a comprar un café a Vips (traigo uno de Starbucks, pero sabe a Lysol).
2) Refugiarme en la funeraria Gayosso que está a una cuadra y meterme en alguna capilla ardiente en la que sirvan café gratis a las plañideras. Solo es cosa de ponerme mis lentes oscuros y fingir que soy la hija ilegítima del difunto.
3) Pasear al perro en el parque que está enfrente, lo cual sin correa podría ser un caos.

Opto por permanecer en el auto y dedicarme a escribir esta crónica en tiempo real. Lo cual no deja de tener sus riesgos, ya que esta es la delegación de la capital con más robos, extorsiones y violaciones, pero salir también lo tiene.

Conforme pasan los cuartos de hora va disminuyendo el tráfico y la calle comienza a quedarse sola y callada. Como es del dominio público, me encuentro en el corazón de una zona que entrada la noche se convierte en un mercado callejero de servicios cachondos. Sin cosa mejor que hacer, espero con morbo a que lleguen a ocupar su metro cuadrado las meretrices con cuerpos originales y ‘hechizos’ (para mis amigos extranjeros: aquí le llamamos ‘hechizo’ al aparato o instrumento que no es de fábrica).

Se me ocurre que bien podría ser una cuarta opción la de convertirme en una cougar free-lance mientras llega la grúa en vez de estar perdiendo el tiempo: time is money, you know… Aunque me desmotiva que la idea provoque risa a un ejército de emoticones en el chat familiar, lo cual no sé si tomar como un cumplido (están tan seguros de mi probidad que les parece obvio que bromeo) o como una ofensa (no creen que nadie se me acerque a negociar). Esto último no podrá probarse puesto que la grúa ha llegado antes que la clientela.

Observo cómo la tracción automática de la grúa eleva mi auto sobre la rampa. Se ve tan indefenso. ¡Hasta los pinos de Navidad parecen mejor amarrados sobre los techos de los coches!

– Oigaaaa, ¿no se puede caer mi coche en el camino? –le pregunto al operador haciendo un puchero.
– Puede ser, nunca se sabe… –me responde con expresión grave.
– ¿En serio…?
– Señora, está hablando con un profesional.
– No, si no es que dude de usted ni nada que se le parezca, pero es que verá usted, no he tenido muy buenas experiencias con las grúas en el pasado; aunque luego, luego, se nota que usted sí le sabe…

El operador abre la puerta del copiloto y es entonces que capto que Lorenzo y yo tendremos que viajar en la cabina de la grúa. El escalón es tan alto ¡y yo con tacones!… Pues ¡ya qué! Gracia: poca, pero que dure. Logro trepar al asiento con un solo impulso al asir con una mano la agarradera que está por encima de la ventana, mientras con la otra sostengo a Lorenzo, la bolsa y el celular. ¡Listo!

El hombre ha resultado muy amable, de modo que platico un rato para no ser descortés; luego me clavo en el celular para terminar de narrar estas tonterías. ¡Por fin llegamos a casa! Las 10:30 y sereno. Lo dicho, no puedo imaginar mejor plan para una noche de viernes… Mañana será otro día y que se ocupe del resto el mecánico.

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