Por Lucía Legorreta de Cervantes

En la lucha por la igualdad, las mujeres hemos cometido el grave error de querer ser y hacer lo mismo que los hombres; ya sea en el vestir, en el hablar, en el actuar, etcétera.

¡Ojo!, apoyo totalmente que la mujer se eduque, trabaje y se desarrolle; sin embargo, me cuestiono la forma en la que hemos querido participar en el mundo laboral, por decir uno de los tantos ámbitos. Para empezar, hemos confundido roles con diferencias. Un rol es una actividad que puede realizar cualquiera, mientras que las diferencias son innatas en cada uno de los sexos.

Los hombres y mujeres, con igual dignidad como seres humanos, somos diferentes; dos caras de la misma moneda, dos formas de ser persona.

  1. Inteligencia. La inteligencia femenina se apoya en la facilidad que tiene la mujer para personalizar, es decir, comprenden la totalidad de una persona o de un objeto, tienen mayor memoria verbal, así como capacidad de asociación. En cambio, los hombres tienen mayor facilidad para el razonamiento espacial, numérico y lógico.
  2. Metas y aspiraciones. Los hombres sienten mayor impulso por solventar sus necesidades físicas. Las metas y aspiraciones femeninas se dirigen a la satisfacción de nuestras necesidades sociales.
  3. Emotividad. Los hombres poseen una mayor estabilidad emotiva; en cambio, la mujer posee una rica emotividad reflejada en una mayor comunicación de sus emociones.

Es muy simple, cuando un hombre sale a trabajar, olvida que tiene hijos y los recuerda al llegar por la noche. Nosotras no podemos separar estos dos mundos. En el trabajo nos acordamos constantemente de nuestros hijos; pero después, al llegar a nuestro hogar, pensamos en el trabajo.

La llamada intuición femenina es una forma como la mujer llega a lo más íntimo de los seres humanos. Somos observadoras, comunicativas y tenemos una gran iniciativa; captamos con rapidez y acierto la realidad inmediata de cualquier persona, somos capaces de influir en la gente e, incluso, predecir su comportamiento.

La mujer se entrega con facilidad y de forma incondicional a cualquier proyecto. Está especialmente dotada para trabajar en equipo y luchar por un objetivo común, sabe coordinar esfuerzos y crear un ambiente positivo de trabajo.

No perdamos nunca el orgullo de ser mujeres y luchemos por nuestros derechos, pero no vayamos en contra de nosotras mismas. No por nada se dice que cuanto menos trate una mujer de imitar al hombre, más será ella misma, mayor será su capacidad potencial para complementarle y podrá ser feliz en su vida. Cuando hombres y mujeres sean capaces de respetar y aceptar sus diferencias, mayor paz habrá en su convivencia.

Por todo lo anterior, valdría la pena hacernos la pregunta: ¿realmente queremos ser iguales a los hombres?


Lucía Legorreta de Cervantes es
presidente del Consejo Nacional de CEFIM, Centro de Estudios y Formación Integral de la Mujer.

cervantes.lucia@gmail.com
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