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Umbral y Vargas Llosa: dos espíritus libres cuyas sinilitudes plasmas en sus obras

Por Fernando Comas

De cuando en cuando, una tesis doctoral sacude con su audacia las aguas habitualmente tranquilas de cualquier facultad de Filología. La que ha presentado en fechas recientes Ana Godoy Cossío en la Universidad Complutense tiene esa rara virtud merced a la tenacidad de su autora, que se propuso nada menos que estudiar las confluencias vitales y literarias de dos escritores en apariencia antagónicos: Mario Vargas Llosa y Francisco Umbral.

Cuando Ana Godoy propuso ese tema a sus directores de tesis, J. Ignacio Díez y Evangelina Soltero, se topó con el previsible escepticismo, similar al que se encontró el propio Vargas Llosa cuando comparó los universos de Borges y Onetti. Pero la entonces doctoranda peruana no era de las que suelta la presa una vez ha clavado en ella las mandíbulas.

Sabía que no había mordido en hueso y logró demostrar su tesis de que, cada uno a un lado del Atlántico, Umbral y Vargas habían compartido vivencias de niñez, primeras experiencias profesionales y anhelos creadores que confluyeron en una carrera literaria de profundas similitudes. Todos sus paralelismos estaban unidos además por un cordón umbilical, la pasión-obsesión por la mujer, y por los arquetipos femeninos que pueblan las obras de ambos.

Hijos los dos de dictaduras, plantea Godoy, Vargas y Umbral se crían en familias pobladas sobre todo por mujeres y que constituyen su paraíso infantil; carecen física o virtualmente de figura paterna; desarrollan un marcado complejo de Edipo; rompen temprano con la Iglesia católica; leen con ansia a los franceses, en especial Proust, y a Neruda, cuyos poemas escondía la madre de Varguitas en un velador.

Hay más coincidencias en sus años de juventud. Ambos trabajan como administrativos en sucursales bancarias y ejercen el periodismo escrito y radiofónico. Umbral le contó a Eduardo Martínez Rico, cuya valiosa tesis doctoral sobre el autor de Mortal y rosa se publica como libro también en estos días, que «descubrió» a Luis del Olmo y siempre estuvo muy orgulloso de su voz profunda y varonil. Por último, Vargas y Umbral saltan a la capital en busca de fortuna literaria, el primero de Arequipa a Lima, el segundo de Valladolid a Madrid.

El micromundo de mujeres en el que ambos viven, entre algodones, durante sus primeros años dará lugar a unos arquetipos femeninos comunes que Godoy divide en familiares y sociales. Abuelas, madres, tías y primas forman ese edén más cercano que constituye «la fuerza motora que los impulsa a reinventar ese universo familiar una y otra vez» a lo largo de sus textos.

Monjas, criadas y meretrices son los personajes recurrentes de la esfera social, vehículos todos ellos para denunciar «la corrupción en las más altas instituciones de la Iglesia y el ejército», escribe la doctora Godoy.

Las tías y las criadas conforman los patrones de mujer más compartidos por Umbral y Vargas, que naturalmente combinan varios de estos arquetipos al dar vida a sus criaturas femeninas y los hacen evolucionar en el tiempo. «La madre no sólo es madre, sino es la tía, a la vez, aunque también será la amante y la esposa inclusive –ilustra Godoy–. O la tía no solo es tía, sino también la novia/amante/esposa».

Qué objetar a esto a la vista de la biografía de uno de los protagonistas de la tesis, Vargas Llosa, que como es sabido se casó –rodeado de gran escándalo– primero con su tía Julia Urquidi y luego con su prima hermana Patricia Llosa, que fue su esposa durante cinco décadas hasta la aparición de Isabel Preysler. Los avatares de la primera relación pueden seguirse casi punto por punto en su novela La tía Julia y el escribidor, lo mismo que la visión de Urquidi se plasma con despechada crudeza en Lo que Varguitas no dijo.

Umbral, cuyo gran y casi único tema literario fue la indagación en la memoria propia, consagró miles de páginas en sus más de 100 libros publicados a cartografiar su culto al cuerpo femenino. «He dedicado mi vida a esto, me lo sé todo de mujeres», dijo, y también: «Es mi verdadera profesión, la literatura es un segundo oficio». Pero la fascinación por la mujer iba más allá de lo físico: «Para mí es un personaje más sugestivo que el hombre, más rico, más lleno, porque es otro mundo».

Seguramente Vargas Llosa suscriba estas palabras, aunque quizá no le guste admitirlo dado que la relación de ambos en vida de Umbral nunca fue amistosa. Dicho por el catedrático Teodosio Fernández, era «desdeñosa por parte de Vargas, indignada por parte de Umbral», que vio como el Boom latinoamericano desplazaba el interés de los lectores al otro lado del charco, si bien la doctora Godoy vislumbra con notable optimismo «una secreta admiración» mutua y hasta una influencia recíproca «bidireccional».

Su tesis pone el acento en otro punto de encuentro: haberse nutrido los dos autores de diversos hitos históricos y sociales determinantes para las mujeres del siglo XX, desde la emancipación hasta la libertad sexual a la que Umbral erigió un monumento en su libro de 1977 Las jais.

Bénédicte de Buron-Brun, una de las mayores especialistas mundiales en el escritor vallisoletano y miembro del tribunal que valoró el trabajo de Godoy con sobresaliente cum laude, considera que éste ofrece «materia imprescindible» para futuros estudios y debe figurar por su relevancia a la altura del elaborado por Eduardo Martínez Rico en 2002.

Autor de dos libros de conversaciones con Umbral, el filólogo y escritor madrileño recupera aquella tesis, dirigida también por el catedrático J. Ignacio Díez, en un volumen que publica en los próximos días la editorial Dalya. Repasa en ella la narrativa del escritor dandi, su novelística de la memoria, entre 1965 y 2001, vale decir, entre el titubeante Balada de gamberros y su heideggeriano Un ser de lejanías: 36 años de trabajo literario y una selección de 22 obras que incluyen su primer éxito completo, Mortal y rosa.

Más agrio y directo uno, más caballeroso el otro en lo tocante a las conquistas femeninas, Umbral y Vargas Llosa compartieron sin duda el espíritu rebelde y libre hasta el extremo. Si había que reconocer que a uno le atraían las jovencitas, que era «menorero», pues se reconocía (Umbral). Que era su voluntad casarse con una prima, pues que a ningún familiar se le ocurriera poner el grito en el cielo, zanjaba el siempre educado autor de Pantaleón y las visitadoras.

Más allá de antipatías y desprecios mutuos, ambos tenían en común el empeño de los escritores de raza: contar verdades a través de las mentiras de la ficción. Vargas Llosa le dedicó al tema una serie de ensayos reunidos en un famoso libro titulado precisamente así: La verdad de las mentiras.

Umbral se lo resumió a Martínez Rico: «En la vida hay que manejarse con unas cuantas verdades verdaderas y con una nube de mentiras brillantes, sorprendentes, literarias, porque lo que el escritor hace no es sino sacarle brillo al estaño de la triste realidad, para que parezca plata, como las criadas y doncellas de antaño»

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