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¿Qué se le ofrece güerita?

Por Elena Goicoechea

Al intentar salir del segundo cuadro del Centro Histórico de la Ciudad de México di vuelta en una estrecha calle llena de puestos y personas que invadían los carriles. Sin querer, me fui a meter a una especie de mercado callejero del juguete, precisamente en víspera de la llegada de los Reyes Magos. Padres apurados se agolpaban para surtir a última hora las cartas de sus hijos, ajenos al vehículo que les rozaba los talones.

Aquella escena trajo a mi memoria un 5 de enero de hace algunos años, cuando mis hijas eran pequeñas. Entonces, la ilusión que les producía la llegada de los Reyes era equivalente a la que sentía yo al ver sus caritas cuando descubrían los juguetes bajo el árbol.

En aquella ocasión pidieron, entre otras cosas, un karaoke. Era lo único que faltaba conseguir de la lista.

Supongo que fue a causa del atavismo ése que hace que las mujeres sintamos de pronto urgencia por salir a buscar las mejores ofertas (resabios genéticos de los tiempos en que nuestras ancestras antidiluvianas se dedicaban a la recolección mientras sus hombres cazaban mamuts), pero lo cierto es que me invadió un deseo incontrolable de adentrarme por primera vez en la popular calle de República del Salvador, en pleno Centro Histórico, famosa por sus tiendas de artículos electrónicos, en busca del mejor karaoke al precio más bajo del mercado.

Me preparé para emprender el viaje. Muy astuta, me disfracé casi de indigente para pasar desapercibida y evitar un asalto: jeans viejos, tenis, una camisa de cuadros tipo leñadora que seguro me daría un aspecto muy rudo, una coleta, cero anillos, aretes o reloj. Una más entre la muchedumbre.

El aguafiestas de mi marido trató de convencerme de que no fuera con mil argumentos. Como ninguno pegó, me giró la orden: “Por ningún motivo vas hasta allá a correr riesgos. Ve aquí a Costco, pues lo poco que te podrías ahorrar se te va a ir en gasolina y estacionamiento.”

“Ok, ok, iré a Costco”, concedí ante su necedad. Acto seguido, me enfilé al Centro. Dejé la camioneta en un estacionamiento y me introduje en el maremágnum. Puse cara de ‘connaisseur’ y comencé a preguntar precios de tienda en tienda.

De pronto, me encontré en la entrada de un laberíntico pasaje lleno de pequeños locales que básicamente consistían en un parco mostrador y un anaquel. No alcancé a internarme más allá del primero cuando de la nada me abordó el dependiente que se encontraba en el pasillo. Su compañero estaba detrás del mostrador y se limitó a observar la transacción.

–   ¿Qué está buscando güerita?
–   Un karaoke.
–   ¿De qué marca?
–   Pues cualquiera de buena calidad, no sé… Sony.
–   Tenemos varios modelos de Sony. ¿Cuánto se quiere gastar?
–   Pues no sé… no más de 1,500.
–   Tengo uno de ese precio que incluye 10 CD’s gratis a elegir de una lista. ¿Se lo muestro?
–   Ok.
–   Son 1,500 pesos. Tengo que traerlo de la bodega, pero para sacarlo tengo que mostrar la nota de pago.
–   ¿Y si no me gusta?
–   No hay problema, se le devuelve el dinero. Pero sí le va a gustar porque este modelo… (bla, bla, bla).
–   Está bien –extendí los billetes–, pero me da factura. ¿En cuánto tiempo regresa…? – más tardé en preguntar que el tío en desaparecer.

5 minutos… 10 minutos… 15 minutos… Me llevé la mano a la frente ante la sensación de que una gran «P» estaba apareciendo sobre ésta.

Me dirigí al otro dependiente, el que estaba detrás del mostrador:

–   ¿Tardará mucho su compañero?
–   Yo no tengo compañero –musitó el mustio.
–   El de la gorra, me estuvo atendiendo aquí en su cara. Le pagué un karaoke.
–   Yo no vendo karaokes –respondió sin verme a los ojos ni inmutarse.
–   Ah no, usted no puede fingir demencia, sabe muy bien de quién hablo, ¡el de la gorra!

En ese momento pasaba por la calle una patrulla a muy baja velocidad, por lo que me fue fácil abordar a los policías. Amablemente, aparcaron su unidad y bajaron a escuchar mi problema. Contrario a lo que suele uno encontrar en los elementos policiacos (una especie de cruza entre Mario Bros y Sancho Panza), este par media más de 1.80 metros, no eran panciformes, se expresaban con propiedad y parecían genuinamente interesados en la ciudadanía, alias yo.

–   Ay señora –me dijo uno con harta empatía–, suceden un promedio de 70 estafas como ésa a diario, y más en día de Reyes. Lo peor es que técnicamente no fue un robo, usted le entregó el dinero. Son una mafia, están todos en contubernio.

En eso estaba, cuando un par de incautos como yo se acercó al tipo del mostrador para preguntar por algún aparato. Yo decidí impedir que también los estafaran, así que me acerqué y les advertí que no comprarán ahí ya que me acababan de robar, hecho que confirmó uno de los policías. Nunca lo hubiera hecho… ¡ardió Troya!

Yo, que me sentía blindada al estar flanqueada por los dos apuestos agentes del orden, no podía creer la dantesca escena que empezó a desarrollarse ante mis ojos de plato.

El dependiente comenzó a reclamar airadamente al policía por haber ahuyentado a los clientes. De la nada salió una Chimoltrufia a defender a su marido, insultando a los policías a voz en cuello. Como si hubiera dado la voz de alerta, de las coladeras, supongo, comenzó a salir gente. En cuestión de segundos nos vimos rodeados por una turbamulta enardecida que se fue contra el policía, profiriendo improperios y empujándolo.

El compañero alcanzó a meterse en la patrulla para pedir refuerzos por el radio, pero un tipo arrancó el cordón del tablero y comenzó a forcejear con el oficial.

Yo, inmóvil y atónita, no sabía qué hacer, cuando un hombre que me llegaba al cuello se colocó a mi lado y, sin voltearme a ver, me advirtió en voz baja:

–   Híjole güerita, yo que usted me pelaba, porque como todo empezó por su culpa, la van a picar…

Manteniendo la cara al frente, de soslayo vi que el tío se alejaba. Imaginé que en cualquier momento me iban a atravesar por la espalda con un picahielo. Pero pensé que si mostraba miedo y salía corriendo iba a ser peor.

Aprovechando la confusión, con expresión impávida metí reversa para emprender poco a poco la retirada hasta que llegué a la orilla de la banqueta. No pasaba ningún auto en ese momento. La broza se deleitaba probando su superioridad frente a la autoridad, por lo que los pobres policías se cubrían como podían de los golpes.

En ese momento, Dios me mandó un ángel al rescate. Vi que a dos cuadras daba vuelta un taxi y se enfilaba por la calle. No me moví para no llamar la atención hasta que lo tuve a tiro de piedra. Entonces doblé el brazo y levanté discretamente el índice para hacer la parada. Se detuvo y corrí hacia la puerta, la abrí y me lancé al interior.

Un gañán que se percató de mi intento de fuga alcanzó a gritar:

–   ¡Pinche ruca!(sic) ¡Ya se peló!

Bajé los seguros de ambas puertas con las dos manos al tiempo que grité:

–   ¡Arranque que me quieren matar!

El chofer le metió a fondo el acelerador al bochito, que a trompicones me alejó del peligro. Me sorprendió que mi salvador no pareciera sorprendido. Se notaba que no era su primer encuentro con el México bronco.

Me bajé en el estacionamiento con delirio de persecución, mismo que no se me quitó hasta que llegué a la glorieta del Ángel. Imaginé al monigote moviendo la cabeza de un lado a otro al verme pasar de regreso a casa y me ganó la risa.

Obviamente, mi marido no podía enterarse de mi ‘patoaventura’. Estaba muy estresada y preocupada por la suerte de los pobres agentes como para chutarme un sermón.

Alisé mi pelo y entré como si nada a la casa. Cuando me preguntó por el karaoke, respondí casual, sin verlo a los ojos:

–   Agotado.
–   Y entonces, ¿por qué tardaste tanto? Pensé que no me habías hecho caso y te habías ido al Centro.
–   Naaaa… fui a otro Costco.
–   ¿Y…?
–   Agotado.

Epílogo: debo reconocer que la parte del incidente que más me costó superar fue el que me hayan llamado: “¡Pinche ruca!”. No tanto por lo de ‘pinche’, ya que me vestí ex profeso para verme así… a fin de evitar asaltos…, pero lo de ruca… ¡eso sí cala!

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