La Gente Feliz Genera Vínculos; La Infeliz Compra Compulsivamente.

En una entrevista para el Clarín, Roberta Paltrinieri, socióloga italiana encargada del Centro de Estudios Avanzados sobre el Consumo y la Comunicación de la Universidad de Bologna, platicó con Marina Artusa acerca de su defensa por la “felicidad responsable”. Una idea capaz de salvar cualquier relación humana y sociedad en crisis.

“Mi materia de estudio surge de mi autorreflexión sobre mi comportamiento cotidiano y el de mi familia. Decidimos iniciar, como pequeño núcleo, una búsqueda de comportamientos de consumo sostenible”, afirma la socióloga. En su casa, se implementaron comportamientos más responsables con el ambiente, como: no derrochar el agua, depositar la basura en el lugar que corresponde, implementar el trueque con otras familias y ya no comprar ropa.

A continuación, te dejamos algunas de las preguntas más interesantes:

La sociedad, ¿en dónde busca hoy la felicidad?

Desde el punto de vista aristotélico, el concepto de felicidad se refiere a la obtención del placer a través de una acción. Con base en esta dimensión aristotélica se ha ido construyendo la sociedad de consumo. Esta sociedad del consumo como nosotros la conocimos en Europa, desde la posguerra, es decir desde los años cincuentas hasta los inicios de la crisis en 2008, prometió la obtención del placer basándose paradójicamente en mecanismos que producen constantemente infelicidad.

Desear comprar, consumir y desear seguir haciéndolo por más que se posean ya muchos bienes. El problema no es la posesión de bienes sino la insaciabilidad: una promesa constante de algo que se debe desear y que una vez obtenido no da satisfacción y por eso reenvía la necesidad constante de continuar comprando. De aquí nacen los procesos de consumo compulsivo. La sociedad europea y la norteamericana son sociedades enfermas desde el punto de vista de la compulsividad. A través de este acto se intenta calmar un ansia que está en nuestro interior y que es el estado existencial de la subjetividad en una sociedad que progresivamente ha hecho desaparecer otras formas del placer.

¿Es posible ser feliz?

Es necesario superar la dimensión instrumental del bienestar individual, estimular un nuevo modelo que ponga al centro el bienestar colectivo, entendido como una relación de confianza y reciprocidad. Las sociedades felices son las que producen relaciones y vínculos. Las infelices son las que en el lugar de las relaciones venden productos. En síntesis: la gente feliz genera vínculos; los infelices compran compulsivamente.

¿Cómo se hace para hablar de bienestar colectivo en una sociedad con tanta desigualdad?

En el modelo económico, al cual nos ha habituado la sociedad de consumo, lo determinante es el bienestar individual medido económicamente. Para desarrollar el bienestar en el interior de una comunidad no es necesario el dinero. El bienestar colectivo debe ser producido a través de las relaciones humanas cualitativamente buenas. De forma contraria, las relaciones también se vuelven importantes en términos de desigualdad: si yo produzco relaciones dentro de un sistema, produzco formas de solidaridad y la forma de solidaridad produce cohesión social. Donde existe la desigualdad se pueden activar estos mecanismos de la solidaridad. Si produzco individualismo, no produzco cohesión social.

¿Cómo se crea esta conciencia de responsabilidad compartida en el ciudadano medio?

En Italia no estamos en una fase ascendente de la democracia, sino más bien decreciente. Crisis de gobernabilidad, altos niveles de desconfianza, temas que tal vez resulten familiares para muchos. Es necesario crear un nuevo pacto de confianza. La responsabilidad social compartida como respuesta a la crisis nos compete a todos. Tenemos que dar el salto hacia una teoría colectiva de las relaciones. Buscar cómo podemos responder a la crisis a través de nuestras capacidades específicas.

¿Cuál es hoy la principal característica del comportamiento social?

Hoy es difícil hablar de una teoría del accionar colectivo porque vivimos en una sociedad donde los procesos de socialización retrocedieron en su capacidad de orientar las relaciones. Hoy, más que nunca, veo el reflejo del paradigma económico neoliberal dominante, sujetos individualizados. El hombre está cada vez más solo y debe responder a los desafíos de una sociedad global. Hemos perdido los valores normativos que nos orientaban. Es como si el individuo tuviera constantemente que reflexionar sobre las propias acciones.

La idea de crisis como oportunidad de cambio, ¿se puede aplicar a todas las clases sociales?

Es claro que desde un punto de vista sistémico puede ser una oportunidad para las clases medias-altas y altas para reflexionar su propio comportamiento. Por una cuestión de insostenibilidad, es preciso pensar en un nuevo modelo para la sociedad de consumo tal como la conocemos hasta ahora. Es claro que no tienen la misma posibilidad los sectores medio-bajo y bajo que hoy están experimentando un gran desgaste. La crisis como oportunidad también nos enfrenta al problema de la desigualdad. Estamos viendo que los mecanismos del ascenso social ligados, por ejemplo, a la instrucción, no funcionan más. Mientras en el pasado era normal que el hijo del campesino o del obrero se convirtiera en médico, el día de hoy ya no existe ese ascensor social.

Estamos asistiendo a una autorreproducción de las castas y ya no hay mecanismo de movilidad ascendente entre generaciones. Es lo ineludible de un destino: los hijos de las clases bajas no tendrán posibilidad de superar su propio estatus. Las nuevas generaciones, incluso los hijos de las clases sociales medias-altas, están experimentando condiciones de vida peores que las de sus padres.

Lo que muchos países latinoamericanos han experimentado como técnicas de supervivencia en un mundo globalizado, hoy se convirtieron en las técnicas que observamos en el Primer Mundo para responder a su propia crisis.