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El miedo es el mensaje

Steve Bannon ha sido llamado “la Leni Riefenstahl del Tea Party”. Entre sus trabajos están hagiografías de Ronald Reagan y de Sarah Palin. El nuevo alto consejero y jefe de estrategia del recién posesionado Donald Trump lleva años atacando a una sociedad liberal a punta de racismo, antisemitismo y extremismo político. ¿De dónde viene este fenómeno de propaganda?

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Hay un par de películas que ejemplifican las dos líneas del cinematógrafo desde sus inicios: La salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon (1895) y El regador regado (1895). Ambas, realizadas por los hermanos Louis y Auguste Lumière, se consideran los primeros ejemplos del documental, por un lado, y de la puesta en escena, por el otro. La primera de ellas, según cuentan, captura la realidad. La segunda, construye una travesura frente a la cámara. Con los años se ha determinado que “el documental” de los obreros a la salida de la fábrica no fue tan espontáneo, sino que sus realizadores pusieron en escena los movimientos de los figurantes, de tal suerte que hubo una inocente y necesaria manipulación del mundo, para que “pareciera” real.

Desde aquellos ya lejanos días del nacimiento del cine, existe la dicotomía entre lo que se muestra “tal cual” a los espectadores y lo que se concibe como un artificio de la imaginación. En ese orden de ideas, el documental se consideraba un material que se nutría de la vida para mostrarla en su más aceptable fidelidad. Sin embargo, está más que demostrado que, en los formatos audiovisuales, gracias a las técnicas de edición, el mundo se ve de una manera o de otra, de acuerdo con los caprichos o los intereses de quienes los manipulan. Ante esta posibilidad, no es extraño que líderes visionarios, como Lenin, considerasen al cine “de todas las artes, la más importante”. Y pronto la naciente Unión Soviética lo confirmó con las películas de eficaz propaganda política, entre las cuales El acorazado Potemkin (1925) u Octubre (1928) son las más destacadas. Las ideas socialistas rodaron por el mundo gracias al cine, pero el advenimiento del nazismo no se quedó atrás. Por encargo de Hitler, la realizadora Leni Riefenstahl le aportó a la historia de las imágenes en movimiento algunos de los documentales más representativos jamás realizados, los cuales serían, a su vez, los mejores ejemplos de la propaganda nazi. Tanto El triunfo de la voluntad (1934) como Olympia (1938) son películas optimistas, hagiográficas, impecablemente fotografiadas, y que, de no ser por las fatales consecuencias ulteriores de los sujetos homenajeados, se considerarían films esenciales, tanto ética como estéticamente, para la historia de la humanidad.

Las películas de Eisenstein denuncian. Las de Reifenstahl exaltan. Ambos ejemplos apuntan hacia intereses políticos opuestos, pero nacen de la necesidad de transmitir ideas, de convencer, de intimidar, de inventarse una nueva catarsis. Las emociones de un film político han evolucionado con el correr de los años y, hoy por hoy, se confunden con la transmisión de los más diversos artificios a través de la televisión y del ciberespacio. La técnica ha evolucionado, pero las intenciones profundas parecieran ser las mismas. Y la prueba está con lo que sucede en el mundo del documental, donde un fantasma temible se ha instalado en las conciencias de los espectadores, hasta el punto de que el nuevo orden mundial está determinado por la forma como se editan los productos audiovisuales en el imaginario de quienes los consumen. El ejemplo más preocupante se encuentra en el cine del ahora asesor estratégico del presidente Donald Trump, llamado Stephen K. Bannon. ¿Estará el mundo en manos de las estrategias audiovisuales de este cineasta?

La biografía de Steve Bannon es muy fácil de seguir porque se trata de un nombre que pertenece al mundo virtual. En nuestro medio, poco se le cita, porque el cinismo descomunal de su héroe político se lo devora todo. Sin embargo, la campaña de Trump, en buena parte, se le debe a la rienda suelta que figuras como la de Bannon o el portal Breitbart News (que Bannon dirigió después de la muerte de su fundador, Andrew Breitbart, en 2012) le han brindado al nuevo héroe de la incorrección. En realidad, las ideas conservadoras se han mantenido “discretas” en el mundo de los lenguajes del arte y de la comunicación. Es muy extraño que, en un festival de cine, se presenten películas en las que se exalten los valores de la tradición o de las ideas reaccionarias, porque el mundo de la creación le ha pertenecido a las vanguardias y a cierto progresismo liberal que a veces se identifica con la izquierda o, por lo menos, camina de la mano con lo que se conoce de manera general como “las ideas progresistas”. Pero el péndulo de la historia parece irse al otro extremo y todo indica que, así como las políticas de la intolerancia se toman el mundo, también el arte y los medios de comunicación comienzan a sacar las uñas y a alinearse con los vencedores.

El caso de Bannon es el que mejor ejemplifica esta tendencia y el que, de alguna manera, está concibiendo la mise en scène que el gobierno de Estados Unidos prepara para sacudir al mundo. No es extraño que el asesor de imagen de Donald Trump haya salido de la Marina estadounidense, haya trabajado en Goldman Sachs y, poco después, se haya interesado en el negocio del entretenimiento, participando en la financiación de exitosas series televisivas como Seinfeld. De allí, pasaría a la producción cinematográfica, con 18 títulos en su haber, donde se confunden films de Sean Penn con la adaptación a la pantalla de Titus Andronicus, protagonizada por Anthony Hopkins y dirigida por la destacada Julie Taymor. El dinero no tiene moral. Las inversiones de Bannon se consolidan y, a partir de 2004, comienza a mostrar sus dientes.

La primera prueba de sus intenciones definitivas se encuentra en el documental In The Face Of Evil, retrato ideológico de Ronald Reagan, donde se reflexiona, con efectivas técnicas de montaje, sobre los orígenes del comunismo y en qué consistió la mesiánica aparición de la estrella de Hollywood convertida, años después, en presidente de Estados Unidos. A partir de ese momento, Bannon no esconde sus intereses sino que, todo lo contrario, los pone en evidencia. Tanto que, con el paso de los años, Andrew Breitbart lo llamaría “la Leni Riefenstahl del Tea Party”, refiriéndose a sus apologías a la extrema derecha promovidas por la excandidata Sarah Palin, a quien homenajearía en un documental sin tapujos: The Undefeated (2011).

Sus películas, distribuidas a través de la red, en televisión por cable o en proyecciones en sala, combinan los temas de la nueva paranoia estadounidense: los problemas de la inmigración ilegal (Border War: The Battle Over Illegal Immigration; 2006), el regreso de la mujer al útero conservador (Fire From the Heartland: The Awakening of the Conservative Woman; 2010), los movimientos sociales como responsables de la crisis financiera de su país (Generation Zero; 2010) o la desmitificación de las revueltas contra los bancos (Occupy Unmasked; 2012). Su desparpajado cinismo ha provocado la ira de los mejores representantes de las ideas liberales de Norteamérica, considerando que empuja al racismo, al sexismo, a la xenofobia y al sentimiento antijudío, posicionando con orgullo las desvergonzadas ideas de la extrema derecha. Pero a Bannon, como a Trump, estos comentarios no los preocupan sino que, por el contrario, los utilizan como propaganda a favor. Por esta razón, no es de extrañar que Bannon se haya ido convirtiendo en la mano derecha de Trump para construir el andamiaje formal de su nueva y peligrosa utopía.

El mismo año en que Steve Bannon había encontrado el tono de sus documentales a través de su mirada implacable contra el comunismo por las vías de Ronald Reagan, otro director, Michael Moore, quien había sorprendido al mundo del cine con su Roger & Me de 1989 y, sobre todo, con el Óscar en 2002 a su acuciosa Bowling for Columbine, se apoderaba de la Palma de Oro del Festival de Cannes con su película anti-Bush titulada Fahrenheit 9/11. Vistas en perspectiva, tanto las películas de Steve Bannon como las de Michael Moore recurren a las mismas técnicas para conseguir resultados totalmente opuestos. Esto es, el contrapunto entre la música y la imagen, los planos muy cortos, la yuxtaposición irónica del material de archivo, la melodramatización del dolor, las advertencias ante los peligros inminentes, la saturación histérica del discurso.

La pregunta que salta a la vista es si el cine (o la televisión) de Michael Moore se justifica por sus denuncias liberales, mientras que las descaradas y muy elaboradas paranoias de Steve Bannon son censurables porque reivindican “lo peor” de los seres humanos. Los documentales de Steve Bannon se miran con desconfianza por lo que representan, pero son piezas construidas con eficacia, volteando la torta de la relojería televisiva y poniéndola al servicio de su nueva y descarada moral. De la misma forma que El triunfo de la voluntad se aferró a la idea de una raza superior, Bannon ha construido un apocalipsis a través de su discurso de advertencias, en el que ha inventado, con el miedo como estrategia, que la sociedad estadounidense no solo está ad portas de un peligro inminente sino que ya lo está viviendo. El descontento ha ayudado a que las explicaciones acomodadas y parciales se conviertan en verdades universales y los espectadores ingenuos se hayan tragado el cuento, hasta convertir en triunfo lo peor que puede sucederle a una sociedad: la justificación de una mentira. Como Goebbels, la repetición, el lenguaje frentero, la amenaza, la descalificación, el insulto, la respuesta inmediata, el histrionismo indecente, han hecho de las suyas, hasta convertir a Trump Andronicus en el nuevo matón del barrio, en el héroe de la película, ya no la de la pantalla de plata, sino de la vida real.

Con frecuencia, nos preguntamos por qué los discursos de la intolerancia han calado tanto y nos sorprendemos. Porque estábamos seguros, desde el nicho complaciente de las redes sociales entre amigos, de que nada iba a pasar, que podíamos dormir tranquilos. Pero, de repente, nos despertamos con la noticia de que en Estados Unidos ha sido elegido un monstruo megalómano, que en Colombia triunfa un referendo en contra de la paz o aplauden a rabiar a un líder de temibles credenciales, nos aterramos con que el Reino Unido se separe de Europa o que Francia esté a un paso de cederle su democracia a la extrema derecha de Marine Le Pen. El terrorismo, por su parte, les hace campaña gratuita y las violencias irracionales se convierten en plataforma para que estos desastres se enquisten en la conciencia de la gente y terminen dándoles la llama del triunfo.

Tanto Capitalismo: una historia de amor (2009), de Michael Moore, como Generation Zero (2010) giran en torno al mismo tema: la crisis de los bancos y las protestas masivas en Wall Street. Pero mientras Moore nos cuenta la historia desde las consecuencias en la clase trabajadora, Bannon arrecia contra las consecuencias de la permisividad liberal (incluidas el derecho a la protesta, los movimientos juveniles, las rebeliones estudiantiles) como culpables del hundimiento de la “estabilidad” del sistema. Hoy por hoy, la batalla continúa y, mientras Michael Moore ataca con ¿Qué invadimos ahora? (2015), el asesor de Trump se ha despachado con nuevas “obras maestras” tipo The Hope & The Change (2012, contra la administración Obama) o Clinton Cash (2016, la cual no dirige pero apoya con sus testimonios). Michael Moore es una estrella de los festivales y de los defensores de las ideas “liberales”.

Bannon es un demonio que, poco a poco, terminó conquistando la presidencia de Estados Unidos. No sabemos muy bien qué vaya a pasar con un país regido por las estrategias audiovisuales de Stephen K. Bannon. Pero sí sabemos del entusiasmo de los dictadores por el cine. Y la humanidad ya ha sufrido sus espantosas consecuencias.

 

Fuente. http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural—revista-arcadia/articulo/el-miedo-es–el-mensaje/61601

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