De todos los elementos con los que acostumbramos decorar nuestras casas en la temporada navideña, el único que no debe faltar es el belén. No solo es una manera muy didáctica de enseñar a los niños el misterio del nacimiento de Jesús, también es un recordatorio para grandes y pequeños del verdadero sentido que entraña esta fiesta.

El belén, también conocido como nacimiento, tiene un lenguaje propio, ya que simboliza fiel y gráficamente los pasajes de los Evangelios que narran la llegada al mundo de nuestro Salvador. Me refiero a la escena básica que representa a la Sagrada Familia y a los personajes que mencionan las Escrituras, como el ángel y los magos de Oriente, acompañados de los animales y otros elementos propios del ambiente de un pesebre, así como la estrella que los guió hasta ahí; aunque hay quienes integran a la escena a personajes y cosas ajenos a la historia verídica.

Fue a San Francisco de Asís a quien se le ocurrió por primera vez la idea de escenificar un nacimiento viviente. En él incluyó personas de carne y hueso y también algunos animales, reflejando así su profundo amor por la Creación y la naturaleza. Esto sucedió en 1223 y tuvo que pedir permiso al Papa Honorio III para montar dicha escena en las grutas de Grecio, en Italia.

En 1225 se hizo otra representación teatral en la que se personificó a la Virgen María, a San José, al Niño Jesús, a los Reyes Magos y a un ángel, sin faltar los animales que se hicieron habituales desde entonces. Con el tiempo se fue extendiendo la costumbre a otras regiones de la península itálica, aunque las personas de carne y hueso se sustituyeron con figuras. En el siglo XIV ya se había adoptado la tradición de colocar el belén en muchos países de Europa, al principio solo en las iglesias, pero luego se replicó también en los hogares cristianos.

Según la costumbre, el nacimiento se debe poner el 16 de diciembre, nueve días antes de la Navidad, representando así cada uno de los meses del embarazo de María.

En cuanto a México, fue el misionero franciscano fray Pedro de Gante quien introdujo la costumbre de poner el nacimiento en nuestro territorio. Era más fácil de explicar a los indígenas el misterio del nacimiento de Jesús usando una referencia gráfica. Este fraile fundó una escuela en Texcoco, donde enseñó a los indígenas cómo elaborar las figuras del belén.

Para el siglo XVIII, poner el nacimiento en las casas se había convertido en una costumbre que seguían muchas familias mexicanas. La tradición se mantiene en la actualidad, ya que en cualquier hogar cristiano la representación del nacimiento de Jesús es mucho más que un simple adorno. Es la expresión gráfica del verdadero significado de la Navidad.