Es evidente que estamos experimentando un profundo vacío de valores. Estamos aturdidos, entre prisas y ruidos, justificando errados procederes. ¿Por qué hemos llegado a estos niveles?

En casa aprendíamos el respeto, en la escuela se aportaba una gran dosis de disciplina y en el trabajo entendíamos qué era eso de ser responsables.

La tolerancia, la honestidad, la generosidad, la ética y la perseverancia también hacían parte del diario vivir. Un negocio, por ejemplo, se pactaba solo con la palabra de las partes.

Y a medida que madurábamos comenzábamos a asumir los valores sociales. Ya no se trataba solo del buen trato hacia nuestros semejantes, sino también de la cooperación, la comprensión y la que, a mi juicio, es la mejor de todas las misiones: la vocación de servicio.

¿Qué habrá pasado para que estos valores anden tan extraviados por estos días?

Algunos dicen que es la ‘natural’ transformación de la sociedad, otros sostienen que lo que sucede es que nos hemos alejado del camino de Dios, varios nos echan la culpa a los medios de comunicación y no faltan los que le atribuyen esta situación al llamado ‘entorno global’.

La descomposición y los conflictos familiares, los vicios, las mismas crisis económicas e incluso la promiscuidad han hecho mella en este asunto.

Lo cierto del caso es que, cada día que pasa, hay menos respeto por los valores. El ser mala clase, el no cumplir las promesas, el cuento de ‘ser vivo’ y hasta la ‘malicia indígena’ que algunos de manera errada suelen atribuirnos, avanzan a pasos agigantados.

Me aterra ver que algunos acepten la envidia, la trampa y la corrupción como ‘estilos de vida’; hay papás que enseñan a sus hijos a tomar alcohol desde niños y ni hablar de la pérdida de las más elementales normas de cortesía. Las palabras soeces aparecen cada vez más en nuestras conversaciones.

Los valores ya no se tienen en cuenta. Es más, casi que se le hace ‘matoneo’ al que actúa de una manera correcta, dizque por no está ‘in’.

¿Acaso la forma de pensar de la sociedad ha cambiado a tal punto que el concepto de profesar valores humanos no tiene lugar en estos tiempos?

Un hombre religioso, sin importar del credo que sea, se atreve a decir que vivimos en un caos moral y que estamos cayendo en la dictadura de los sentidos. Eso es un grave error, sobre todo si esa forma de gobernarnos está fundamentada en el egoísmo.

Y la verdad es que no hay que ser tan conservador para entender que, de manera definitiva, hay cosas que no pueden ser negociables.

Lo que se vive actualmente es una apología a los extremos, en donde todo vale y se echa por la borda la espiritualidad. Por eso ahora la gente cree que puede hacer lo que se le dé la gana.

¿Saben algo? Son por estas razones o circunstancias que muchas personas no son felices. El castigo que reciben los individuos por no respetar los valores; es decir, por ganar a toda costa haciéndole daño a alguien o realizando algo con mala intención, es perder la posibilidad de tener paz y armonía interior.

Dicho de otra forma: nuestra sociedad vive una profunda desmoralización porque, en el fondo, ha perdido el verdadero sentido de la vida.

Si siguen triunfando los dioses del consumo, si la comodidad sin esfuerzo es la nota predominante y si continuamos sacrificado los valores esenciales, no me imagino qué les esperará a las nuevas generaciones.

Debemos apoyar las políticas que promuevan el bien común. Hay que recuperar la confianza en la gente, trabajar por la paz, jugarle limpio a la vida, permitir la libertad sin perjudicar a los demás, saber perdonar y cultivar la fe, entre otros tantas acciones que son fundamentales y que poco a poco se han ido perdiendo.

¡Claro! También será preciso trabajar en el sentido de la autonomía personal, en la fuerza de la responsabilidad, en la madurez espiritual y, de manera especial, en la solidaridad.

Considero que la familia, las instituciones educativas y también nosotros, como medios de comunicación, tenemos hoy unos retos formadores impostergables.

 

 

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