DIRIMA

Estoy por entrar a mi casa. Me acuerdo de no tocar el timbre. Pongo el volumen de mi celular en mute, me quito los tacones y verifico que mi garganta no tenga que toser antes de entrar por la puerta.

¿Bebé recién nacido en casa? No ¿Velorio? No ¿Negociaciones de alto nivel para resolver algún conflicto bélico internacional? Tampoco. Peor. Tengo una hija estudiando en el ITAM y es época de exámenes finales. Pobre de aquel que haga cualquier ruido mayor a 2 decibeles so pena de muerte. Se necesita un silencio sepulcral en toda la casa, por no decir en toda la cuadra, en las horas que ella estudia, que básicamente incluye todas las horas del día y noche en que no está físicamente en la universidad.

Las cosas no siempre fueron así. A los tres años mi hija estaba convencida de que quería ser princesa. Yo, mamá estudiada y progresista, le sugería una y otra vez que pensara en ser primer ministro o CEO o abogado. «Mamá», me contestó la última vez que toqué el tema, «¿los primeros ministros pueden usar vestidos de princesa?, ¿no, verdad? Yo eso es lo que quiero hacer de grande». Litigante desde chiquita.

Oír hablar a un grupo de jóvenes itamitas, mientras estudian en la casa, es como escuchar arameo. Quizá lo puedas traducir literalmente, pero nunca vas a entender el contexto.

Pasó el tiempo y decidió, efectivamente, ser abogado y nunca hubo la más mínima duda en su mente que quería estudiar en el ITAM. El día que la aceptaron lo consideré una señal inequívoca de mi éxito en la crianza. Mi hija salió mucho mejor que sus padres.

Mi sonrisa duró poco. Entrar al ITAM es como entrar a un culto mesiánico (de los cultos buenos, pero un culto aun así). Se vuelve una religión con su propio lenguaje, sus propios códigos de conducta y su propia concepción del mundo, el día amanece y anochece de acuerdo a las necesidades de estudio. El adolescente adorable que vivía en tu casa unas semanas antes se convierte en un extraño. Oír hablar a un grupo de jóvenes itamitas, mientras estudian en la casa, es como escuchar arameo. Quizá lo puedas traducir literalmente, pero nunca vas a entender el contexto.

El mundo de ellos, y por consiguiente de todos los habitantes de la casa, empieza a girar alrededor de «Ideas», «Problemas», «Eco I», Redacción legal y una opinión férrea sobre todos los filósofos de la historia. Los nombres de los maestros son tan mencionados a la hora de la comida que mi otros hijos preguntan por ellos por su nombre de pila. El ritmo circadiano de la vida familiar se vuelve un ciclo repetitivo de inicio del semestre (hablar sin parar del curriculum y genio de cada uno de los maestros), exámenes (pedir por favor silencio en la casa para estudiar), exámenes (pedir a gritos silencio en la casa para estudiar), exámenes (establecer un estado de terror Robespierano en la casa exigiendo silencio para estudiar), fin del semestre… Y todo empieza de nuevo.

Cuando Andrés Manuel López Obrador insultó a los alumnos del ITAM llamándolos «Tecnócratas neoporfiristas» no pude más que soltar una carcajada. ¿Así los quería humillar? JAJAJAJAJA, que nos pregunte a sus papás, le hubiéramos dado una incontable cantidad de mejores insultos.

No sé qué pase con los padres que tienen hijos en otras universidades. Me imagino que es similar. A mí me tocó el ITAM.

Que quede claro: estoy extremadamente orgullosa de ella y de todos sus compañeros y estoy convencida que ellos y una enorme parte de los alumnos que forma la universidad tendrán la capacidad y la responsabilidad para, al graduarse, hacer una diferencia en el mundo y ayudar a formar un mejor país.

Yo, por mi parte, considero que ayudarla y aguantarla durante sus años de universidad es un sacrificio que estoy haciendo por la patria.

Me envolvería en la bandera y cantaría el himno nacional… pero no puedo hacer tanto ruido en la casa.


Fuente: huffingtonpost