Fidel, que Satanás te tenga en su gloria

El dictador cubano Fidel castro, en enero de 2003. (Getty)
Pocos viajes recuerdo tan nítidamente como el que hice a Cuba hace más de tres lustros en el marco de una visita oficial. No hicieron falta ni 24 horas para percatarme de que el que algunos definían como “paraíso comunista” no era sino una auténtica ratonera. Un laberinto en el que, para empezar, la gente mira a proa, babor, estribor y popa antes de soltar la más mínima crítica a un Gobierno que lleva oprimiéndoles desde el 31 de diciembre de 1958. Por eso ayer alucinaba al contemplar TVE y observar cómo el 95% de los testimonios recabados por la corresponsal en La Habana era favorable al tirano. Nada que ver con lo que un servidor experimentó a pie de obra en 1997 y en 2000. Me topé con muchos más anticastristas que castristas. En una proporción de cinco a uno.
Ruina económica, ruina moral y ruina social. En ambas ocasiones paré únicamente en la capital. Una bellísima ciudad que destaca por sus edificios coloniales semiderruidos o derruidos, el sinfín de jineteras en el malecón (muchas de ellas con aspecto de no haber superado la mayoría de edad) y el hambre que pasan unos niños a los que se les marcan las costillas en sus ínfimos cuerpecillos. Las medicinas más elementales brillaban y brillan por su ausencia, no había ni hay pasta de dientes en los supermercados (es un producto de lujo sólo al alcance de la dolarizada nomenclatura), tampoco cuchillas de afeitar, ni algo tan elemental como papel higiénico. Hablo de la Cuba castrista pero bien podría hablar en idénticos términos, sin cambiar una sola coma, de la Venezuela de los amigos y financiadores de Pablemos.
No hay internet, no vaya a ser que a la gente le dé por pensar libremente, los gays son encarcelados por el mero hecho de haber elegido esa opción sexual y los escritores son permanentemente censurados cuando no enchironados. Infinidad de muchachos y muchachas se prostituye para tener dinero con el que adquirir en el mercado negro productos alimenticios esenciales. Por no hablar de los apagones que padecen los vecinos habaneros noche sí, noche también.

Tuve también oportunidad de certificar en persona que eran un cuento chino los mitos exculpatorios que buscó la izquierda europea cuando se supo que su ídolo asesinaba, reprimía y obligaba a sus compatriotas a poner pies en polvorosa en busca de un futuro digno. “Sí, no hay democracia en Cuba, pero la Sanidad y la Educación son de un altísimo nivel”, defendía el argumentario de socialistas y comunistas españoles y demás países comunitarios.

No me lo contaron. Mis ojos vieron la calidad de los hospitales y ambulatorios cubanos. Los centros sanitarios de nuestra dictadura en los años 50 nada tendrían que envidiar a los que visité en La Habana: sucios, desvencijados y con un material oxidado y con pinta de pegarte los siete males si no te quedaba otro remedio que tener que pasar por las manos de un matasanos local. También tuve la fortuna como periodista y la desventura como ser humano de certificar que los colegios cubanos eran centros de lavado de cerebro. Al más puro estilo soviético, chino o norcoreano. Auténtica basura desde el punto de vista ético, moral y educativo.

Tan bueno era mi gato que no cazaba ratones. Excelente, muy excelente o excelentísima debe de ser la Sanidad cubana… pero no para Fidel Castro Ruz. Cuando el presidente vitalicio empezó su declive y estuvo a punto de irse al otro barrio en 2006 llamaron al Cristiano Ronaldo de la cirugía española, el doctor García Sabrido, para que sacara las castañas del fuego. Tres cuartos de lo mismo sucedió cuando otro asesino, Hugo Chávez, acudió a La Habana para tratarse de la enfermedad antesala de la parca que le sobrevino en 2013.

Los números del sátrapa al que ayer lloraban y loaban Iglesias, Carmena, Errejón, Garzón y cía no son precisamente como para sacar pecho o enorgullecerse. Se trata de uno de los mayores asesinos y liberticidas de la historia reciente. Un total de 2.013.155 cubanos tuvieron que exiliarse a Estados Unidos para respirar libertad. Muchos de estos balseros no llegaron a las costas yanquis al hundirse sus frágiles embarcaciones en un trayecto no demasiado largo, 150 kilómetros, pero plagado de tiburones y pasto habitual de huracanes y toda suerte de tormentas tropicales. El Estrecho de la Florida se ha tragado a miles de personas que sólo querían pronunciar ocho letras: “¡LIBERTAD!”.

El comandante al que hoy ensalzan vomitivamente periodistas, políticos y culturetas varios ordenó asesinar a 8.556 disidentes. Tres mil ciento dieciocho de ellos fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento, 2.036 asesinados extrajudicialmente, 1.301 murieron a manos de pistoleros del régimen y 18 perecieron en huelgas de hambre en prisión. El resto simplemente desaparecieron, mejor dicho, los desaparecieron, se suicidaron o se accidentaron.

Las otras estadísticas, las económicas, se resumen en miseria, miseria y más miseria. Toneladas de miseria. La renta per cápita es de 5.712 euros frente a los 28.190 de los españoles, los 50.070 de los estadounidenses o los 13.606 de los venezolanos. De todo esto no escucharán decir nunca ni mu a los Iglesias, Errejón, Carmena, Garzón y demás apóstoles del totalitarismo.

Y a los que mantienen que el castrismo ya no es lo que era hay que puntualizarles y combatirles nuevamente con las estadísticas en la mano: los presidios locales acogen en estos momentos 93 presos políticos, prácticamente la misma cifra que en la Venezuela de esos más amigos de Podemos que son sus jefes bolivarianos. Y lejos de menguar, las detenciones por motivos políticos se han disparado desde que gobierna Raúl Castro, tan dictador y tan asesino como su diabólico hermano. Si en 2010 detuvieron a 2.074 personas por razones políticas, en 2015, cinco años después, les pusieron los grilletes a 8.616.

Datos todos ellos que ignoró un Barack Obama cuya labor en lo económico es tan encomiable como detestable en política internacional. El mundo libre jamás perdonará al presidente demócrata que blanqueara el totalitarismo sanguinario cubano sin una sola concesión a cambio. Ocho meses después de aquel acontecimiento que se visualizó en el viaje de marzo de este año, los cubanos padecen el mismo nivel de persecución política que antes, los derechos humanos continúan siendo una utopía y la pobreza (eso sí que es pobreza, querido Pablete) es más lacerante si cabe que antaño. El inquilino del Despacho Oval ni siquiera tuvo la decencia de exigir la democratización del país y la puesta en libertad de los presos políticos antes de tender la mano a esta monarquía absoluta hereditaria. Conclusión: la dictadura venció por goleada a la democracia y hoy hay más represión que hace una década.

El castrismo es un símbolo de la mentira en que vivimos en una España en la que lo normal es lo anormal, lo anormal lo normal, la realidad una irrealidad y la irrealidad la realidad. La corrección política es la izquierda y el buenismo tiene paralizado, atado de pies y manos, al centroderecha. La pusilanimidad de la España liberal provoca, por ejemplo, que las dictaduras se dividan en buenas y malas. Buenas, por supuesto, las de izquierda; malas, las de derechas, evidentemente. Cuando cualquier demócrata de pro y cualquier individuo decente sabe que no hay dictaduras buenas o menos malas porque son todas malísimas de maldad.

Para muestra de cuanto digo, un botón. Las reacciones han sido de coña. Desde la extrema izquierda al centroderecha, pasando por unos Ciudadanos que han dado una de cal y otra de arena. Mariano Rajoy ha evitado llamarle dictador, le ha catalogado como “una figura de calado histórico”, Margallo ha señalado que “deja una huella muy importante” y Pedro Sánchez ha zanjado el dilema con una obviedad tautológica (es decir, una perogrullada al cubo): “Es el final de una etapa”. Muy propio de él. Ni uno se ha limitado a subrayar lo más elemental: que era un repugnante tirano y asesino, amén del jefe del narcotráfico en la Isla.

Las excepciones que confirman la regla son Esperanza Aguirre y Andrea Levy que han llamado “pan” al pan y “vino” al vino. La veterana política madrileña y la esperanza blanca popular han mandado a freír espárragos el buenismo, el lugar común, la corrección política, el complejo y los mieditos para decir nada más y nada menos que la verdad. El de hoy es, asimismo, momento para recordar a Ángel Carromero, que sabe lo que son las cárceles cubanas porque pasó en ellas casi medio año. Las cubanas… ¡¡¡y también las españolas!!! porque cuando puso pie en territorio español el Gobierno popular no le libró de pasarse otros dos meses en la sombra en la prisión de Segovia y en la Victoria Kent. Su delito: conducir el coche en el que murió el jefe de la disidencia interna, Oswaldo Payá. Sufrieron un accidente de tráfico.

No me resigno ni a la corrección política, ni al buenismo, ni al pensamiento único, ni a que haya dictaduras buenas y malas. Y por eso afirmo bien alto y bien claro que la muerte de Fidel Castro es una buena noticia. Donde mejor están los dictadores es en el hoyo o en el exilio. Los demócratas no recordaremos el black friday del 25 de noviembre como la jornada en que la espichó el asesino sino como un día de fiesta para el mundo libre en general y para los cubanos en particular que comienzan a divisar una miaja de luz al final del interminable túnel. Cada dictador que desaparece amplía el perímetro de la LIBERTAD. Que Satanás guarde en su gloria a este psicópata.