Alcanzar una meta, acceder a un cargo de importancia o sobresalir en alguna situación no le da derecho a olvidar sus raíces. Si se deja absorber por un logro y se cree indestructible, podría olvidar de dónde viene.

Es cierto que cada día evolucionamos y nos vamos transformando. De hecho, durante esas etapas algunos pueden alcanzar ‘a besar al cielo’ o incluso es probable que el mismo éxito los arrope más que a otros.

¡Hasta ahí, todo bien!

Sin embargo, el tema cambia de prisma cuando algunos se olvidan de sus raíces. Es entonces cuando se vuelven orgullosos y, de buenas a primeras, el mundo les queda pequeño.

Al perder esa referencia del pasado que los vio nacer, también olvidan la firmeza de sus principios y valores. Pierden la memoria y desconocen a la gente que los vio crecer.

Luego se vuelven presumidos de manera extrema, al punto que llegan a fastidiar y a humillar a quienes le rodean.

No es que sea malo enorgullecerse de los logros alcanzados. Es más, siempre me han agradado las personas que saben de qué pasta están hechas y que además valoran lo difícil que ha sido llegar hasta el escalón en el que se encuentran.

Lo que pasa es que en ese afán de mostrarse como vencedores, esos sujetos no solo dejan sus esfuerzos atrás sino que, poco a poco, van extraviando su humildad.

Ellos, los que se enceguecen con el triunfo, deberían tener presente que han llegado a ser quienes son, de manera precisa, porque salieron del barro con mucho sacrificio.

Creo que a todos, sin excepción, nos corresponde respetar a quienes hicieron parte de nuestro proceso de crecimiento; y eso incluye a la familia.

Debemos recordar las raíces que de alguna manera nos han permitido mantenernos firmes y, al mismo tiempo, agarrarnos de las alas de la superación para elevarnos con sencillez.

¿Saben algo?

A las personas que olvidan de dónde vienen, además de enterrar sus orígenes, meten en un ataúd la bendición que los llevó a salir adelante.

Quienes ‘les echan tierra a sus comienzos’, pierden su esencia.

Ojo: Las raíces nunca nos abandonan. Es más, cada uno de nosotros es parte de lo que antes era.

Y si usted o yo pretendemos ignorar la cuna que nos vio nacer, tarde o temprano la vida misma nos la restregará por ser malagradecidos y petulantes.

VIVIR DE APARIENCIAS

No tienen ni para pagar el arriendo en ese sector exclusivo en donde se comprometieron a vivir. Además, se ponen los mismos ‘chiros’ de siempre, no tienen cómo asumir los gastos de la universidad y su temporada de descanso la pasarán ‘refugiados’ en sus propios ranchos. Pese a ello, aparentan que son acaudalados.

¡Personas así hay muchas! Son de aquellas a las que les angustia el ‘qué dirán’.

Hablamos de quienes viven con la falsa creencia de que sus vidas dependen más de la opinión ajena que de sus propias formas de ser. Los conceptos de los parientes, de los compañeros de estudio o de los amigos modifican con frecuencia sus procederes. Ese miedo por lo que piensen los demás de ellos los embadurna hasta los tuétanos.

Por el ‘qué dirán’ se hacen cosas que no se quieren hacer, con tal de caerle bien a todo el mundo. A quienes actúan así, les conviene empezar a tener en cuenta sus propias opiniones. Ya es hora de superar esa ridícula dependencia de la aprobación de los demás.

Yo sé que se debe cuidar mucho la imagen personal; lo preocupante es que por ese afán por verse bien, uno termine en apariencias o superficialidades

Nadie debe aparentar ser perfecto, entre otras cosas, porque nadie lo es en la vida real.

¡Acéptese tal y como es!

La gente realmente ‘grande’, la que no le gusta aparentar, no necesita máscaras para ser humana y afectuosa de verdad. La apariencia no es más que un maquillaje que, con el tiempo, se desvanece.

http://www.vanguardia.com/entretenimiento/espiritualidad/380138-no-olvidemos-nuestras-raices