EXISTEN DOS GRANDES ESTIGMAS ALREDEDOR DEL MANEJO PROFESIONAL DE LA IMAGEN:

  1. El primero es el de identificarla como un aspecto meramente estético o cosmético, por lo que su estudio y práctica deberían considerarse algo frívolo, superficial y dependiente de modas pasajeras.
  2. El segundo es el de minimizar la importancia de su cuidado al argumentar que lo importante es lo que se trae dentro y no la apariencia, cuya procuración significaría intentar ser lo que no se es y, por lo tanto, se convertiría en un intento de engañar a los demás.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro.

NO ERES QUIEN TÚ QUIERES…

Debemos asociar la creación o modificación de una imagen pública con el estudio profundo de la percepción, fenómeno con el que podemos identificarla hasta definirla así: imagen es percepción. La manera en como los demás te perciben se convertirá en tu imagen y, de ahí, se desprenderá la manera en como ellos te identifiquen. Una vez que hayas quedado identificado, ése que crean que eres será el que serás, aunque no lo seas. De ahí se desprenderá la opinión, que a su vez arrojará la conducta que tendrán con respecto de lo percibido, aceptándolo y actuando a favor o rechazándolo y procediendo en contra.

Uno de los problemas que más atendemos en el Colegio de Imagen Pública es: ¿por qué los demás creen que soy malo si en verdad me esfuerzo por ser el mejor?, apliquen esta pregunta a políticos, deportistas, productos, empresas, marcas, artistas o instituciones; que si por algo son percibidos mal, entonces serán malos; y, si por el contrario, son percibidos bien, entonces serán buenos. De ahí que pensar “yo soy como soy y me vale lo que piensen los demás” podría convertirse en el epitafio de tu tumba, ya que los demás tienen el poder de decisión a favor o en contra.

SER Y PARECER…

De la apariencia de las cosas dependerá su credibilidad. Por ejemplo: si un empleado es el mejor en su trabajo o un alumno es responsable, pero no lo parecen, nadie creerá que son los mejores. Un fondo sin forma no comunica y de nada sirve tenerlo. Ese empleado o estudiante vivirá frustrado por el fracaso constante en aras de no mentir, pues, ¿por qué habría de aparentar lo que no es? ¡Ah!, es que aquí entra en juego otro elemento que echa por tierra el estigma de la superficialidad de la imagen pública: toda imagen deberá sustentarse en la esencia. El fondo cimentará la forma, de otra manera se estaría construyendo un teatro sin base que, tarde o temprano, acabaría por caerse.

Ahora, si la persona sólo se preocupa por la apariencia, sin el fundamento de la esencia, podrá engañar a los demás la primera vez, pero en cuanto lo pongan a prueba o le exijan cumplir con la expectativa que ha creado, llegará el momento de la verdad. Si en ese momento decepciona a los demás se convertirá en un fraude, entonces sí, en un engaño que será cruel, pero justamente castigado.

Por lo tanto, hay que ser y parecer para poder alcanzar el objetivo trazado.


 

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